Me llamo Pedrito, tengo diez años y vivo con mis padres en la costa. Hoy quiero contarte mi historia con un pulpo, un pez y un caballito de mar. Pero debo avisarte que lo que te cuento es real.

Una tarde me quedé dormido en una pequeña cueva que el mar oculta cuando la llena. Había llegado hasta allí nadando. Quería pensar.

La tarde no anunciaba la borrasca que se avecinaba. La tormenta llegó de forma traicionera y el viento y la lluvia me sorprendieron sin darme tiempo a reaccionar. El agua subía y subía por mis piernas y, cuando casi estaba a punto de llegar a mis hombros, sentí, allí, atrapado en la cueva, la voz de mis padres que me llamaban: “¡Pedritooo! ¡Pedritoo! ¿Dónde estás, hijo?” Yo les respondía, pero el viento se llevaba mi voz al fondo del mar.

El primero en llegar a la cueva fue un pez de escamas brillantes.

-Niño, no pierdas fuerzas gritando. No te escucharán -me recomendó.

-¿Quién me habla? ¿Quién eres? -dije, asustado.

-Soy Antoñito -contestó con su boca redonda de pececillo, y continuó-: No pierdas la calma, ya sabes que en situaciones difíciles es importante saber controlarse. Iré en busca de ayuda. No te muevas de aquí -y, sin decir más, marchó.

Así fue como conocí a Antoñito, un pez dientón, de cuerpo ovalado y ojos saltones.

Hice caso al consejo que el pez me dio y me puse a cantar para distraer al miedo, pero, al terminar la estrofa “soy un marinero fiero”, sentí un fuerte tirón y, a la vez, algo que me abrazaba.

-¡De prisa! ¡De prisa! -dijo una voz potente.

-¿Qué es esto que me envuelve? ¿Quién eres?

-Soy Pulpo y te abrazo con mis tentáculos. No hay tiempo de presentaciones. ¡Nos vamos!

Y así fue como conocí a Pulpo, el molusco fortachón.

Un instante después estaba en el fondo del mar viviendo una nueva experiencia.

-Seré yo quien te acerque a la costa -me informó un ser pequeñito vestido con una armadura de placas.

-Pero…, ¡¿ y tú quién eres?!

-Soy Caballito de Mar y campeón mundial de carreras bajo el agua  -y ¡zas!, en un pis pas nos pusimos a galopar.

-Hemos llegado. La corriente es fría y fuerte, si no quiero varar debo regresar con celeridad.

-Puedes quedarte en mi casa. Haré con un frasco de vidrio una pecera para ti y, cuando el mar se calme, te devuelvo a sus aguas.

-No es necesario, muchacho. Conozco atajos. ¡Adiós, amigo! -y, moviendo las aletas, partió erguido.

Así fue como conocí a Caballito de Mar.

En casa, mis padres estaban esperándome. Mi madre me preparó un chocolate caliente; mi padre quería saber dónde había estado y qué me había pasado.

-Padre, madre, me quedé dormido en la cueva de roca negra y, al despertar, el agua subía y subía y el viento batía y batía.

-¡Ay, chiquitín, chiquitín…! ¿Cómo lograste huir?

-Con la ayuda de Antoñito, Pulpo y Caballito de Mar -respondí ante la mirada asombrada de mis papás.

Ya dije al principio que este relato es real, pues mi maestra afirma que las historias que nacen de la imaginación hacen realidad el sueño de ser escritor.


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