viernes , 19 enero 2018
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El arte es hijo mimado de la admiración. Lautrec y Picasso, dos espíritus libres, curiosos y astutos dan fe de ello.

Picasso – Lautrec.

“Hay que imitar a los maestros”.
Picasso

Yvette Guilbert cantando “Linger, Longer, Loo”, Toulouse-Lautrec, óleo sobre cartón, 1894.

Admiración, admiración es la palabra que ha retumbado en mi mente durante todo el tiempo que estuve contemplando las obras de Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901) y Pablo Picasso (1881-1973) que, por primera vez, se muestran en un mismo espacio.

La exposición monográfica organizada por el Museo Thyssen-Bornemisza nos permite apreciar la marcada influencia del francés en la obra temprana del artista malagueño y también en su obra tardía, porque Picasso, allá por los años sesenta del siglo pasado, volvió al desenfado de tema y dibujo de sus inicios.

El final del número, Pablo Picasso, pastel sobre lienzo, 1901.

La muestra es un sólido ejemplo de cómo el artista se nutre de lo que fue. Crece admirando la obra de otros que lo antecedieron, se forma copiando cuadros expuestos en los museos y se hace virtuoso cuando es capaz de reinventar lo que tiene aprendido; es decir, cuando la naturaleza de su espíritu es capaz de gestionar lo asimilado.

La admiración juega un papel fundamental en la formación y en el estilo de un creador. El admirado, el escogido, pone al descubierto la disposición que tiene quien contempla de ser cautivado por la realidad. Es la admiración un sentimiento que evidencia la capacidad que tienen algunos hombres de saber observar, porque no basta con mirar.

En el café: el cliente y la cajera anémica, Toulouse-Lautrec, gouache sobre cartón, 1898.

Decían que Picasso era un voyeur del arte, que tenía adiestrada la pupila para encontrar aquello que hacía única una obra. Decían que era capaz de captar el detalle y de apropiárselo; algunos contemporáneos suyos, maliciosamente, señalaban las influencias que encontraban en sus trabajos. Pero Picasso transformaba el motivo de su admiración, no imitaba, sino que analizaba la razón de ser del fenómeno que despertaba su curiosidad y, basándose en el resultado de su estudio, creaba imágenes plásticas únicas.

Los clientes, Picasso, óleo sobre cartón, 1901.

Para llegar a la admiración, el hombre se encuentra, primero, frente al objeto motivo de su fascinación. Luego llega el momento del entrañamiento, que es cuando el hombre reflexiona, estudia aquello que lo sorprende.  No hay admiración sin un proceso de razonamiento que concluya en la revelación de los arcanos que forman aquello que nos asombra. Hasta que no hay revelación no hay reinterpretación; es decir, aportación personal a la idea desvelada y, por tanto, no hay arte, sino copia.

Troupe de Mlle Églantine, Toulouse Lautrec, litografía en color, 1896.

La exposición que nos ofrece el Museo Thyssen-Bornemisza tiene el propósito de mostrar la influencia que sobre Picasso tuvo Lautrec. Influjo, no plagio. Grandeza. No creo que exista una sola persona amante del arte que no sea capaz de diferenciar un cuadro del joven Picasso de otro del gran Lautrec. En los gestos y en los tonos se aprecia la diferencia. No hay más que contemplar a sus prostitutas, pues son tan distintas… Conmueve la naturalidad que muestran las de Lautrec frente a las de Picasso, que ofrece una visión de ellas más vinculada a la carne.

Jardín de París (diseño para cartel), Picasso, tinta y acuarela sobre papel, 1901.
(Este anuncio no llegó a imprimirse. Picasso no tuvo éxito como cartelista).

Lautrec fraternizó con esas mujeres, vivió, incluso, durante el año de 1894 en un prostíbulo. Nunca las rechazó. Era un amigo. Por eso, sus vampiresas de la noche se muestran en actitudes cotidianas, realizando sus rutinas sin afectación… No hay que hacer gran esfuerzo para ver que las posturas y los complementos al servicio de la erótica -refajos, ligueros, guantes, medias…-, están dibujados de diferente manera en unos cuerpos que en otros.

