“Ah, el alma le fue cortada y cosida en la casa Dior”.

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“Una tarde, hace algunos años, en la redacción de un periódico habanero donde yo trabajaba, conocí a Belkis Cuza Malé. Aquella esbelta jovencita de lacia y larga cabellera venía de su provincia natal y traía bajo el brazo uno de sus primeros libros: El viento en la pared. He aquí un título que se me antoja premonitorio porque percibo la obra poética de Belkis, obra crecida ya y repartida en páginas insoslayables, como una ráfaga de viento golpeando un muro. Golpeando el muro multiforme y roñoso del “injusto tiempo humano” que la Historia –deidad inclemente creada por los hombres– interpuso en su camino de mujer, de ciudadana y de escritora. Quizás compartan conmigo esta percepción quienes aborden los siguientes poemas”.
Manuel Díaz Martínez


Nota: Acompaño los poemas con cuadros de la poeta, porque a Belkis Cuza el género de la pintura floral se le da muy bien.

NIÑEZ

Cuando fui una niña
salía a la calle
a soñar despierta,
jugaba a la rueda,
detestaba el parque,
me dormía sentada en la puerta.
Quería que el mundo
de verde, de tul,
de azul, de cerezas
tiñera, vistiera
su palidez muerta.
Me dolía que la gente
no quisiera
a los perros,
a los conejos,
a los gatos.
Los veía tiernos,
hambrientos,
juguetes humanos.
Y nadie quería
que los guardara en mi patio.
Ver lindas
alas de mariposas,
dejarlas volar,
dejarlas que jueguen
también con nosotras.
Coger florecillas
silvestres y raras.
¡Y pensar que ser niño
dura lo que una mañana!

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ASIMILO

Asimilo
el verbo conjugado
sin ser dicho.
No hace falta
trasplantarnos las uñas
de las manos
a la tierra,
para saber
que el marco de la puerta
forma un ángulo;
que los pies descalzos
andan sueltos;
ni que hace tiempo
mi espíritu se ha muerto
robando
granos de azúcar
a las moscas,
y ventilando situaciones
de cuidado.

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ESCRIBIRÉ

Escribiré
con letras grandes,
sin que la luz
que trae el día
me soborne.
Escribiré
en los pétalos
sensibles de las flores,
en la esperanza
latente de los hombres.
Con la musa
que encontré
en el pan de cada día,
con la aspereza
del que quiere escribir
y no tiene manos.
Escribiré…

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LAS CENICIENTAS

Somos las cenicientas.
El señor Botticelli pintó para nosotras
las tres hadas madrinas.
No somos inocentes.
El Príncipe nunca nos ha besado.
No hemos pisado su recámara,
ni lamido su vientre.
Vivimos en la cocina,
nuestra luna es el fuego.
Nuestros pies son enormes;
un largo baño no nos vendría mal.
Andamos con sayas rotas,
con las greñas al aire
y comemos pan duro.
No somos inocentes.
Por negritas, por feas y por putas
fuimos chifladas en el certamen de Miss Universo.
Pero gritamos (las deslenguadas)
¡merde! al culo del rey
y ¡merde! a sus ministros,
aunque ellos rabien con nuestra peste.

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LA PATRIA DE MI MADRE

Mi madre decía siempre
que la patria era cualquier sitio,
preferiblemente el sitio de la muerte.
Por eso compró la tierra más árida
y el paisaje más triste
y la yerba más seca,
y junto al árbol infeliz
comenzó a levantar su patria.
La construía a pedazos
(un día una pared, otro día el techo,
y, a ratos, huecos para dejar colar el aire).
Mi casa es mi patria -decía-
y yo la veía cerrar los ojos
como una muchacha llena de ilusión
mientras escogía, de nuevo, a tientas,
el sitio de la muerte.

COMPRO MUEBLES VIEJOS: SILLAS, CAMAS, BASTIDORES…

Los compradores de muebles viejos
a menudo olvidan el amor,
sustraen una cama o una silla
aprovechando que sus dueños se han mudado
para siempre,
que embarcaron con la vejez y la tarde,
que no tuvieron tiempo de decidir la suerte
de los objetos
y a última hora hubo que deshabitar la casa,
abandonar la felicidad de antes
y partir sin despedirse de la cocinera.
Los compradores de muebles viejos
borran el polvo,
cualquier mancha de aceite sobre la superficie
y hasta inventan una historia feliz
para el nuevo dueño:
“Aquí se sentada el Rey Midas”.
“En esta cama nació María Antonieta”.
Pero las huellas del antiguo cuerpo
no desaparecen nunca,
ni la fatalidad, ni la soberbia
y el nuevo propietario comienza a pensar
que él es el otro,
que todo lo que toca se convierte en sal y agua,
que su mujer ha perdido la cabeza
y que ya no hay modo de no morir como los otros.

