poeUn claro ejemplo de cómo lo feo y lo bello son brotes de una misma rama, de cómo no existe belleza que no tenga su lado feo y viceversa, de esta singularidad, de esta dualidad que se resuelve con el fallo del lector, lo encontramos en la prosa y en la poesía de Edgar Allan Poe.

Sobre la vida y la obra del escritor hay muchos ensayos escritos pero, en mi opinión, hay dos textos que destacan tanto por lo que cuentan por cómo lo cuentan.

El primero es el prólogo de Ruben Darío recogido en el libro El mundo de los sueños (dificilillo de encontrar); el segundo, y más importante, es el ensayo de Charles Baudelaire,  que puedes hallar en la editorial Fontamara o en el libro que propongo hoy. Baudelaire dedicó veinte años a traducir la obra del americano y es el responsable de su primera edición en Francia.

Ambos estudios comparten las mismas reflexiones sobre el escritor más importante del Romanticismo en Estados Unidos. Para ambos poetas ese hombre crédulo, incomprendido, elegante y deportista fue un desventurado -“¡desafortunado!” lo llamó Baudelaire.

La fatalidad se instaló pronto en la vida de Poe; niño huérfano y adoptado que descubrió temprano las cualidades anestésicas del alcohol y las desgracias que impone la pobreza.

Pero para Darío y Baudelaire la peor desdicha de Poe fue la de haber nacido en un país demasiado moderno y vulgar para su mente brillante y aristocrática, que se revela y reluce a través de  su tempestuosa obra donde todos los personajes tienen algo de Poe o, mas bien, como diría Baudelaire, donde todos son “Poe mismo”.

Charles Baudelaire así lo refleja:

“Los Estados Unidos fueron para Poe una vasta cárcel, que él recorría con la agitación febril de un ser creado para respirar en un mundo más elevado que el de una barbarie alumbrada con gas, y que su vida interior, espiritual, de poeta, o incluso de borracho, no era más que un esfuerzo perpetuo para huir de la influencia de una atmósfera antipática”.

Rubén Darío así lo expresa:

“Nacido en un país de vida práctica y material, la influencia del medio obra en él al contrario. De un país de cálculo brota imaginación tan estupenda. El don mitológico parece nacer en él por lejano atavismo, y se ve en su poesía un claro rayo del país del sol y azul en que nacieron sus antepasados.

El noble abolengo de Poe; ciertamente, no interesa sino a «aquellos que tienen gusto de averiguar los efectos producidos por el país y el linaje en las peculiaridades mentales y constitucionales de los hombres de genio» según las palabras de la noble Sra. Whitman.

Sábese que en el linaje del poeta hubo un bravo sir Rogerio, que batalló en compañía de Strongbow, un osado, sir Arnoldo, que defendió a una lady, acusada de bruja; una mujer heroica y viril, la célebre Condesa del tiempo de Cromwell; y pasado sobre enredos genealógicos antiguos, un General de los Estados Unidos, su abuelo.

Después de todo, ese ser trágico, de historia tan extraña y romancesca, dio su primer vagido entre las coronas marchitas de una comedianta, la cual le dio vida bajo el imperio del más ardiente amor. La pobre artista había quedado huérfana desde muy tierna edad. Amaba el teatro, era inteligente y bella, y de esa dulce gracia nació el pálido y melancólico visionario que dio al arte un mundo nuevo”.

poe1En un castillo romántico, situado en lo alto de un risco atormentado por el mar, madreselvas ocultan las sillerías de piedra por donde asoman pequeños ventanales irregulares.

Has sido invitado a la velada, has aceptado y, en el mismo instante en que has pronunciado el ¡sí, quiero!, sin saber cómo, asombrosamente, te has desplazado hasta allí.

Frente al portón destrozado de madera comprendes que no estás a punto de entrar en un castillo de hadas. Pero, ¿cómo regresar si ni siquiera sabes cómo has llegado?

