OFELIA Y LA COPA DORADA

«Escena que tiene lugar en el solsticio de un año cualquiera».

Safo en Léucade, Antoine-Jean Gros, óleo sobre lienzo, 1801.

 

OFELIA Y LA COPA DORADA

En la habitación, las cortinas brocadas están corridas y ocultan las vistas que ofrecen los ventanales —fuera cantan los mirlos la frescura del campo.

Ofelia, como una esfinge, descansa en su ovejero. Está vestida de luto y escucha con atención las estridentes campanadas del reloj del recibidor, donde cuelgan de una percha paraguas, sombrero y capa. ¡Ay…, que son sus ojos plomizas alas!

Y llega la medianoche y el arcángel Azrael envía una carroza a la puerta —es una fulgurante estrella—. Dando satisfacción a su deseo, que hasta ese momento no ha sido más que una visión recurrente, Ofelia lleva a sus pálidos labios la copa dorada de la muerte. A ritmo de jazz —son buenos trompetistas—, los querubines anuncian la entrada al infinito de un alma perdida en los vericuetos de un amor marchito.

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