“La fiera del amor dormido y el ansia que sube a las estrellas. El hombre…”
María Zambrano

María Zambrano, 1986.

En el poema El Agua ensimismada hay un verso que dice: “¿piensa o sueña?”

Ese verso, en forma de pregunta, nos revela la raíz del pensamiento de María Zambrano (1904-1991), autora del poema citado. María Zambrano es más conocida por sus ensayos filosóficos que por sus delirios, palabra con la que nombró a la poesía.

La palabra fue entendida por María Zambrano como una unidad bicéfala: por un lado está la palabra como herramienta al servicio de la filosofía -tiene la misión de conseguir plasmar la idea razonada- y por el otro se encuentra la palabra poética, vinculada al espíritu. Pero para Zambrano la palabra es, más allá del rol que cumpla en la explicación de los misterios de la vida, el espacio donde se funden poesía y filosofía.

La filosofía y la poesía fueron las dos formas de expresión en las que se manifestó el pensamiento de María Zambrano. Dos formas, por cierto, que, aunque con comportamientos diferentes -la poesía expresa lo que a la razón se le escapa-, nacen de la mente humana. Heidegger sostenía que “el ser del hombre se funde en el habla”.

Poesía, decía María Zambrano, como “encuentro, Don, hallazgo, Gracia” y filosofía como el resultado del “requerimiento guiado por un método”. Y, en el origen de ambas, el sentido creador. “Filosofía es preguntar y poético es el hallazgo”, declaraba la escritora, para quien “no hay equilibrio posible, (sino) sólo fusión entre poesía y filosofía”.

Su idea de fusión desvela la importancia que tuvo para ella la palabra como vehículo transmisor de la razón y del espíritu. El resultado de su pensar lo hallamos en sus textos filosóficos, alejados de un lenguaje árido y de difícil comprensión, y en sus poemas enraizados en la misterios órficos. En ella se da una filosofía espiritualizada y una poesía filosofada, sin que se pierda la esencia de cada forma de reflexión -logos en el caso de la filosofía y “sueños y fantasmas” en el caso de la poesía-. Mas, tanto en una coyuntura como en la otra, María Zambrano demuestra que la palabra es la herramienta que tiene el hombre para evitar la soledad.

Hay muchísimos escritos sobre la obra de María Zambrano. Yo sólo pretendo reunir en esta entrada algunos de sus poemas. Tengo que reconocer que su poesía no es la parte de su obra que más me apasiona. Soy fan de sus ensayos, pero cada quien juzga según sus gustos.

En todo caso, son sus delirios y prosa poética otras formas de expresión de su pensamiento filosófico. Son sus versos otra manera de ahondar en su conciencia. Este hecho ya hace atractivos sus poemas, pues entramos, como siempre pasa con la poesía, en el mundo invisible dominado por las sensaciones.

Toda obra es hija de una idea sustentada en sensaciones. Toda obra es pensamiento revelado a través del encantamiento o de la lógica. Y en el proceso de expresión de un concepto, la palabra, generosa, se desdobla para ofrecerle a cada manifestación del pensamiento lo que le solicita.

“¿No será posible que algún día afortunado la poesía recoja todo lo que la filosofía sabe, todo lo que aprendió en su alejamiento y en su duda, para fijar lúcidamente y para todos su sueño?”, leemos en Filosofía y poesía. 

Amigos lectores, les dejo dos audios. En el primero, que da paso a los poemas, escucharán la versión musical que Amancio Prada hizo de Delirio incrédulo. En el segundo, que cierra esta entrada, oirán a Mara Romero Torres recitando tres fragmentos poéticos: Antes de la ocultación, Geografía de la aurora y La mirada.

Ilustro los poemas con obras de Joan Miró (1893-1983), pintor que María Zambrano mencionó en los artículos que sobre arte escribió; artículos, por cierto, publicados por Espasa Calpe bajo el título Algunos lugares de la pintura (1989). Para nuestra pensadora “todo arte es poesía o… no lo es”.

En el Agua ensimismada un verso dice: “¿piensa o sueña?”

POEMAS

Mujer, tallo, corazón, 1925.

DELIRIO INCRÉDULO

Bajo la flor, la rama;
sobre la flor, la estrella;
bajo la estrella, el viento.
¿Y más allá?
Más allá, ¿no recuerdas?, sólo la nada.
La nada, óyelo bien, mi alma:
duérmete, aduérmete en la nada.
Si pudiera, pero hundirme…

Ceniza de aquel fuego, oquedad,
agua espesa y amarga:
el llanto hecho sudor;
la sangre que, en su huida, se lleva la palabra.
Y la carga vacía de un corazón sin marcha.
¿De verdad es que no hay nada? Hay la nada.
Y que no lo recuerdes. Era tu gloria.

Más allá del recuerdo, en el olvido, escucha
en el soplo de tu aliento.
Mira en tu pupila misma dentro,
en ese fuego que te abrasa, luz y agua.

Mas no puedo.
Ojos y oídos son ventanas.
Perdido entre mí mismo, no puedo buscar nada;
no llego hasta la Nada.

El oro del azul, acrílico sobre lienzo, 1967.

EL TEMPLO Y SUS CAMINOS

Unas tinieblas que prometen y, a veces, amenazan abrirse. Y es difícil creer que quien recorre tal camino no se vea acometido por el temblor, un temblor casi paralizante. Es la luz de un viaje más bien extrahumano, que el hombre emprendía asomándose al lado de allá, a ese lado al cual se supuso, cada vez con mayor ligereza, que sólo se asoman los místicos. Es la luz que se vislumbra y la luz que acecha, la luz que hiere. La luz que acecha la inmensidad de un horizonte donde perderse parece inevitable, y que hiere con un rayo que despierta más allá de lo sostenible, llamando a la completa vigilia, esa donde la mente se incendiaría toda.