Hay bruma y un cuervo negro, posado en una rama seca, acecha. Mueve sus nerviosos ojos de azabache y espera con impaciencia tu entrada en el mundo de su dueño Poe, pues es su misión, como mayordomo, controlar  la fortaleza. No hay marcha atrás, tiene el cuervo guardián tanto talento como su amo.

En la habitación del péndulo, un cartel con letras góticas afirma que lo oculto paraliza la rutina.

Los poemas que aquí puedes leer están recogidos en el libro Poemas publicado por la editorial Weston. Las traducciones son de Alberto Lasplaces, Carlos Arturo Torres y Juan Antonio Pérez Bonalde.

La edición de Weston tiene dos atractivos añadidos: incluye el extenso e interesante prólogo que Charles Baudeliare dedicó a la poesía de Edgar Allan Poe y rescata las ilustraciones que William Heath Robinson hizo en 1900 para la editorial inglesa George Bell & Sons y para la editorial norteamericana The Macmillan Co.

Será cierto que “¿hasta nuestro último empeño / es sólo un sueño dentro de un sueño?”

firma gabriela3

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LA ESTRELLA DE LA TARDE (1827).

Era en el corazón del verano y en medio de
la noche. Las estrellas marchando en sus órbitas
brillaban con un pálido resplandor a través
de la luz más viva de la fría luna, mientras que
ésta, rodeada de los planetas, sus esclavos,
lanzaba desde lo alto de los cielos, sus rayos
sobre las olas.

Yo contemplaba su triste sonrisa, demasiado
fría, demasiado fría para mí. Una nube oscura
vino a pasar, semejante a un sudario, y fue
entonces que me volví hacia ti, Estrella del
Sur, orgullosa en tu gloria lejana. Y ahora
me será más querida tu luz, porque lo que me
traes de más magnificente a través del cielo
nocturno, es la alegría de mi corazón, y yo prefiero
tu discreto y lejano resplandor a esa llama
cercana pero más fría!

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UN SUEÑO (1827).

¡Recibe en la frente este beso!
Y, por librarme de un peso
antes de partir, confieso
que acertaste si creías
que han sido un sueño mis días;
¿Pero es acaso menos grave
que la esperanza se acabe
de noche o a pleno sol,
con o sin una visión?
Hasta nuestro último empeño
es sólo un sueño dentro de un sueño.

Frente a la mar rugiente
que castiga esta rompiente
tengo en la palma apretada
granos de arena dorada.
¡Son pocos! Y en un momento
se me escurren y yo siento
surgir en mí este lamento:
¡Oh, Dios! ¿Por qué no puedo
retenerlos en mis dedos?
¡Oh, Dios! ¡Si yo pudiera
salvar uno de la marea!
¿Hasta nuestro último empeño
es sólo un sueño dentro de un sueño?

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A LA SEÑORITA * (1829).

¿Qué me importa si mi suerte terrestre no
encierra en mí mismo más que una pequeña
cosa de esta tierra? ¿qué me importa si años
de amor son olvidados en un momento de odio?

No lloro en forma alguna porque los desolados
sean más dichosos que yo, pequeña, sino
porque veo que os afligís por el destino de éste
que no es sino un transeúnte sobre la tierra…

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A LA SEÑORITA** (1829).

Las umbrías bajo las cuales veo, en mis sueños,
los más traviesos pájaros cantores, son
labios; y toda la melodía de tu voz no es hecha
sino por palabras creadas por tus labios.

De tus ojos, engastados en el santuario celeste
de tu corazón, caen las miradas desoladas
ahora, ¡oh, Dios!, sobre mi espíritu fúnebre,
como la luz de una estrella sobre un sudario.

¡Tu corazón, tu corazón! Me despierto y
suspiro y vuelvo a dormirme para ensoñar
hasta el día de la verdad, que el oro, -capaz de
tantas locuras- no podrá jamás comprar.

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EL GUSANO VENCEDOR (1838).

