domingo , 18 febrero 2018
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Poetas religosas que, calzadas o descalzas, recorrieron el Siglo de Oro.

Soñadoras atrapadas entre gruesas paredes conventuales, celdas húmedas, frías, inhumanas. Matemáticas multiplicadoras de percepciones, constructoras de espejismos. Sor María, Sor Teresa, Sor Ana, Sor Hipólita, Sor Isabel, Sor Marcela…, hermanas, monjas, descalzas y calzadas, alumbradoras de sonetos y versos, de romances y glosas, ustedes son ¡poetas!

Mujeres en búsqueda del infinito donde el Amado espera -llegan, siempre llegan.

Soplan los ángeles sobre sus nucas, bendiciéndolas, correspondiendo a tanto tesón, a tanta insistencia, a tanta entrega.

Poetas que han superado las duras pruebas impuestas por inquisidores y superiores de roca viva y miras estrechas. Obligadas a la obediencia, a renegar de sus versos, marginadas, sin poder ocultar el temblor de unas manos que buscan desesperadas el tintero que se les ha negado.

Poetas,  ustedes se escapan por entre las celosías de las rejas en busca de Aquel que las inspira, que las sosiega, que las envuelve con su aliento cargado de quimeras.

Hermanas de fe, mujeres de antaño que siento amigas, poetas, caminantes calzadas o descalzas del Siglo de Oro, a nosotros han llegado sus poemas, testigos eternos de cómo el alma gana batallas y se hace con el cetro y se instala en el centro que tutela el pensamiento del que nace toda creación literaria.

La editorial Siruela, en su colección Libros del Tiempo, ha publicado LAS PRIMERAS POETISAS EN LENGUA CASTELLANA. La edición está a cargo de Clara Janés. Rescato algunos poemas para dejarlos aquí con la intención de despertar en ti el deseo de ir en busca de tan bello libro, hermoso por su contenido y por su cuidada impresión.

La Antología agrupa poemas de mujeres religiosas y seculares, así como una pequeña ficha biográfica de las poetas. He seleccionado, para engatusarte, algunas de las poesías que fueron escritas en las celdas vacías de objetos donde el espíritu anida. Para descubrir las que fueron pensadas en la intimidad de una habitación señorial, que custodió amores deseados, y a veces no logrados, tendrás que, al menos, curiosear el libro.

Ilumino los poemas con una vela encendida.

OCTAVA
Santa Teresa de Jesús
(1515-1582)

Dichoso el corazón enamorado
que en solo Dios ha puesto el pensamiento
por Él renuncia todo lo criado,
y en Él halla su gloria y su contento.
Aún de sí mismo vive descuidado,
porque en su Dios está todo su intento,
y así alegre pasa y muy gozoso
las ondas de este mar tempestuoso.

EL REY DE REYES
Sor Ana de Jesús
(1545-1621)

Mirad al Rey de los reyes
que por hacernos señores
se sujeta a nuestras leyes
y se carga de dolores.

¿Quién habrá que viendo esto
en su Dios y criador,
no se deshaga a sí mismo
y tome por ocasión
negar todos sus quereres
y dar gusto a este Señor,
que, siendo Rey de los reyes,
le sujetó nuestro amor?

Sujetóse de manera
en su nacer y morir
y en el modo de vivir,
que no se puede imitar;
sino sólo procurar
cumplir con amor sus leyes,
confesando que sin fin
es él el Rey de los reyes.

 ANSIAS DE AMOR
Sor María de San José
(1548-1603)

Por las calles y plazas voceando,
buscando te he andado, Amado mío;
mil días han pasado, y no hallando,
con dolorosas ansias a ti envío
mil suspiros, y a todos conjurando,
cada cual me arroja y da desvío;
vuelvo con triste llanto y cruda pena
a soltar al dolor copiosa vena.

Tornen los ojos al continuo llanto,
torne el gemido, torne la tristeza,
cubra el cielo su lustroso manto
y todo se me vuelva en aspereza,
y nada me sustente, ni vea cuanto
cobija el firmamento y su riqueza,
que mientras no tuviere luz preciosa,
la que alumbra a los otros me es odiosa.

El caos confuso oscuro otra vez sea,
que para mí yo doy carta de horro
a todo lo criado, y nada sea
en mi favor, provecho, ni socorro;
hasta que aquel que ama mi alma vea,
en nada paro y con deseo corro
al fin donde me llevan mis deseos,
huyendo de tropiezos y rodeos.

