“Venid, amigos, a la fiesta mía”.
Eliseo Diego

De izquierda a derecha (de pie): Manuel Díaz Martínez, Eliseo Diego, Antonio Serrano de Haro (embajador de España), Miguel Barnet, Cintio Vitier, José Antonio Portuondo (ensayista, historiador), Alberto Batista Reyes (director de la editorial Letras Cubanas). En primer plano: Cleva Solís, Dulce María Loynaz, Alberto Lauro, Bella García Marruz y Fina García Marruz.

Al contemplar la fotografía que da comienzo a esta entrada pensé que todo pretexto es bueno para leer poesía. El retrato de grupo fue realizado en la Editorial Letras Cubanas en el año 1987. El motivo que reunió a las doce personas que en ella aparecen -ocho son poetas- fue la celebración del Premio Nacional de Literatura otorgado a Dulce María Loynaz.

La fotografía llegó a manos de Manuel Díaz Martínez gracias a Alberto Lauro, que fue la persona que recogió a Dulce María en su casa para llevarla a la entrega del premio. En una estantería repleta de libros, que mi padre tiene en su apartamento canario, reposa esta foto que ahora observo con otros ojos, los de la oportunidad. Voy a sacar provecho a este posado de grupo, que reúne poetas de diferentes generaciones y estilos, para ofrecer una lectura sabrosa de poesía cubana.

Para la exposición de los poemas respeto el orden en el que aparecen los poetas en la foto -así los celos no montan alboroto-. La luz y el color quedan a cargo de pintores cubanos. Y esta es la seductora fiesta a la que les invito hoy.

MANUEL DÍAZ MARTÍNEZ
(1936)

Las barcas, Amelia Peláez, 1930.

¿QUIÉN?

¿Quién habita la casa que habité,
quién toca las maderas que toqué,
quién ve los resplandores que yo vi,
quién vive las penumbras que viví,

quién sueña en la ventana en que soñé,
quién llora en la escalera en que lloré,
quién abre los batientes que yo abrí,
quién ríe en el pasillo en que reí,

quién cabalga en los hombros de mi sombra,
quién habla, grita, llama y no me nombra,
quién mis brazos desplaza con sus brazos,

quién llena mi silueta sin saberlo,
quién anda hacia su muerte y, sin quererlo,
ocupa con sus pies mis viejos pasos?

Naturaleza muerta con peces, Amelia Peláez, 1947.

PARA HORNEAR UN PARGO

A un amigo que niega
la inspiración.

Así es que se le ha ocurrido a usted
que yo haga un buen pescado al horno.
¿Y ha pensado usted, mi querido hambriento,
en esa flor de pétalos fugaces
y secretos latidos poderosos
que todo cocinero necesita
para hacer un buen pescado al horno?

Sin ese principal aliño
no hará su milagro la cebolla,
ni el pimiento verde ejercerá su oficio,
ni la dorada trenza del aceite
inflamará en su fiesta
a la pimienta,
ni tendrá eficacia el lujurioso
calosfrío que en la lengua
traza el ajo que se agrega al mojo.

Amigo hambriento, espere
a que esa flor estalle en mi cocina
y gocemos de ese manjar perfecto
con que sueña usted mientras me mira.

ELISEO DIEGO
(1920-1994)

La boda, Flora Fong, 1976.

LA NIÑA EN EL BOSQUE

Caperuza del alma, está en lo oscuro
el lobo, donde nunca
sospecharías,
y te mira
desde su roca de miseria,
su soledad, su enorme hambre.

Tú le preguntas: ¿por qué tienes
esos ojos redondos?
Y él responde,
ciego, para mirarte
mejor, llorando.
Y en seguida

tú vuelves: las orejas,
¿por qué tan grandes?
Y él,
para escucharte, oh música
del mundo, sólo
para escucharte.
Y luego

lo demás es la sombra -indescifrable.

Paisaje criollo, Carlos Enríquez, 1943.

ESTA ES LA PLENITUD, EL TIEMPO ENTERO

Esta es la plenitud, el tiempo entero,
el sellado esplendor del mediodía.
En ráfagas de luz el sol envía
el oro eterno al aire pasajero.

Bien dibujado el árbol, bien ligero
el trazo de las hojas en el día.
Más honda en cambio y más y más umbría
la huella del trabajo en el sendero.

Las coléricas nubes qué serenas
entre sus precipicios transparentes
y todo tan en calma, tan a gusto.

Pues la memoria es un rumor apenas
que roza con sus alas inocentes
la paz inmensa en el silencio justo.

MIGUEL BARNET
(1940)

El domador, Juan Ricardo Amaya, 1980.

FE DE ERRATAS

Donde dice un gran barco blanco
debe decir nube
donde dice gris
debe decir un país lejano y olvidado
donde dice aroma
debe decir madre mía querida
donde dice César
debe decir muerto ya reventando
donde dice Abril
puede decir árbol o columna o fuego
pero donde dice espalda
donde dice idioma
donde dice extraño amor aquel
debe decir naufragio
en letras grandes.

