NO HE PERDONADO

«El recuerdo es el diario que todos llevamos con nosotros».
Oscar Wilde

Fotografía, María Gabriela Díaz Gronlier, 2025.

Mis anécdotas son pequeños mosaicos donde lo real se mezcla con los recuerdos —memoria auxiliada por las emociones—. Pero en esta ocasión, he estado indecisa en cuanto a si contar o no contar este trocito de mi historia personal, pues el pudor me dicta que no revele un episodio donde el amor, el del primer pálpito del corazón, se convirtió en un poderoso enemigo. No he perdonado es un episodio de llanto por humillación.

La vida se reinicia cada vez que el tiempo nos trae un recuerdo; pero si en ese recuerdo manda el más complejo de los sentimientos: el amor —el amor es raíz de todas las emociones, incluidas las del lamento—, entonces el asunto sólo puede encender el alma de quien lo padeció. Sin embargo, como creo que de toda verdad contada algo siempre se aprovecha, dejaré que mi voz dicte el momento que me trae este amanecer nevado. 

El primer amor no suele pasar las pruebas que la adolescencia impone, pero, a cambio, nos enseña que las penas del desamor pronto pierden su intensidad, transformando la llama roja de la amapola en fría experiencia vital. El problema viene cuando el desamor se presenta sin que tú lo esperes. Cuando, sin explicación alguna, el joven que amabas te deja tirada en una esquina cualquiera. La herida, entonces, no cierra. No cierra porque el combate de emociones que desencadena la pérdida no se gana con ignorancia, sino con conciencia de lo sucedido. Es así como la niebla envuelve lo sufrido.

Fui, sin saberlo, el vehículo de acceso a una información que puso a mi familia en una situación muy delicada. Tenía dieciséis años cuando me enamoré de alguien que creía que me quería. Tenía dieciséis años cuando mis padres acogieron, como a un hijo más, al joven que mi conciencia cegaba. Ese joven, que durante unos tres años formó parte de nuestras vidas, tuvo acceso a los archivos que mi padre guardaba en el bargueño, noble mueble de roble antiguo que poseía una llave. 

Mi primer amor, que se graduó con honores, tuvo el coraje, y ahora explicaré por qué utilizo esta provocadora palabra, de invitarme a la presentación de su tesis doctoral, aunque tuve que quedarme en los pasillos, a diferencia de su familia que pudo entrar al aula donde él defendía su trabajo. Recuerdo cuando las puertas se abrieron y sus compañeros se acercaron y me saludaron con extraña indulgencia. Es esa una imagen clara que los años no han podido sombrear, y eso que las canas ya grisean mi cabello. Ese día fui la prueba irrebatible del origen de su disertación.  

Por aquel entonces, fotografía de Reinaldo Abreu.

El tiempo no sabe guardar secretos, de modo que una tarde, de esas que Dios manda para aclarar misterios, me encontré con una conocida que me reveló, luego de unos cuantos cafés en Mi tío, el chiringuito que vendía lo que podía en la esquina de mi casa, la verdadera razón del lazo que el joven deshizo: «Ya no te necesitaba. Su tesis sobre Manuel Díaz Martínez y la intelectualidad rebelde le otorgó lo que tanto ansiaba: autoridad en las dependencias de la Seguridad del Estado».

La conocida me dijo por qué lo sabía y por qué me lo decía —no puedo contarlo sin ponerla en evidencia: vive en la isla triste—; y también me comentó que mi Romeo había hecho una copia de la llave del bargueño y que, por tanto, había tenido acceso directo a documentos personales. Pero lo que nunca supo este agente en ciernes es que lo verdaderamente comprometedor no estaba donde él pensaba, sino en un compartimento secreto que era custodiado por los zapatos, desgastados y fieles, de mi padre.

No he perdonado; y eso que han pasado más de cuarenta años. No he perdonado y no porque no me quiso, pues a fin de cuentas la naturaleza del amor es algo incierta y caprichosa. No he perdonado porque su calculada maldad trajo desgracia a mi casa. No he perdonado porque me contagió, y para siempre, con el virus de la desconfianza.

Espero que ese témpano de hielo, que el tiempo habrá hecho endurecer, no forme parte de los esbirros que condenan a largos años de encierro a quienes en mi tierra cantan Patria y Vida, que es himno de libertad y de esperanza. Y espero que no me molesten, porque si lo hacen el Capitán Garfio tendrá rostro, nombre y apellidos.


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