PERCY B. SHELLEY. POEMAS

«Nada en el mundo es simple.»

Retrato de Percy B. Shelley con veintinueve años.

Podría decirse que para Percy Bysshe Shelley (1792-1822) existían en el panteón de las divinidades, que los poetas románticos han considerado como propias, dos diosas que brillaban más que el resto. Eran estas hijas del Universo, tejedoras de nidos donde toda existencia, una vez exhalado el último aliento, renacía en astro. Las dueñas de la «estancia de los Inmortales» eran la Belleza y la Sabiduría.

Percy Shelley, amigo personal de lord Byron (1788-1824), de John Keats (1795-1821) y esposo de Mary Shelley (1797-1851), autora de Frankenstein (1818), era inconformista, amante de la metafísica, feligrés de la Naturaleza —panteísta a lo Spinoza— y poseedor de un temperamento visionario, de una personalidad que lo animó a volcar en su poesía lo que sospechaba iba a arribar.

Interesado en el mundo espiritual y en la manifestación de las emociones humanas, Shelley abrió las puertas de su obra a dolores, placeres y aspiraciones que dejan al descubierto su individualidad.

La poesía de Percy Shelley es circular: la energía vuelve siempre al punto de partida. Es del Cosmos desde donde fluyen la vida y el conocimiento. Sus versos nos dicen que nosotros somos fruto, somos materia orgánica de la Naturaleza y que es por eso que, cuando llega nuestro instante inevitable, ¡el Universo nos entrega un nuevo destino! A diferencia de otros versadores del movimiento romántico, Shelley es optimista —«cada rosa vive cuando la rosa ha muerto».

El chivo expiatorio, William Holman Hunt, óleo sobre lienzo, 1854-1855.

El parricidio es inevitable en el arte. Mientras los románticos se relacionaban con la naturaleza a través de la subjetividad, Alejandro de Humboldt (1769-1859) trotaba por el mundo intentando dar sentido lógico a los fenómenos naturales —creó escuela—. Sobre 1885, los simbolistas, que habían buscado inspiración en los prerrafaelitas y que eran enemigos de la «descripción objetiva» a la que se afiliaron el Naturalismo y el Realismo, intentaron dar jaque mate a las corrientes estéticas que renegaban del sentimentalismo y del intimismo del Romanticismo. Unas escuelas matan a otras, aunque jamás renuncian a herencias.

Si tuviese que buscar un símbolo que describiera el amor-odio que tiene lugar en el universo de las letras y de las artes me decantaría por una figura como Edipo, a quien el destino lo lleva a matar a su padre y a casarse con Yocasta, su madre.

En la obra de Sófocles juega el azar un papel importante, pero no es lo más relevante. Pienso que lo que representa esta tragedia griega es el sufrimiento que padece el hombre que busca su verdad. ¡La Verdad…! Hallar las formas de mostrar la Verdad, a través de una simbología escrita o visual, es el ideal de todos los que participan en el parricidio que tiene lugar en el momento de la creación. Es el propósito del artista, del escritor, del músico…

Sin embargo, en toda lucha de contrarios los antagónicos comparten afinidades. Así que voy a hacer coincidir a Percy Shelley con los prerrafaelitas, pues, a pesar del medio siglo que los separa, hay lazos de unión entre ellos. Haré que compartan espacio la poesía romántica y el simbolismo prerrafaelita, tan colmado de hadas, de belleza y de luz. Van estos pintores a ilustrar los versos de un hombre que tuvo una muerte que bien pudo ser desenlace de una buena novela gótica.

La Hermandad Prerrafaelita, creada en 1848 y de existencia breve, comparte con el movimiento estético de Shelley algunas ideas relevantes.

Los prerrafaelitas se enfrentaron, al igual que los románticos, al conservadurismo academicista. Además, hallaron inspiración en la naturaleza y se esforzaron en universalizar las emociones personales. Ambos movimientos fueron defensores de la libertad individual y creadores de metáforas y de símbolos que intentan revelar el sentido misterioso de la vida y su conexión con el Universo.

Pero el Romanticismo fue bipolar: hubo una fracción más comprometida con los problemas sociales —la representada por Víctor Hugo— y hubo otro grupo que dio más importancia a lo poético y a lo conceptual —el personalizado en lord Byron, Percy Shelley y otros autores aristocráticos.

El funeral de Shelley, Louis Édouard Fournier, óleo sobre lienzo, 1889.
(Pintura romántica que idealiza lo sucedido.)

No deseo despedirme sin contar cómo murió el autor de El Tiempo, la composición que al tiempo viste de mar. La tragedia tiene toques truculentos —advertí que puede ser un relato gótico.