Y porque nada estorbe mi destino,
ni me impida ninguna criatura,
a todos doy repudio, y sé que atino,
porque sin ti, mi Dios, todo es locura,
y quien en esto para, va sin tino,
buscando eterna muerte y desventura;
vaya lejos de mí lo que es dañoso,
y aun para vivir lo provechoso.

Lejos vaya de mí todo contento,
afuera tierra y afuera suelo,
que sin Dios nada soy ni llevo intento
admitir el más mínimo consuelo;
si algo he de admitir, es el tormento,
ansias, penas que dáis y desconsuelo;
que esta medicina a mi dolencia
sana, y della tengo ya experiencia.

No hay agua más preciada al sediento,
ni manjar más sabroso al sin hastío,
ni sombra do descanse el sin aliento
de la furia del sol en el estío;
ni tesoro escondido al avariento,
ni al ambicioso el mando y señorío
que más gustoso sea y agradable,
que a mi alma es la pena dulce, amable.

Y porque no me falte, determino
hacer un desafío a sangre y fuego
a aquestos tres tiranos que el camino
impiden al que busca con sosiego
sólo lo celestial y lo divino;
al que mi alma busca pido y ruego
que crezca y nunca cese aquesta guerra,
ni ya más tenga yo paz en la tierra.

¡Oh, mundo crudo, desleal, insano!,
huir quiero de ti y de quien te sigue,
pues tu trato perverso e inhumano,
a aquel que más te ama más persigue.
Dichoso es aquel que da de mano
a aquesta bestia fiera, que prosigue
en ser siempre contrario y enemigo,
pues hará menos mal que siendo amigo.

Mas ¿para qué me acuerdo de que hay cosa
que bien ni mal me haga en este suelo,
pues sola su memoria aun es dañosa?
Cubrir quiero mi rostro, y puesto velo
a todo lo criado, como esposa
de aquel eterno Rey de tierra y cielo,
prosiga el lamentar ya comenzado,
no cese el penar, pues no le he hallado.

¡Ay, ay, Amado mío! ¿Qué te has hecho?
¿No te duele el clamor de mi gemido,
viendo mi corazón por ti deshecho,
y siendo tú la causa, que has herido
con un terrible golpe el tierno pecho?
¿Por qué huyes de mí y te has escondido?
Respóndeme, Señor y dulce Padre,
Esposo, Hermano, Amigo y cara Madre.

Que gustas ver penar a quien te ama
con un amor más duro que el infierno,
más que la muerte fuerte, ardiente llama,
que resuelves el alma en llanto tierno:
¿por qué no respondes, di, a quien te llama,
y das fin a tan cruel invierno?
Si no socorres presto, consumida
será en breve la flaca y triste vida.

Viva me enterraré por darte gusto,
y poder con silencio contemplarte,
que por gozar de ti el trabajo es gusto,
y al infierno iré si allá he de hallarte:
ni hambre, ni trabajo, ni disgusto
de ti me apartará, ni será parte
la infernal canalla a persuadirme
y de lo comenzado a disuadirme.

Morir quiero y me ofrezco a la partida,
y a todo lo visible doy de mano,
y quiero, mi Señor, ser despedida
por ti de cuanto tiene el ser humano:
el gusto y el consuelo y propia vida,
memoria y voluntad pongo en tu mano,
cuerpo, alma, sentidos, ser y gloria:
con tu favor espero la victoria.

Suplico, mi Señor, a tu clemencia,
por tus entrañas tiernas, regaladas,
asista a aqueste acto tu clemencia
notando las postreras boqueadas;
pues sin tu favorable asistencia
nuestras obras son bajas, desechadas,
¿qué puede hacer la humana criatura,
si el Hacedor no esfuerza su hechura?

Con estas tres postreras hago fin,
y entro en el sepulcro de mi grado:
la primera, obediencia: con tal fin
de resignarme en manos del prelado
aunque no sea tal cual serafín,
antes riguroso y desgraciado;
por no seguir la antigua inobediencia,
me sujeto a la ajena providencia.