El golpe del tiempo, José Bedia, 1986.

POEMA CHINO III

Pregunté qué fruta era ésa
que colgaba en ramos de un árbol
tan fino como las venas de la princesa Fu Peng.

-Ciruelas, me contestó el edecán.
Pregunté si la grulla esculpida
a las puertas del pabellón de las Bodas
era de jade legítimo.

-No hay otro, me contestó el edecán.
Pregunté a la hora de la cena,
si la raíz de loto era realmente
la comida preferida de la emperatriz.

-Lo era, me contestó el edecán.
Pregunté, al pie de la muralla
si la sangre derramada allí por millones de hombres
que dejaron sus casas enlutadas no era monumento
a la historia de China.

-Lo es, me contestó, grave, el edecán.
Pregunté si aquel dragón tallado en la piedra
Era un símbolo imperial.
-Lo es, me contestó el edecán.
Pregunté si era un dragón con cabeza de león
O un león con cabeza de dragón.

-Lo es y no lo es, me contestó con ironía el edecán.

CINTIO VITIER
(1921-2009)

Río San Juan, Víctor Manuel, 1943.

ALGO LE FALTA A LA TARDE…

Algo le falta a la tarde,
no están completos los pinos,
y yo mirando a las nubes
siento lo que no he sentido.

A cada instante pregunto
por el tesoro perdido
cuya sombra se desplaza
con melancólico frío.

Mirándome está el deseo,
nocturno, solo, infinito;
callada va la nostalgia
llameando eternos vestigios.

No llega nunca mi gesto
a la tierra del destino;
la vida acaba inconclusa,
quedan los sueños en vilo.

Cumpliendo el voto, Leopoldo Romañach, 1912.

PALABRAS DE NICODEMO
San Juan, 3

Él me dijo que era preciso
renacer, y yo le dije: ¿cómo?
¿a mis años puede un hombre
volver a entrar en el vientre de su madre?
Yo sentía mi rostro como una página escrita
en el viento y en la sombra
que hacían temblar nuestros cabellos
y nuestras simples vestiduras.
Las hojas también temblaban levemente,
con un sonido áspero y dulce, acariciando
los mediodías en el patio de la infancia.
Y él me dijo, y sus palabras
no parecían estar saliendo de sus labios
-¿tal vez porque la sombra los cubría, o porque era
tan ardiente su mirada?-: Oye,
tienes que renacer en el agua y el espíritu,
y hacerte del espíritu, si quieres
entrar en el Reino… Todo era
como un encuentro casual y lejanísimo
de dos amigos, y él estuvo hablando
todavía un rato, y yo sentí de pronto
que me hablaba con cierta dureza,
como reprendiéndome, y después
nos separamos silenciosamente.
Pero ahora estoy oyendo sus palabras de otro modo,
como si hubieran pasado por el agua de mi sueño
y gotearan en la luz de la mañana,
en la blanca bocanada de la luz, en las mañanas de mi infancia,
repitiéndome: si crees en mí,
si vuelves a nacer en el agua y el espíritu,
si te haces del espíritu…
Los niños pasan gritando por la ciudad vacía.

CLEVA SOLÍS
(1926-1997)

Paisaje del Almendares, Mariano Rodríguez, 1956.

CANCIONES SIN TOCAR

Porque hay canciones
que no llegan a frecuentar
los vacíos del hombre,
que quedan solas y lejanas
murmurando sus destinos,
sus cascadas de hipomea;
a veces sus dibujos breves
se enredan en el viento
y es entonces que caminos
infieles, atraviesan
la oscuridad de sus calles
y al cruzar una esquina
una ráfaga primorosa nos sorprende
cuajada, pero huyendo
en su animal conciencia de alumbrarnos.

Porque van adquiriendo reflejos
nos traspasan sin poseerlas,
y son así más melancólicas sus sombras
posándose indecisas
con los líquidos más finos
del rocío: evaporándose.

Aguas claras, Manuel Mendive, 2012.

AMORES

El sol de la familia
era todo,
era lo que venía siempre,
lo que estaba allí
y no se iba,
era como se abrían los días
llenos de hondos lugares,
pasajero ir entrañable,
hadas de trajes amarillos,
verbo implacable en el hacer y el decir.
La Madre iba
serena y apacible
en su gala de amorosa veste,
y las magnolias que sacudían
el limbo de la casa,
las magnolias floreciendo
de la mañana a la noche,
era un piano de nieblas.
Así las escrituras
de los rostros
en la corriente sin esperas,
daba a un mar
azul oscuro,
y la ribera de la casa
plañía en el oleaje,
y entonces era ya el crepúsculo.

DULCE MARÍA LOYNAZ
(1902-1997)

Mujer sentada, Wifredo Lam, 1955.