Resulta que Shelley, dueño de un carácter inquieto y algo problemático, tenía una pequeña barca que decidió navegar cuando la atmósfera indicaba tormenta. El 8 de julio de 1822, el vate zarpó con un grumete y un amigo… Y lo esperado sucedió: una borrasca los zarandeó hasta la muerte. Shelley no llegó a la costa de Livorno, donde lo esperaba lord Byron.

Algunos días después, el océano devolvió a la playa de Viarregio el cuerpo de Shelley comido por los peces. Sin embargo, el piélago mostró clemencia y conservó, en uno de los bolsillos del traje, trozos de un poemario de Keats que sirvieron para afirmar que el ahogado era el autor de El Tiempo.

En Italia había una ordenanza que obligaba, para evitar epidemias, que los cuerpos escupidos por el mar fueran cubiertos con cal viva. Pero esto no sucedió con el cadáver de Shelley, gracias a la intervención —sobornaron a los agentes— de lord Byron y de Edward John Trelawny (1792-1881), el osado amigo que rescató de las llamas el corazón del poeta —los restos fueron incinerados a la orilla del mar. Sobre la hoguera se esparcieron aceites, vinos y especias.

¡Ah…!, pero el asunto no quedó ahí. Trelawny tuvo un tira y afloja con Byron, pues este quería quedarse con la entraña que sobrevivió a las brasas. No lo consiguió. Mary Shelley guardó hasta el día de su muerte las reliquias que el calor no devoró.

Escribió Edward John Trelawny en sus memorias: «El fuego era tan feroz como para producir un calor blanco en el hierro, y para reducir su contenido a gris ceniza. Las únicas partes que no se consumieron fueron algunos fragmentos de huesos, la mandíbula y el cráneo, pero lo que nos sorprendió fue que el corazón se mantuvo entero. Al arrebatar esta reliquia del fuego de la pira mi mano quedó muy quemada».

Lord Byron no soportó el espectáculo de la cremación que él había planeado y decidió darse un chapuzón en el mar. Cuando la muerte lo llamó, Trelawny también se ocupó del rígido cuerpo del lazarillo de los «poetas malditos». Cuando la Segadora tocó la puerta de Trelawny, este fue enterrado donde había dispuesto: cerca, muy cerca de donde reposaban las cenizas de Percy Bysshe Shelley.

Y yo me pregunto, ¿por dónde andarán ahora estos amigos? Puede que se encuentren «en el reino sin límites del incesante Cambio».

POEMAS

El amor y el peregrino, Edward Burne-Jones, óleo sobre lienzo, 1896-1897.

FILOSOFÍA DEL AMOR

I

Las fuentes se confunden con el río
y los ríos con el Océano;
los vientos del cielo asócianse siempre
con una dulce emoción.
Nada en el mundo es simple.
Todas las cosas por divina ley
en un espíritu se unen y se mezclan.
¿Por qué no yo con el tuyo?

II

Mira, las montañas besan el alto Cielo
y las olas se abrazan una a otra.
Ninguna flor sería perdonada
si a su hermana olvidase.

Y los rayos del sol ciñen la tierra,
y el rayo de la luna besa el mar.
¿Todo esta dulce obra de qué vale
si no me besas tú?

La mansión embrujada, William Holman Hunt, óleo sobre tabla, 1849.

EL TIEMPO

Mar insondable cuyas olas son años,
Océano del Tiempo en cuyas aguas de dolor profundo
va disuelta la sal de las humanas lágrimas.
Tú, avenida sin playas, que en tu flujo y reflujo,
abrazas los límites de la mortalidad,
y saciado de víctimas, aunque pidiendo más, rugiente,
arrojas tus despojos en su inhóspita orilla.
Traidor en calma y terrible en la tormenta,
¿Quién zarpará sobre ti,
oh mar insondable?

El pastor Hireling, William Holman Hunt, óleo sobre lienzo, 1851-1852.

ENDECHA POR EL AÑO

I

Huérfanas horas, el Año ha muerto.
Venid y suspirad, venid llorando.
No: sonreíd, alegres Horas,
pues el Año no está más que dormido.

II

Igual que un terremoto temblar hace
a un enterrado, dentro de su féretro,
el Blanco Invierno, esa áspera nodriza,
hace hoy temblar al Año frío como la muerte.
Solemnes Horas, gemid alto
por vuestra madre envuelta en su mortaja.

III

Como el aire violento agita y mece
la cuna de un infante cual un árbol,
así el aliento de estos días rudos
hace temblar al Año: —Estad tranquilas,
trémulas Horas: surgirá bien pronto
con nuevo amor en sus pupilas.