De La respuesta de la filosofía.

Escalera cruza el azul en rueda de fuego, acrílico sobre lienzo, 1953.

SI ESTA…

Si esta paloma se quema,
no es sólo en la zarza ardiente
sino bebiendo en una fuente
que corre entre la alhucema.
Fuente viva y con amor
que va hacia la noche oscura,
pero nace de la pura
claridad de un ancho frescor
de Misericordia que es llave
del mejor humano
y tierra y sol de su mies.
Y esta paloma en su vuelo
lleva un aire castellano
por lo universal del cielo.

Pintura, acrílico sobre lienzo, 1975.

QUE TODO SE APACIGÜE…

Que todo se apacigüe como una luz de aceite.
Como la mar si sonríe,
como tu rostro si de pronto olvidas.
Olvida porque yo he olvidado
ya todo. Nada sé.
Cerca de ti nada sé.
Nada sé bajo tu sombra, amarilla
simiente del árbol del olvido.
Y todo volverá a ser como antes.
Antes, cuando ni tú ni yo habíamos nacido.
Pero, ¿nacimos acaso?… O tal vez, no,
todavía no.
Nada, todavía nada. Nunca nada.
Somos presente sin pensamientos.
Labios sin suspiros, mar sin horizontes,
como una luz de aceite se ha extendido el olvido.

Mujer, pájaro, óleo y esmalte sintético sobre madera, 1975.

LA MUCHEDUMBRE

Hay muertos que no hacen ruido, llorona, y es más grande su penar.

Un no humano. Pero de la conciencia y no de la vida. Lo indiscernible, lo anónimo, sin cesar, incesante. Ruido de los pasos humanos, de los pies sobre la tierra, sobre el suelo, el peso del hombre, su mancha, su impureza.

Peso y conciencia.

Peso y ritmo.

Alas. Los ángeles grises.

El protagonista: apenas discernido. Unos leves trazos, no que lo diferencien, sino que lo hagan notar; uno, simplemente.

La muchedumbre reaparecerá siempre: muchedumbre sobre el asfalto, sobre el polvo, sobre el fango.

Laberinto del mirto y del laurel. La primavera.

La mancha roja, óleo y pastel sobre lienzo, 1925.

NI BRISA…

Ni brisa ni sombra.
¿Por qué, muerte, así te escondes?
Sal, salte, sácate de tu abismo,
escápate tú, ¿quién te retiene?
¿Por qué no borras con tu mirada el universo?
¿Por qué no deshaces las piedras
con tu sombra, con tu muerte, sólo con tu sombra,
con tu mano desnuda,
con tu rostro de estatua,
desnuda presencia a quien nada resiste?
Enseña, muestra tu cara a los mundos,
que ya no haya espacio,
ni cielos, ni viento, ni palabras.
Quiero hundirme en el silencio.

Letras y cifras atraídas por una chispa (V), acrílico sobre tela, 1968.

EL PUNTO

La Rosa
La Cruz que al mismo
tiempo se hace rosa
o
hace la Rosa.

Sentado desnudo sosteniendo una flor, óleo sobre lienzo, 1917.

LA LLAMA

Asistida por mi alma antigua, por mi alma primera al fin recobrada, y por tanto tiempo perdida. Ella, la perdidiza, al fin volvió por mí. Y entonces comprendí que ella había sido la enamorada. Y yo había pasado por la vida tan sólo de paso, lejana de mí misma. Y de ella venían las palabras sin dueño que todos bebían sin dejarme apenas nada a cambio. Yo era la voz de esa antigua alma. Y ella, a medida que consumaba su amor, allá donde yo no podía verla; me iba iniciando a través del dolor del abandono. Por eso nadie podía amarme mientras yo iba sabiendo del amor. Y yo misma tampoco amaba. Sólo una noche hasta el alba. Y allí quedé esperando. Me despertaba con la aurora, si es que había dormido. Y creía que ya había llegado, yo, ella, él… Salía el Sol y el día caía como una condena sobre mí. No, no todavía.

De La mirada.

Pintura, óleo sobre lienzo, 1925.

SOBRE EL AGUA OSCURA

Sobre el agua oscura
en una piragua,
el caimán debajo.
Sobre el agua turbia
en una piragua,
el caimán al lado.
Sobre el agua clara
en una piragua
la estrella en lo alto.
La estrella en lo alto,
la estrella en lo bajo,
en el agua clara
llamando, llamando.

Tres bolas, óleo sobre tela, 1972.

EL HACER

Hay que hacer el vaso vacío y puro y resistente, para que en él se haga el espíritu.
No hay que hacer el espíritu tal como en el Romanticismo algunos incurrieron.
No hay que hacer el espíritu, sino el vaso.
Ser vaso vacío y resistente hacia fuera,
sin forma hacia dentro.
No hay que hacer la forma.
No hay que hacerse espíritu.
No hay que darse forma -trascendente.
No hay que ser forma.

Sin título, lápiz, gouache y collage sobre papel, 1933.

EL AGUA ENSIMISMADA

Para Edison Simons

El agua ensimismada,
¿piensa o sueña?
El árbol que se inclina buscando sus raíces,
el horizonte,
ese fuego intocado,
¿se piensan o se sueñan?
El mármol fue ave alguna vez;
el oro llama;
el cristal, aire o lágrima.
¿Lloran su perdido aliento?
¿Acaso son memoria de sí mismos
y detenidos se contemplan ya para siempre?
Si tú me miras, ¿qué queda?

 


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