Mujer rizándose el pelo, Toulouse-Lautrec, óleo sobre cartón, 1891.

Las mujeres de la noche de Lautrec se sienten cómodas en el papel y en el lienzo, están ahí como en sus burdeles, en la intimidad. Sin embargo, las de Picasso aparentan estar agitadas, violentadas. Picasso las ve con ojos más españoles; ojos ávidos de novedades, sí, pero no olvidemos que la mayoría de los cuadros de Picasso que nos muestra la exposición son el resultado de un joven crecido en tierra de misa diaria que estaba descubriendo París.

El abrazo forzado, Picasso, pastel sobre tabla, 1900.

Pablo Picasso no conoció personalmente a Lautrec. El malagueño llegó a París en 1900 y en 1901, unos meses después, fallecía el pintor francés. Picasso aterrizó en París con veinte años y Lautrec murió con treinta y seis. Picasso conservó una fotografía de su admirado colega y le otorgó un lugar destacado en su estudio. Desde que en Barcelona descubrió, siendo un mozalbete, las Vanguardias, Picasso fijó su mirada ávida en el trazo ágil y desenfadado con el que Toulousse Lautrec diseccionaba las noches parisinas.

La cama, Toulouse-Lautrec, óleo sobre tabla, 1898.

La obra del pintor de Albi también refleja la admiración que este sintió por otros artistas. En Lautrec hay esencias de El Greco, Delacroix, Ingres, Degas, por ejemplo; como también la hay del japonismo tan de moda en su época. Su dibujo, una de las características más importantes de su obra, es deudor de los aquí mencionados y de otros más. ¿A quién deben los modernos las formas alargadas y la verticalidad del formato, a quién la irracionalidad del espacio si no es a El Greco? ¿Y a quién la silueta contorneada y la idea de crear atmósferas con color si no es a Delacroix quien, a su vez, miraba con ojos admirados a Rubens, a Tiziano, a Durero, a Veronés…?

Jeanne (Mujer tumbada), Picasso, óleo sobre lienzo, 1901.

El Baño turco de Ingres ha dado mucho juego a los artistas que le sucedieron; su cromatismo, su línea llana y el aplanamiento de la perspectiva en la pintura fueron rescatados por sus seguidores. Ahí están Las señoritas de Avignon, el lienzo de Picasso, para dar fe de ello. Fue Degas, Degas, quien recuperó a Ingres y lo reinventó arrastrándolo a la calle, bajándolo del pedestal desde donde otorgaba a sus desnudos femeninos una tensa y fría sensualidad. Es el Ingres pasado por los ojos de Degas el que inspiró a Lautrec.

El París de la Belle Époque es, como diríamos ahora, lo máximo de la representación de lo que fue el final y el comienzo del siglo XX en Europa, época que dio inicio a la cultura de masas, a la modernidad.

Una revolución así requería de nuevas formas de expresión. Y ahí estaba Lautrec para aportar al resultado de sus admiraciones el humor, la sátira, la condensación de la idea en pocos trazos, la belleza y lo efectivo de lo simple.

En el circo: la llamada a escena, Toulouse-Lautrec, lápiz sobre papel, 1899.

En definitiva, ahí estaba Lautrec introduciendo la caricatura en el arte para poder reflejar lo que se aprende paseando el insomnio por los bulevares. Esa temática ambientada en la noche, que lo obsesionó y que arrastró al joven Picasso, requería de desparpajo. La vida de los cafés, bares y cabarets, el mundo del circo y los burdeles reflejan una manera novedosa de relacionarse. Un trajín nocturno que necesitaba del poder de síntesis, de la reducción de dibujo y línea que Lautrec le entregó, si no ¡cómo reflejar en un espacio reducido la idea que latía en tanto aquelarre!

Pipo, Picasso, pluma, tinta, acuarela y lápiz, 1901.

