sábado , 16 diciembre 2017
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Pezuñas blancas. Relato.

-Tono de carne oscura, siena natural, siena quemada, blanco de zinc, laca marrón… -dicta el pintor a su ayudante.

Un caballo andaluz relincha.

Eugenio levanta la vista para contemplar la misma escena que viene produciéndose desde que la primavera ha hecho brotar los rosales. Se quita las gafas y, dando una cuantas zancadas, se pone en la verja del patio.

-Genaro, haga el favor, ¿cuántas veces tengo que pedirle que tenga cuidado con el caballo?

-Perdone usted, es que no hace caso. Esta mañana temprano le he dado orden de que no se coma los brotes -respondió el hombre con la cabeza gacha y el sombrero entre las manos.

-Pero…, Genaro, me estoy quedando sin rosales, ate usted al animal o llévelo a pacer a otro lado.

-No puedo, es imposible. Fíjese usted, tiene las cuatro pezuñas blancas; si lo contradigo será mi desgracia.

Mientras esta conversación tenía lugar, el caballo de Genaro observaba y, de vez en cuando, relinchaba; pues intentaba informar al pintor que en aquella cuadra él mandaba.

Eugenio dio por perdida su petición y su rosaleda y, regresando al estudio, continuó con la descripción de materiales que su ayudante tendría que ir a buscar a la tienda donde le fiaban. El caballo seguía deleitándose con los rosales mientras retaba al pintor con la mirada. Eugenio observaba absorto aquella situación. Al principio estaba incómodo, violentado; pero, de pronto, comprendió: ¡aquel animal quería ser retratado!

Sin perder ni un solo instante, Eugenio cogió papel y lápiz para empezar a esbozarlo. Pero cometió un error, comenzó el croquis por el paisaje -que si una colina vestida de pinos, que si un par de rocas y un campo trillado, que si el charco y el fango y los gorriones y petirrojos remojados.

Azul de Prusia, tierra de siena quemada, amarillo verde, cadmio, ocre, apuntaba en una esquina del papel; y perfilaba las siluetas que compondrían el fondo del cuadro. Había decidido dejar para el final la figura principal porque pensaba que así resaltaría más el espíritu retador del animal. Pero el caballo relinchaba con brío y ya no sólo degustaba los capullitos de rosa, ahora mordía las plantas y las escupía con furia.

Eugenio se revuelve inquieto, comienza a tener miedo. La mano le tiembla, no le responde. De pronto, los pinceles se ponen en marcha. Un lienzo se extiende y se fija solo en el caballete. A través de la ventana lo reta la bestia; y su mano sometida, cogiendo azul de Prusia, comienza a pintar un fondo oscuro -nada de pájaros, ni de verde pasto, ni de nubes blancas, rocas y soles dorados.

Proporción, equilibrio, sobriedad, contraste de la líneas principales, un tema que va surgiendo, una silueta que va definiéndose entre las sombras… y un suave relincho de despedida.

¡Qué efecto extraordinario el de aquella pintura!  El asombro de Eugenio es infinito. ¡Ha desaparecido el caballo de su vista! El lienzo le muestra, sobre un fondo negro azabache, el rostro de una dama que, indagando en el suyo, lo observa.

-Despierte señor, traigo el pedido.

-Regresa usted muy pronto -contestó sorprendido-. ¿Lo ha conseguido todo?

-No, lo siento -se disculpó el aprendiz, preocupado por el mal genio del pintor-. Hasta mañana no tienen la tierra de Cassel, la que utiliza para su media tinta, señor.

-No importa, no importa, acérqueme la paleta y tráigame una copita de Courvoisier -pidió con tono animoso-, creo que me ha visitado la inspiración.

Y  dirigió la vista hacia la ventana para extasiarse con los  rosales borbonianos de su jardín.


Autofoto a lo Caravaggio.
Paleta pintada por varios artistas de la Escuela Española de Roma, 1886.


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