Las otras dos que menos son penosas,
a la observancia de ellas yo me entrego:
pobreza, castidad, piedras preciosas
de propiedad contra el eterno fuego;
libre será de penas tenebrosas
y vivirá contento con sosiego
aquel que en caridad las engastare
y a tu misericordia invocare.

Y para estar de todo satisfecha,
resta, mi dulce Amado, que te vea
que con esta esperanza en vida estrecha
el alma se regala y se recrea;
pero si mucho tardas, es deshecha
con mil dudas aquella que desea
ver de tu dulce amor alguna prenda;
da medio, Amado mío, que esto entienda.

Suene ya tu voz en mis oídos,
y como a Lázaro di que salga fuera
y en los tuyos se oigan mis gemidos;
muestra tu claro rostro más que espera,
acaba ya, Señor, sean concedidos
mis ruegos, que no es justo que el que espera
en ti, sea defraudada su esperanza,
pues el que en ti esperó todo lo alcanza.

SONETO A SANTA TERESA DE JESÚS
Sor Isabel de San Francisco

Fue tan feliz, Teresa, vuestra suerte,
que el Dios de amor, de vuestro amor prendado,
la mano os viene a dar de desposado,
queriendo unirse en vos con lazo fuerte.

Y como bienes de sus manos vierte,
tanto bien deste bien os ha tocado,
que en vos de Cristo se hallará el traslado,
pues fuistes toda amor en vida y muerte.

Y para más honraros, Virgen Santa,
cuando su clavo os da, prenda preciosa,
os manda que celéis su honor divino.

¿Quién de tan gran prodigio no se espanta
y de cuán bien seguís la empresa honrosa,
pues otro Elías en vos al mundo vino?

ROMANCE
Sor María de Santa Isabel
(¿?-1647)

Al postrero parasismo
con que fenece la noche,
la aurora bosteza luces,
la selva respira olores.

Despierta el pájaro amante
explicando en sus redobles
finezas de amor, que sirven
de reclamo a su consorte.

Lozano se mira el lirio
galán de todas las flores,
que en la de su amor librea
perfiles de oro interpone.

Los alhelíes dan muestra
y equivocando colores,
lisonjero a los sentidos
bello ejército disponen.

La rosa, que manso viento
del verde botón descoge,
pródiga dispensa al día
fragantes adulaciones.

Mosqueta, del desaliño
gala haciendo a sus primores,
mariposa del sol muere,
cándido aroma del monte.

Todo en el mayo se alegra;
solo a mis tristes pasiones
no hay medio que las alivie
ni alivio que las minore.

VILLANCICO A LA PROFESIÓN DE LA HERMANA ISABEL DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO
Sor Marcela de San Félix
(1605-1688)

No pudo Amor
hacer tu dicha mayor.

Hoy que al más dichoso lazo
el alma, Isabel, ofreces,
y de tu Esposo mereces
el dulce mental abrazo,
y a su divino regazo
entregas tu hermoso abril,
pues para lograr gentil
tanta repetida flor,
no pudo Amor
hacer tu dicha mayor,

más nobleza has adquirido,
pues con ilustre renombre,
de su dulcísimo nombre
te vales para apellido.
El favor que has conseguido
no es de mano temporal,
y así con afecto igual
eterno será el favor,
que no pudo Amor
hacer tu dicha mayor.

Esa bella juventud
que a tu Esposo has consagrado,
aseguras en su agrado
no menos que la quietud.
El dote de la virtud
te hizo de tan buena estrella,
pues para con Él es ella
la prenda de más valor,
no pudo Amor
hacer tu dicha mayor.

A tu entendimiento unida
tu fortuna corresponde,
pues quien a Dios le responde
sin duda es bien entendida;
de los riesgos de la vida
tu discurso te previno
y la elección del camino
fue de tu ingenio primor,
que no pudo Amor
hacer tu dicha mayor.

Liberal de tus riquezas
con tu Esposo procediste;
cuerda diligencia hiciste
para lucir la pobreza;
a pesar de la belleza
sus aliños moderaste
y con ánimo dejaste
todo su ambicioso error,
que no pudo Amor
hacer tu dicha mayor.

Vive, pues, enamorada
de quien lo merece tanto
¡Oh, bella Isabel!, en cuanto
dure esta breve jornada,
y pues que ya asegurada
de los humanos desvelos
de todo el sol de los cielos
atiendes al resplandor,
que no pudo Amor
hacer tu dicha mayor.


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