OVIDIO SÍ TIENE UN DON

«La soberbia crucifica la fe.»
Luis Alberto Costales

Pinocho, Eladio Mora (dEmo), resina y fibras policromadas.

 

OVIDIO SÍ TIENE UN DON

La decepción decidió la carrera del joven Ovidio, quien, creyéndose escritor había intentado introducirse en la élite de la intelectualidad de su país. Ovidio se las agenciaba para conseguir entradas para los estrenos de los festivales de cine, de teatro, de danza… Ovidio no se perdía una inauguración de una exposición de pintura, ni una sola presentación de un título firmado por alguien importante. Ovidio metía su nariz por aquí y por allá y, a dónde quiera que iba, llevaba, bajo el sobaco, sus escritos con la esperanza de encontrar un alma piadosa que se los editara. El joven ansiaba honor y reconocimiento para su obra, pero Dios no había regalado a Ovidio el Don que él deseaba.

Ovidio no paraba de escribir poemas, relatos, aforismos, artículos… Ovidio paseaba sus creaciones por los barrios de La Habana. Nadie lo escuchaba, aunque, por piedad, posaban para los selfies que Ovidio coleccionaba. Pero un día, alguien se percató de que el novato podía ser aprovechado:

Ovidio es bueno para escuchar y el hecho de que nadie lo tome en serio le permite curiosear, a la vez que desarrolla en él la inquina que necesitamos —dijo, en una reunión secreta, el hombre que estaba al frente del departamento que controlaba los cuchicheos de los corrillos que se creaban en las presentaciones y exposiciones.

Ovidio fue llamado al Ministerio del Interior: —Compañero, nosotros sí que vemos en usted una cualidad importante —soltó el Comandante, mientras el joven, perplejo, tomaba asiento—. Tenemos un trabajo que, creemos, podrá llevar a cabo con éxito. ¡Lo necesitamos!

Ovidio aceptó la misión que se le asignó. Ovidio se convirtió en confidente de la policía secreta y empezó a guardar, dentro de sí, las miserias domésticas, las perversiones laborales y, lo que era más valioso para el sistema, las opiniones políticas de sus ídolos. Ovidio adquirió tanto poder que fue elegido para sentarse a la diestra del barbudo Judas. 

Los hombres ilustres erraron pensando que Ovidio carecía de virtudes. Fue un error que pagaron muy caro, porque el día que el desprecio mordió el alma del joven, ese fatídico día, Ovidio cambió de amo y decidió entregar sus pulcros y detallados escritos no a los intelectuales que lo habían despreciado, sino a la Policía Secreta, convirtiendo su venganza en un poderoso ansiolítico contra el desprecio.

Ovidio, al igual que el Julien Sorel de Stendhal, puede decir que «por fin iba a figurar en el teatro de las grandes cosas».

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