PADRE
«Otra vida tendrás, si te recuerdan.
Otra muerte, más honda, si te olvidan».
Manuel Díaz Martínez

Fotografía, María Gabriela Díaz Gronlier.
PADRE
Juega el viento, que llega de muy lejos, con los pétalos de las peonías y los lirios, ya medio adormecidos en los macizos, le suplican que expanda sus últimos aromas. Las nubes pasean su blancura por el cielo de verano y las palomas, como siempre, en las ramas y los balcones… ¡venerando los instantes!
Abro la ventana y, ayudado por la brisa, ¡entras… padre!, con tu voz clara y con el pensamiento abierto para que, ahora de un modo diferente, digamos que hechizado, sigamos enramando recuerdos, porque —¿cómo explicarlo?— todo lector sabe que una historia es inmortal cuando la imaginación y la voluntad vencen al olvido.
¡Cantan los jilguerillos, padre! Huele a mar, cae el atardecer y las luces de Tenerife son rayos que se divisan desde el balcón de tu casa.
Padre, no eres pálido como la luna. La muerte no te ha enmudecido. Continúas siendo ese aroma de café que despierta a la mañana.


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