MANIQUÍ

La envidio,
ella usa un vestido de dos piezas de Chanel,
una cartera de Gucci,
unos zapatos de Ferragamo.
La boca ríe con rojo de Estée Lauder
y Elizabeth Arden le delinea los ojos desafiantes.
De Ralph Lauren es el tatuaje de la piel,
y de Geoffrey Beene, las piernas.
Huela a Paloma Picasso, a agua de coco y a verbena,
no usa sostén,
pero el bikini es un diseño de Valentino.
Para el sol, cristales oscuros de la Loren.
Y a la hora de la verdad
nada como su Rolex con brillantes.
Ah, el alma le fue cortada y cosida en la casa Dior
sobre hermosos brocados persas.
Si no me quisiera tanto a mí misma
me gustaría ser ella,
la dama fea del perrito.

LOS FOTOGÉNICOS

Por las esquinas amarillentas de la hoja de papel,
se les ve caminar, desaparecer al doblar la página.
Habitan una isla en el trópico de la guerra,
una isla donde todos los vasos están rotos,
una isla a caballo.
Entran en los suburbios de la tarde
y en los hoteles de paso,
navegan en una cama de velas blancas,
mientras él canta y ella es un ruido más,
una ola debajo de la cama.
Mejor callarse y dejarlos que duerman
y dejarlos que vivan
y dejarlos que mueran.
Al pie de las fotos unas cuantas líneas
atestiguan el hecho:
ninguno está seguro del otro,
pero navegan,
navegan con la isla por todos los mares del mundo.

LA MUJER FATAL

Dedico este poema a la vida,
a sus vecinos, al panadero, al carnicero,
al bodeguero, a la primera, segunda y tercera
persona del singular, en el Presente de Indicativo.

¿Dónde vive ella? ¿Dónde está la mujer, dónde el marido?
Averiguo su paradero por trasmanos. No fue fácil.
Su madre le buscó esposo, le compró la felicidad
en un estanquillo como se compra una revista. Ella
es obra de la casualidad y de la vieja. Entonces,
prefirió la deshonra. Ahora calla. ¡Pobre!

Caballero, ¿usted sabe lo que es comerse un cable?
¿No? Pregúntele a ella.
El marido nunca afrontó la situación. Le embargaron
los muebles de la sala y paulatinamente se fue quedando
sola, ella y la soledad, ella y un único armario,
ella y los ganchos de pelo, ella y la araña del techo,
ella y el cortinaje florido de su pelo.
Ella, deshecha, postrado el rostro en la paciencia.

Yo viví en su barrio,
conozco la historia, la rebeldía y finalmente
el divorcio.
Ella tenía toda la razón.

EN EL MUSEO DE LA VIDA

¿Qué somos? ¿Dioses imperfectos
sometidos los unos a los otros? ¿Hombres ranas?
¿Muchedumbre? ¿Escoria?
¿Conquistadores gloriosos del presente?

Vivimos en el museo de la vida,
atravesamos salas y bastiones, mapas históricos
cagados por las auras. ¿Quién se atreve a minar
la tradición, viejo empeño de abuelas?

Pero yo no he vivido y esto huele a folklore.
Nada han visto mis ojos. Estas manos que acarician
los leones de piedra, rozan también la estatua de beduino
sin ser correspondidas.

¿No habrá sitio en el mundo
que no sea este viejo arsenal de chucherías,
este acabado caserón?

LAS MUJERES NO MUEREN EN LAS LÍNEAS DE FUEGO

Las mujeres no mueren en las líneas de fuego,
no ruedan sus cabezas como pelotas de golf,
no duermen bajo un bosque de pólvora,
no hacen ruinas el cielo,
no hay nieve que enfríe sus corazones.
Las mujeres no mueren en las líneas de fuego,
no expulsan el diablo de Jerusalem,
no vuelan acueductos, ni vías férreas,
no dominan el arte de la guerra,
ni el arte de la paz.
No llegan a generales,
ni a soldados desconocidos de piedra
en el centro de una plaza mayor.
Las mujeres no mueren en las líneas de fuego.
Son estatuas de sal en el Museo del Louvre,
madres como Fedra,
amantes de Enrique VIII,
Mataharis,
Evas de Perón,
reinas asesoradas por un Primer Ministro,
niñeras, cocineras, lavanderas
o poetisas románticas.
Las mujeres no hacen la Historia,
pero a los nueve meses la expulsan de su vientre
y luego duermen veinticuatro horas
como el soldado que regresa del frente.
fin


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