IV

El gris Enero llega
como un sepulturero entre las tumbas;
Febrero lleva el féretro,
Marzo, en su pena, brama enfurecido,
y llora Abril—, pero vosotras, Horas,
venís detrás con Mayo y sus flores más bellas.

El último sueño de Arturo en Avalón (detalle), Edward Burne-Jones, óleo sobre lienzo, 1898.

EXHORTACIÓN

El camaleón se nutre
sólo de luz y de aire.
Del poeta el alimento
son el amor y la fama.
Ay, si en este vasto mundo
lleno de desasosiego,
los encontrase el poeta
con tan pequeña fatiga,
como ellos lo suyo encuentran,
¿su color se mudaría
como el del camaleón,
que a cada rayo de luz
cambia al día veinte veces?

El poeta en esta fría
tierra vive cual si fuera
un camaleón, que oculta
su fugitiva existencia
sumergido bajo el agua.
Hay luz, y el camaleón
cambia. Lo mismo, el poeta
cuando no hay amor: la fama
es amor disimulado.
Cuando encuentra un poco, nunca
puede parecer extraño
que el poeta tras él vague.

No oséis manchar con riquezas
o poder, la libertad
y el celestial pensamiento
del poeta. Si el brillante
camaleón no devora
otro alimento que el aire
y la luz, y pronto crece
como su hermano, el lagarto,
¡oh hijos de un astro que luce
con más resplandor que el sol,
espíritus de los reinos
de más allá de la luna,
¡no aceptéis ningún presente!

La canción del amor, Edward Burne-Jones, acuarela sobre papel, 1865.

A UNA VIOLETA MARCHITA

De la flor ha huido el aroma
que era como el aliento de tus besos.
Se desvaneció su color
que por ti y sólo por ti brillaba.

Una forma vacía, marchita, inanimada,
yace sobre mi pecho abandonado;
del corazón ardiente aun se burla
con su reposo silencioso y frío.

Lloro —no la hacen revivir mis lágrimas.
Suspiro —no alienta de nuevo.
Como su sino mudo e impasible
habrá de ser también el mío.

Proserpina, Dante Gabriel Rosetti, óleo sobre lienzo, 1874.

CANCIÓN A PROSERPINA

I

Oh sagrada Deidad, oh madre Tierra,
tú, de cuyas entrañas inmortales
dioses, hombres y bestias toman vida,
y el capullo y la flor, la hoja y la hierba,
exhala igual tu más divino influjo
sobre tu propia hija, Proserpina.

II

Si tú con el rocío de la tarde
alimentas flores juveniles,
y en aroma y color crecer las haces,
las más hermosas hijas de las Horas,
tu más divino influjo exhala entonces
sobre tu propia hija, Proserpina.

Amaryllis, William Holman Hunt, óleo sobre tabla, 1886.

LA MÚSICA…

La música, cuando las suaves voces mueren,
vibra aún en la memoria.
Los aromas, cuando las dulces violetas se marchitan,
viven en el sentido que despiertan.

La Rosa vive, cuando la rosa ha muerto.
Se agrupan para el lecho de la amada.
Y así tus pensamientos, cuando tu arte haya huido,
el amor seguirá adormeciéndolos.

Ofelia, John Everett Millais, óleo sobre lienzo, 1851-1852.

LA MUERTE

La lunática, helada y apagada sonrisa
que el rayo meteórico de una noche sin astros
vierte sobre una isla en el mar solitaria,
antes de que amanezca con luz segura el día,
es la llama de esa vida inconstante y pálida
que vuela en torno nuestro mientras vigor tenemos.

Oh, humano, tente firme con alma valerosa
en la oscura tormenta de tu paso en el mundo,
y las olas en masa que alrededor retumban
dormirán en la luz de un prodigioso día
donde Cielo e Infierno te dejarán inmune
al universo del destino.

Este mundo es la madre de nuestros sentimientos,
en él se engendra toda nuestra sabiduría,
y el llegar de la muerte será un golpe terrible,
si al cerebro no se unen unos nervios de acero,
cuando sabemos, o vemos, o sentimos,
pase como un misterio ilusorio.

Los secretos que encierra la tumba están en donde
todo, salvo esta fábrica, debe de estar si duda,
aunque el ojo finísimo y el oído pasmoso
no escuche o vea más, perdida ya la vida,
todo lo que es extraño y todo lo que es grande
en el reino sin límites del incesante Cambio.