LA BALADA DEL AMOR TARDÍO

Amor que llegas tarde,
tráeme al menos la paz:
Amor de atardecer, ¿por qué extraviado
camino llegas a mi soledad?
Amor que me has buscado sin buscarte,
no sé qué vale más:
la palabra que vas a decirme
o la que yo no digo ya…
Amor… ¿No sientes frío? Soy la luna:
Tengo la muerte blanca y la verdad
lejana… -No me des tus rosas frescas;
soy grave para rosas. Dame el mar…
Amor que llegas tarde, no me viste
ayer cuando cantaba en el trigal…
Amor de mi silencio y mi cansancio,
hoy no me hagas llorar.

Niña en un jardín, Guillermo Collazo, 1887.

EL MADRIGAL DE LA MUCHACHA COJA

Era coja la niña.

Y aquella
su cojera
era
como un ondulamiento
de viento
en un trigal…

Era coja la doncella,
trazaba eses de plata sobre el viento,
hecha a no sé qué curva sideral…

Cristal quebrado era la niña… Mella
de rosas, por el pie quebrada
(¡y sin cristal que la tuviera alzada!…):
Una rosa cortada
que cae al suelo y que el que pasa huella.

La niña cojeaba
y su cojera en una sonrisa recataba
sin acritud de llanto ni querella:

Como la Noche sella
su honda herida de luz-alba o centella-,
así sellaba
ella
la herida que en su pie se adivinaba…

Nadie la hallara bella;
pero había en ella
como una huella
celeste… Era coja la niña:

Se hincó el pie con la punta de una estrella.

ALBERTO LAURO
(1959)

Columna humana I, Servando Cabrera Moreno, 1965.

ÓLEO DEL ÚLTIMO OTOÑO

Un flamboyán
de fuego
arde solo en la luz de la mañana.
Bandadas de garzas blancas vuelan
sobre palmas y manglares,
destellan bajo la luz del mediodía.

Tú estás sentada, ausente
entre la sombra y la brisa
que aguarda tu rostro,
la furia desnuda de las ramas,
pálida viajera, amiga,
en la indefensa espesura:
detrás la hierba se quema
hasta que la hoguera toma
un sitio en tu cuerpo.

Cerca de la arboleda, el barranco,
la áspera roca que no ha besado la nieve,
los pájaros
sobre este campo sin flores
-los he visto pasar ligeros
y fugaces como la noche por tus ojos-
y cimbran las cañabravas
que el viento mece junto al río.

Un flamboyán
de fuego
arde solo en la luz de la mañana.
Brilla junto a su tronco una canción perdida
(después del aguacero)
que va dejando
breves arroyos
sobre la tierra ocre.

Personaje frente al sol, Alfredo Sosabravo, 1967.

OYENDO A LA RETRETA EN CAMAGÜEY
A Carlos Victoria

El niño va de la mano de su madre.
Ella lo lleva al parque
donde suena la orquesta.
Se queda allí, con sus amigas.
Pero el niño se adentra
en la espesura de la sombra y los jardines,
mientras la música suena
y él echa a volar
su cometa china,
que es ahora un punto diminuto
allá en el cielo.
Él y sus amigos envían mensajes
con el sueño de que allá
en lo alto alguien los lea.
Después, a la tarde, regresan a casa.
Y él se duerme sintiendo su perfume
con la mano de ella
entre su pelo.

FINA GARCÍA MARRUZ
(1923)

Ángel en el bosque, Eduardo Abela, 1955.

EL BELLO NIÑO

Tú solo, bello niño, puedes entrar a un parque.
Yo entro a ciertos verdes, ciertas hojas o aves.

Tú solo, bello niño, puedes llevar la ropa
ausente del difunto, distraída y remota.

La ropa dibujada, el sombrero del ave.
Tú solo en ese reino indisoluble y grave
has tocado la magia de lo exterior, las cosas
indecibles. Yo llevo la ropa maliciosa

del que de muerte sabe y de amarga inocencia.
Tú no sabes que tienes toda posible ciencia.

Mas ay, cuando lo sepas, el parque se habrá ido,
conocerás la extraña lucidez del dormido,

y por qué el sol alumbra tus álamos de oro
los dora hoy con palabras y días melancólicos.

Relación, Tomás Sánchez, 1986.

AMA LA SUPERFICIE CASTA Y TRISTE…
“Sé el que eres”
Píndaro

Ama la superficie casta y triste.
Lo profundo es lo que se manifiesta.
La playa lila, el traje aquel, la fiesta
pobre y dichosa de lo que ahora existe

Sé el que eres, que es ser el que tú eras,
al ayer, no al mañana, el tiempo insiste,
sé sabiendo que cuando nada seas
de ti se ha de quedar lo que quisiste.

No mira Dios al que tú sabes que eres
-la luz es ilusión, también locura-
sino la imagen tuya que prefieres,

que lo que amas torna valedera,
y puesto que es así, sólo procura
que tu máscara sea verdadera.


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