PAPITO Y ESTRELLITA

«Tilín, tilín, tilín —se escuchó en el bosque.»

Papito y Estrellita es un cuento para que los niños lean o para que se les lea. Es un relato sobre la amistad, la reciprocidad y la solidaridad. Una historia que enseña que una buena acción es premiada siempre con una buena recompensa. Papito y Estrellita está ilustrado por Manuel Uhía, quien ha aumentado la magia de la narración con sus sencillas y lindas acuarelas.

Y ahora que sean los protagonistas los que revelen su historia.

*

PAPITO Y ESTRELLITA

«¡Ala!, ¿qué te trae por aquí, búho?»

Vivía un búho, llamado Cachivache, en el tronco hueco de un árbol donde tenía una tienda llena de objetos sorprendentes. Con solo soplar sus polvos mágicos convertía trocitos de cualquier cosa en lo que se le pidiera.

Papito y Estrellita, dos perritos hermanos, un día tomaron la decisión de visitar la casa tienda del búho, pues necesitaban con urgencia los servicios de Cachivache.

—Papito, debemos ir antes de que el otoño llegue con sus lluvias.

—Sí, hermana. Esta semana partimos en busca de la alfombra mágica, la que nos dará fresquito en verano y calor en invierno.

El árbol donde vivía Cachivache se encontraba dentro de un tupido bosque de hayas y pinos, y Papito y Estrellita tenían que atravesar un verde prado, bordear el río y subir unos montes para llegar hasta allí. El camino era largo, por eso ambos hermanos se aprovisionaron con gorros, botas de goma, linternas, cuerdas… y todo lo que se necesita para ir de excursión.

Los dos perritos tenían el pelo duro, las orejas largas —para escuchar mejor—, los ojos grandes y brillantes —para no perder información— y un morro pronunciado y muy sensible, que les permitía disfrutar de un gran olfato.

—Tenemos que darnos prisa, me da miedo atravesar el prado —comentó Estrellita a su hermano.

—No te preocupes, el día está soleado —contestó Papito.

—Es que pueden confundirnos con ovejas, pues llevamos los pelos enroscados. Teníamos que haber ido a la peluquería canina antes de hacer este viaje.

—¡Ah…!, si es por eso, no te preocupes: por aquí no hay lobos.

—Espero que Cachivache esté en la tienda porque siempre anda por ahí, en busca de objetos para hacer magia —comentó Estrellita, más tranquila.

Los dos hermanos iban conversando, cantando y recitando poesías, dándose ánimos para que el camino se hiciera más ameno; y ya habían andando un buen trecho cuando, a sus sensibles morros, llegó el olor de un rico guiso. Hay que señalar que, con las prisas, se habían dejado los bocadillos en casa.

—¡Vaya!, qué bien huele y qué hambre tengo! —comentó Estrellita, que estaba cansada de tanto andar.

—Creo que el olor viene de allí —dijo Papito señalando con su cola el humo que salía por entre los setos.

—¿Nos acercamos? Echamos un vistazo y quizás, con un poquitín de suerte, nos invitan a comer.

Tal como habían sospechado los dos hermanos, detrás del tupido seto de acebos se encontraba una finca donde había un establo con un caballo y dos potrillos. En la finca también encontraron un gallinero muy grande.

Papito y Estrellita se acercaron al corral, pero estaba vacío porque las gallinas habían ido al colegio a buscar a sus crías. Así que decidieron aproximarse al establo para hacer tiempo. No tuvieron suerte: Comanche, el caballo percherón que ayudaba a sus amos en las labores del campo, estaba durmiendo la siesta.

—Volvamos al gallinero y esperemos en la puerta —sugirió Papito, cuando una voz se dirigió a ellos.

—Cloac, cloac, cloac, ¿quiénes son ustedes?, ¿qué desean?, ¿los podemos ayudar? —escucharon a sus espaldas los dos perritos.

—Somos Papito y Estrellita, somos hermanos y nos dirigimos a la casa del búho Cachivache, pero tenemos hambre y estamos cansados —informó Estrellita, quien, al darse la vuelta, encontró a Gallina.

—¡Oh..!, ese problema tiene fácil solución, pueden quedarse y comer con nosotros, hay guiso para todos.

—Gracias, señora Gallina —dijeron los dos hermanos, que, sin esperar, fueron a lavarse las patas para sentarse, aseados, a la mesa.

La comida estaba riquísima. Mamá Gallina cocinaba muy bien. Pero algo pasó que puso en alerta a los perritos. No habían terminado de comer cuando se escuchó un piar fuerte. Un pollito se quejaba desde el fondo del gallinero, donde estaban las habitaciones.

—Pío, pío, pío —lloraba, desconsolado, el pichón, mientras su tía intentaba contarle un cuento.

—¿Qué le pasa a tu cría? ¿Por qué se lamenta? —preguntó, preocupada, Estrellita.

—Mi retoño está enfermo, tiene heridas las alas, y no sé qué remedio necesita. Lo he probado todo, pero no mejora —contestó, muy afligida, Gallina.

Al terminar la comida, los dos hermanos ayudaron a recoger la mesa y, luego de una reconfortante siesta, se despidieron dando las gracias por la acogida recibida. Antes de retomar el camino que los llevaría a la casa del búho, pasaron a despedirse de Comanche, el caballito labrador, que ya estaba despierto y preparado para volver a sus tareas.

