OFELIA EN MI MADUREZ

Sin título, Ofelia Gronlier Lamar, tempera, pasteles.

 

OFELIA EN MI MADUREZ

Se agitó y comenzó a mover la cabeza hacia un lado y hacia otro. Salía de ella una voz desconocida que balbuceaba nombres cosidos a su pasado. Ocurrió entre el ir y el venir estéril de hombres con batas blancas —los nombres pronunciados quedaron olvidados en la habitación aséptica.

Libre de tristezas y de refugios inútiles, y mientras el desconcierto decidía el instante de deshelar las lágrimas, el alma de Ofelia escalaba por el arco iris que la elevaba más allá del firmamento —Ofelia, mi madre, llamea en el Infinito.

Cuando las llamas rindieron tributo a su cuerpo, la trapecista se balanceaba en un rayito de sol —fue la necesidad de creer, y no el responso fúnebre de un cura marchito, la que transformó una esperanza poética en certeza.

La muerte escogió para mi madre un día de turrones y de mazapanes. Y con la muerte de Ofelia, que llegó en la Epifanía, arribó a mi vida la sabiduría de la madurez. El tiempo del hombre en la tierra es igual al tiempo de las margaritas. Luego hay otro tiempo. ¡Es grandioso! Y nos permite compartir espacio con los astros inmortales.

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