¿Quién viene con el cuento de la terrible muerte?
¿Quién es el que descorre el velo del futuro?
¿Quién nos pinta las sombras que existen en lo hondo
de la cuevas tortuosas de la poblada tumba,
o une a las esperanzas de lo que será un día
el miedo y el amor de lo que contemplamos?

Rocío, John Everett Millais, óleo sobre lienzo, 1889-1890.

ODA AL VIENTO DEL OESTE

I

Violento viento Oeste, tú, soplo del otoño,
que invisible y presente llevas las hojas muertas,
como espectros raptados por un mago que huye,

en pestilentes masas amarillas, y negras,
y pálidas, o bien de un turbio color rojo.
Tú que a su oscuro lecho invernal arrebatas
las aladas semillas que agonizantes, frías,
yacen como un cadáver en su sepulcro, hasta
que tu celeste hermana de Primavera toque

su clarín en la Tierra soñolienta, llenando
(cuando el suave capullo puebla en copos el aire)
con matices y aromas vivos llano y colina:

Espíritu violento que por doquier te agitas,
destructor y a la vez preservador: ¡Escucha!

II

Tú, soplo que desatas nubes entre el abrupto
temblor del firmamento, igual que caen las hojas
de las ramas unidas del Cielo y el Océano.

Ángeles de relámpago y de lluvia. Dispersos
sobre la capa azul de tu aéreo oleaje,
como el claro cabello erguido en la cabeza

de alguna fiera Ménade, desde el confín oscuro
del horizonte al alto del cenit, cruzan
los vellones de la tempestad inminente.

Tú, endecha por el año que muere, abovedado
por esta noche, techo de un inmenso sepulcro,
con todo tu poder de vapor reunido,

en cuya densa atmósfera la lluvia oscura, el fuego
y el granizo al final estallarán: ¡Escucha!

III

Tú que al Mediterráneo azul que yace quieto,
arrullado por su cristalina corriente,
has despertado de sus sueños estivales,

junto a la árida isla del golfo de Baia,
y has contemplado en sueño viejos palacios, torres,
temblando allá en el fondo de la luz de las olas,

y cubiertos de musgo y de flores celestes
tan dulces que se pierde el sentido al pintarlas.
Tú a cuyo paso el liso poderío oceánico

se abre en grietas, y en tanto, allá abajo, a lo lejos,
la floración marina y los bosques fangosos
que semejan la seca fronda del mar, conocen

tu voz y de repente encanecen de miedo
y se echan a temblar, desnudándose: ¡Escucha!

IV

Si fuera una hoja muerta que pudieras llevarte,
si una nube veloz para volar contigo,
una ola que palpita bajo tu fuerza, y toma

la suya de tu impulso, aunque más débilmente
que tú mismo, oh indómito; si por lo menos fuera
como un niño y pudiese hacer de camarada

en tus errantes viajes a través de los cielos,
cual cuando aventajar tu etérea presteza
apenas parecía una ilusión; yo nunca

te habría así rogado en mi triste miseria.
¡Levántame cual ola, o cual hoja, o cual nube!
¡Caído en las espinas de la vida, yo sangro!

Un gran peso de horas encadena y encorva
a alguien muy como tú: veloz, libre, soberbio.

V

¡Conviérteme en tu lira, igual que lo es el bosque!
Mis hojas caen también lo mismo que las suyas,
el tumulto de tus potentes armonías

tomarán en los dos un acento profundo
de otoño, dulce en medio de su tristeza. ¡Y sea
tu impetuoso soplo el mío: un solo impulso!

Arroja mis ideas muertas del Universo
igual que las hojas marchitas para vivir de nuevo,
y por la magia de este poema esparce,

como de un corazón nunca extinto de cenizas
y chispas, mis palabras entre el género humano.
¡Sé a través de mis labios para el mundo dormido

clarín de profecía! Oh viento, si el invierno
llega, ¿la primavera puede tardar acaso?

(Nota del autor: Este poema fue concebido y en su mayor parte escrito en un bosque que bordea el Arno, cerca de Florencia, y en un día en que este viento tempestuoso, cuya temperatura es a la vez suave y excitante, congregaba los vapores que precipitan las lluvias otoñales. Estas empezaron, como yo preveía, a la caída del sol, con una violenta tempestad de granizo y agua, acompañada por esos magníficos truenos y relámpagos peculiares de la región de Cisalpina.
El fenómeno al que se alude al final de la tercera estrofa es bien conocido de los naturalistas. La vegetación del fondo del mar, de los ríos y de los lagos armoniza con la tierra firme en el cambio de estaciones y está por consiguiente influida por los vientos que lo anuncian.)

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