¡Ved!; es noche de gala en estos últimos
años solitarios. Una multitud de ángeles alados,
adornados con velos y anegados en lágrimas,
se halla reunida en un teatro para contemplar
un drama de esperanzas y de temores mientras
la orquesta suspira por intervalos la música de
las esferas.

Actores creados a la imagen del Altísimo,
murmuran en voz baja y saltan de un lado al
otro; pobres fantoches que van y vienen a órdenes
de vastas creaturas informes que cambian
la decoración a su capricho, sacudiendo con sus
alas de cóndor a la invisible desgracia.

Este drama abigarrado—estad seguro que
no será olvidado,—con su fantasma perseguido
siempre por una muchedumbre que no puede
atraparlo, en un círculo que gira siempre sobre
sí mismo y vuelve sin cesar al mismo punto;
ese drama en el cual forman el alma de la intriga
mucha locura y todavía más pecado y horror!….

Pero ved, a través de la bulla de los actores
como una forma rampante hace su entrada!
Una cosa roja, color sanguinolento viene retorciéndose
de la parte solitaria de la escena.
¡Cómo se retuerce! Con mortales angustias
los actores constituyen su presa, y los ángeles
sollozan viendo esas mandíbulas de gusano
teñirse en sangre humana.

Todas las luces se apagan, todas, todas.
Sobre cada forma todavía tiritante, el telón,
como un paño mortuorio, desciende con un ruido
de tempestad. Y los ángeles, todos pálidos
y macilentos se levantan y cubriéndose afirman
que ese drama es una tragedia que se
llama «El Hombre» de la cual el héroe es el
Gusano Vencedor….!

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EL DORADO (1849).

Brillantemente ataviado, un galante caballero,
viajó largo tiempo al sol y a la sombra,
cantando su canción, a la busca del El Dorado.

Pero llegó a viejo, el animoso caballero, y
sobre su corazón cayó la noche porque en ninguna
parte encontró la tierra del El Dorado.

Y al fin, cuando le faltaron las fuerzas, pudo
hallar una sombra peregrina. -Sombra, -le
preguntó- ¿dónde podría estar esa tierra del
El Dorado?

-“Más allá de las montañas de la Luna, en
el fondo del valle de las sombras; cabalgad,
cabalgad sin descanso -respondió la sombra- si
buscáis el El Dorado…”.

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ISRAFEL (1849).

En el Cielo mora un espíritu,
cuyas cuerdas del corazón son un laúd;
ninguno canta mejor, ni con tal frenesí
como el ángel Israfel,
y las estrellas vertiginosas,
así lo afirma la leyenda,
deteniendo sus himnos,
escuchan el encantamiento de su voz,
todas en silencio.
Dudando en lo alto de su meridiano,
la luna apasionada se sonroja de amor,
mientras, para oírle, el mismo rayo
(y con él las veloces Pléyades)
se detienen en el cielo.
Y dicen que el fervor de Israfel
se debe al sortilegio de su lira,
al trémulo alambre vivo de sus cuerdas;
donde los pensamientos profundos son un deber,
donde el Amor es un Dios ya anciano,
donde los ojos de las huríes
brillan con la adorada belleza de los astros.
Tienes razón, Israfel,
en despreciar todo canto que no sea apasionado.
¡A ti los laureles, bardo el mejor
y el más sabio!
¡Larga y gozosa vida para ti!
Los altos éxtasis caen con las ardientes notas,
con tu dolor, tu alegría, tu odio, tu amor,
el fervor de tu laúd.
¿Qué hay de extraño en que las estrellas
eternas permanezcan mudas?
Sí, tuyo es el Cielo,
pero este es un mundo de dulce amargura,
nuestras flores son sólo flores,
y la sombra de tu inmensa beatitud
es la luz de nuestro sol.
Si yo pudiese habitar en el reino de Israfel,
y él en donde yo habito,
no podría el ángel cantar una melodía terrenal,
mientras yo, en cambio, podría lanzar al firmamento
un nota más plena que esta triste canción
que brota de mi lira.

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