Son ciento trece las obras que el Museo Thyssen-Bonermisza pone a nuestra disposición y que distribuye de la siguiente manera: Bohemios, Bajos fondos, Vagabundos, Ellas y Eros recóndito. Al leer el tríptico que nos regalan, antes de pasar a ver los cuadros, al conocer cómo están divididas las salas, ya nos topamos con lo que podríamos llamar un primer punto de encuentro entre los dos artistas: la temática. Luego, en la medida en que avanzamos, vamos descubriendo afinidades, hasta llegar al convencimiento de que podemos adaptar al arte la frase de Aristóteles que dice que “la filosofía es hija de la admiración”. El arte es otro hijo de la admiración. Lautrec y Picasso, dos espíritus libres, curiosos y astutos dan fe de ello.

Autorretrato, Toulouse-Lautrec, aguada sobre el reverso del cartel “Divan Japonés”, 1893.

Pero, ¿qué características de las obras de Toulouse-Lautrec captaron la atención de Pablo Picasso?

-La temática. El pintor de Albi dedicó su pintura a lo que conocemos vulgarmente como bajos fondos.
-El dominio del dibujo en el soporte.
-La síntesis del trazo.
-El trazo largo, rápido, elástico, libre (japonismo).
-La verticalidad de las figuras.
-El aplanamiento de la perspectiva.
-El erotismo vinculado al desnudo femenino.
-La representación de la mujer en posturas hasta entonces no reflejadas.
-La cartelería (grafismo simplificado, la forma plana, sentido decorativo).
-El uso de la caricatura en la pintura y el dibujo.
-El gusto por el género del retrato.
-Las figuras recortadas por los marcos.
-El rechazo al purismo académico.
-La sensación de espontaneidad, aunque las obras son el resultado de una composición pensada.
-La falta de escalas, de proporcionalidad.
-La utilización del punto de vista bajo y, a veces, muy bajo.
-El efecto mate en los lienzos.
-La mezcla del arte clásico y la cultura popular (su mayor aportación a la cartelería).

Picasso en La Californie, Cannes. Fotografía de Edward Quinn, 1960.
(Al fondo, a la izquierda y delante del tapiz, aparece la foto que Paul Sescau hizo a Toulouse-Lautrec en 1894).

Arte significa reinventar lo que ya está dicho. Difícil, ¿verdad?, porque no basta con la formación, no basta con una buena intención, no basta con llevarse un taburete a un museo y ponerse a copiar cuadros consagrados por el público que los contempla, es imprescindible la imaginación, sin ese Don, sin esa cualidad espiritual, no existe originalidad, no hay obra de arte, no se da “lo verdadero idealizado”, como diría Delacroix.

La admiración es el mayor reconocimiento que puede recibir la obra de un artista, porque es la forma que tiene quien la contempla de demostrar que ha comprendido el sentido último de la pieza, su unicidad.

Entre bastidores (Pierreuse), Toulouse-Lautrec, gouache sobre cartón, 1888.

Termino esta reseña rescatando unas palabras que Baudelaire escribió en el ensayo que dedicó a Delacroix: (…) Todo el universo visible no es más que un comercio de imágenes y signos a los que la imaginación dará un lugar y un valor relativos; es una especie de alimento que la imaginación debe digerir y transformar. Todas las facultades del alma humana deben subordinarse a la imaginación, que las requiere todas a la vez (…) Un buen pintor puede no ser un gran pintor, pero un gran pintor es por fuerza un buen pintor, porque la imaginación universal encierra la inteligencia de todos los medios y el deseo de adquirirlos”.

La pareja, Picasso, óleo sobre lienzo, 1969.

Picasso vivió lo suficiente como para convertirse él mismo en motivo de admiración. Al final de su carrera artística volvió a acordarse de Lautrec, regresó a los temas que trató cuando llegó a París y lo hizo recuperando propiedades de la caricatura, cerrando su círculo profesional como lo comenzó, pero aportando a las figuras lo andado. Este desenlace también podemos apreciarlo en la estupenda exposición que nos ofrece el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid que cierra la muestra con el óleo La pareja. Decía el poeta Max Jacob que Picasso tenía “un ojo de pintor”.


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