Caía la tarde cuando llegaron a los pies del árbol donde se encontraba la tienda del búho. La puerta roja de la casa de Cachivache estaba abierta y de las ramas del árbol colgaban objetos de todo tipo: espejos para verse doble, guantes que hacían desaparecer las manos, zapatos que te hacían volar por encima del río, peines que cambiaban el color del pelo, caramelos que, al chuparlos, convertían los ojos en estrellas, palitos de regaliz que transformaban las orejas en aspas de avioneta… y, en lo alto, en lo alto del árbol, allá arriba, en la punta, colgaba una alfombra roja: era la alfombra mágica.

Papito y Estrellita tiraron de la cuerda de la campana. Tilín, tilín, tilín —se escuchó en el bosque.

—¿Quién me busca? —preguntó, asomando la cabeza, el búho Cachivache.

—Buenas tardes, señor búho. Venimos de muy lejos en busca de la alfombra mágica que da calor en invierno y fresquito en verano —informó Papito muy serio.

—Estamos cansados y mojados, pues hemos hecho el camino que bordea el río —añadió Estrellita.

—Yo tengo un bizcocho riquísimo, suban y les preparo un chocolatito caliente —dijo el búho mientras echaba polvos mágicos sobre las cabezas de los dos hermanos, que inmediatamente se elevaron por los aires, como si tuvieran alas, hasta llegar a la casa del búho mago.

Papito y Estrellita habían hecho el camino del río para coger castañas. Era su época y los árboles estaban a reventar. Los dos perritos habían llenado las mochilas de castañas, pues pensaban pagar la alfombra mágica con los frutos.

—¿Cuánto cuesta la alfombra, señor Cachivache? —preguntó Estrellita, mientras se pasaba la servilleta por los morros para quitarse los bigotes de chocolate.

—Eso depende de con qué piensan pagar —contestó el búho, mirando a sus invitados con sus grandes ojos escondidos detrás de las redondas gafas.

—¿Y esto otro?

—Eso depende de con qué piensan pagar —volvió a responder el búho.

—Hemos recogido castañas, y están buenísimas. Pensamos pagar con ellas.

—Ah, entonces con una bolsa basta —informó Cachivache, que ya se veía preparando una tarta de fresas con salsa de castañas.

Terminado el asunto que les había llevado hasta allí, los dos perritos emprendieron el camino de vuelta. Estaban felices y deseosos de llegar a casa de mamá Gallina, así que no hicieron paradas para descansar.

—Algo pasa en el corral, la puerta está abierta y el fuego está apagado —dijo, preocupada, Estrellita.

Toda la familia de mamá Gallina estaba reunida alrededor del polluelo que descansaba en su lecho de paja, y el silencio reinaba en el gallinero.

—¿Qué sucede? ¿Podemos pasar? —quiso saber Papito, y asomó la cabeza en la habitación de Pollito.

—Pollito está muy débil, le duelen mucho las alitas —informó, llorando, mamá Gallina.

—Buena amiga, creo que hemos llegado a tiempo. Traemos una pócima mágica para curar al pequeño —dijo Estrellita mientras sacaba del zurrón un frasco que contenía una crema hecha con espina de rosas, miel, ajos y cáscaras de limón.

—Tienes que frotar muy bien sus costados con este ungüento, envolverlo en una manta y esperar. Esta maravillosa pomada todo lo cura, nos lo dijo Cachivache.

Papito y Estrellita habían cambiado su bolsa de castañas por la medicina que curó a la cría de mamá Gallina. Allá en el árbol, en lo alto, seguía izada como una bandera la alfombra mágica.

Al día siguiente, después de festejar la cura de Pollito, los hermanos emprendieron la vuelta a casa. Al llegar encontraron a Cachivache subido a la rama del arce, que crece junto a la ventana de la habitación de los dos perritos.

—¡Ala!, ¿qué te trae por aquí, búho? —preguntó Estrellita, sorprendida.

—Vengo a interesarme por la salud de Pollito —argumentó Cachivache.

—¡Oh…, está muy bien! Tu pomada hizo magia y ahora bate sus alas al viento —informó, muy contento, Papito.

—¡Cuánto me alegro, amigos! Sabía que se pondría bien. Bueno, levanto el vuelo que me queda un largo trecho por recorrer.

—¡Adiós, Cachivache, que tengas un buen viaje! —ladraron los perrillos, mientras el búho mago se hacía cada vez más y más pequeño.

—Uff, ¡qué cansado estoy!

—La aventura ha estado chachi, hermano. Anda, enciende el candil, que está muy oscuro.

Cuando la luz se encendió, la sorpresa apareció.

—¡Cáspita! ¡Mira, mira qué caja tan grande! —exclamó Estrellita.

—¡Y qué lazo tan rojo! —expresó Papito y, corriendo, fue a abrir el envoltorio.

Dentro de la caja estaba, envuelta en papel muy fino, la alfombra mágica. Papito y Estrellita daban botes de alegría.

—Ya no tendremos frío en invierno —afirmó Papito.

—Ya no tendremos calor en verano —comentó Estrellita, mientras cogía un sobre que se había caído de la caja.

—¿Quién lo escribe? ¿Qué dice? —preguntó con impaciencia Papito.

—Espera, que voy en busca de las gafas. ¡Huy, qué feliz estoy!

Los dos hermanos juntaron sus dos ojos, que suman cuatro, para leer en voz alta:

Papito y Estrellita,
dos buenos hermanos,
desde ahora dormirán
sin viento y sin frío.
Y cuando el verano llegue
fresquito tendrán
pues esta alfombra
cosas extraordinarias
para ellos hará.

Firmado:

Cachivache, el búho mago.

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