PONITO Y LOS SIETE CABALLOS NEGROS

«¿Por qué será que, a veces, hay flores en la yerba?»

Pestaña Blanca, Cordón Corrido y Casco Blanco, fotografía, Gabriela Díaz Gronlier.

Vive en Cuba, en La Habana, una cuentacuentos que dedica sus días a escribir y a representar historias con moralejas que hacen a los niños reír y pensar. Marta Díaz Farré, más conocida por Rirri, dirige, junto a su hermana Jacqueline Arenal, un grupo de teatro infantil llamado Okantomí. Okantomí lleva cuarenta y cinco años sobre las tablas y fue fundado por Pedro Valdés Piña, quien continúa siendo su director general.

¡Oh…!, pero la entrada de hoy no trata sobre el grupo infantil. Hoy deseo compartir con ustedes un relato que está inspirado en los equinos que aparecen ilustrándolo.

Ponito y los siete caballos negros es una narración escrita por Rirri y tiene su origen en Cantabria, sitio a donde fui a pasar el invierno y donde pastan los protagonistas del cuento.

Un día aparecieron en lo alto de una colina, que diviso desde la ventana de mi estudio, siete equinos que, desde la distancia, me parecieron muy oscuros —luego resultó que eran cobrizos, pero eso da igual para esta historia—. Se lo conté a mi amiga. Le dije: «Rirri, qué sorpresa la de hoy. Pacen en lo alto una familia de potros, azabaches como la noche sin luna. Esta tarde iré a llevarles zanahorias».

Eso bastó para inspirar la fantasía de Marta Díaz Farré, quien nos regala esta historia de solidaridad, amistad y respeto, donde la rivalidad y los celos, por ser parte de la vida, también tienen su lugar. 

Ponito y los siete caballos negros, el cuento que leerás a continuación y que recomiendo para niños lectores, es, sobre todo, un canto a la libertad. 

*

PONITO Y LOS SIETE CABALLOS NEGROS

«Para Gaby, que vio los siete caballos negros desde su ventana».

Ponito, fotografía, Gabriela Díaz Gronlier.

Había una vez siete caballos negros que nacieron en cautiverio. Pastaban en unos potreros donde no faltaba la yerba y eran bastante felices porque no conocían otra cosa. Siempre andaban juntos, sin interesarse por los otros caballos que, a veces, llegaban de alguna parte y, al poco tiempo, se iban a no se sabe dónde. Sólo una vez se encariñaron con un pequeñito, al que le decían Ponito. A Ponito le dio por seguirlos, haciendo muchas preguntas:

—¿Ustedes son familia?

—Claro, ¿no lo ves? —le contestaban, un poco impacientes, y se iban para otro lado del potrero; pero Ponito se acercaba con descaro y seguía como si nada:

—Están buenas estas yerbas aquí… ¿Creen que lloverá? ¿Quieren saber una cosa…?

—¿Qué cosa? —relinchó el jefe de la manada, que estaba un poco obstinado pero picado por la curiosidad.

—Cuando llueve salen colores en el cielo —los caballos estaban ahora muy molestos:

—¿Cómo puedes ver el cielo si tienes la cabeza puesta para mirar hacia abajo?

—Porque cuando era chiquito mi niñita me cargaba con las paticas para arriba; pero, igual, si se acuestan boca arriba pueden mirar el cielo.

—¿Boca arriba? ¡Eso no es digno! —dijo el jefe.

—¿Y si no se acuestan boca arriba cómo pueden rascarse la espalda?

Los siete se apartaron un poco para conferenciar.

—¿Cómo será eso de rascarse la espalda y mirar al cielo? —indagó el potro que tenía un cordón corrido en la frente.

—Eso es fácil de averiguar —dijo la única hembra y, enseguida, se tiró al suelo y se revolcó un poco.

—Es muy agradable, aunque no ha llovido —comentó ella—. Lo que quisiera saber es qué cosa es una niñita.

Solamente eran negros por completo Única Hembra y Jefe de Manada, todos los otros tenían un detalle blanco. No se distinguían de lejos, pero había un Cordón Corrido, un Pestaña Blanca, un Casco Blanco, un Lucerito y un Cola de Luna.

Al día siguiente, Única Hembra y Pestaña Blanca, que la seguía en todo, hicieron un aparte con Ponito y le preguntaron:

—¿Qué cosa es una niña?

—Una niña es una hembrita de los seres humanos. Yo tenía una que me cargaba y me daba zanahorias. Cuando crecí —continuó— era yo quien la cargaba a ella.

—¿Dices que creciste? Y…, ¿qué es una zanahoria? —quiso saber Pestaña Blanca.

Única Hembra preguntó: ¿Dónde está tu niñita?

Ponito, sin tomar en cuenta a Pestaña Blanca, le contestó a Única Hembra:

—No lo sé, ojalá lo supiera. Ella lloró mucho cuando nos separaron.

—¿Y qué me dices de la zanahoria? —insistió Pestaña Blanca.

—Mira, Pestañoso, SI CRECÍ; pero la niña creció más que yo y ya no la podía cargar. Me dolían las paticas y se me doblaban con su peso. Entonces dijeron que yo padecía «artristi» y… me dejaron aquí.

—¡Qué palabra tan fea! ¿Qué quiere decir? —preguntó Única Hembra.

—Creo que es el final de llorar y el principio de tristísimo.

—¡Cómo tú sabes! —dijeron los dos a la vez y, enseguida, lo invitaron a ser profesor de la manada.

Ponito, que era bastante instruido, empezó a enseñarles muchas cosas sobre los seres humanos y sobre las zanahorias. Quedó claro que las zanahorias eran siempre dulces, jugosas, crujientes, anaranjadas y maravillosas. ¡Oh…!, pero los seres humanos eran muy difíciles de catalogar. No todos actuaban de la misma manera y muchas veces hacían cosas incomprensibles.

Cada uno de los siete potros negros tenía una «caballolidad» diferente: Jefe de Manada era fogoso y audaz, guía y protector de los suyos; aunque en ocasiones era algo convencional y un poquito dominante. Única Hembra era bondadosa y comprensiva, le gustaba experimentar y, sin ser frívola, sentía pasión por todo lo nuevo.

Pestaña Blanca, el más joven de la manada, estaba muy unido a ella. Era curioso, algo indiscreto y, a veces y por descubrir algo, se metía en problemas. Cordón Corrido, el más viejo, era muy reflexivo. Ponía en duda lo más evidente y sacaba conclusiones que podían parecer disparatadas.

Casco Blanco tenía un don para las matemáticas. Contaba, dando con su casco en el suelo, hasta el número siete. Cuando conoció a Ponito aprendió, él solo, a contar hasta ocho. Lucerito y Cola de Luna eran gemelos y les encantaba jugar. Lucerito risueño y Cola de Luna melancólico; Cola de Luna enamorado y Lucerito soñador; Lucerito clarividente y Cola de Luna sensible. Estaban dispuestos a travesear en todo momento.

Una mañana amaneció la yerba salpicada con mil florecitas. Pestaña Blanca iba metiendo la nariz en todas, hasta que lo picaron las abejas.

—Llégate al charco y restriega la boca en el lodo; eso alivia —lo aconsejó Ponito.

—Ese caballo no aprende. ¿Qué hacía oliendo las flores? —relinchó el jefe.

—No tiene nada de malo —respondió la hembra—. Sabe apreciar lo que es bueno. Yo misma me comí hoy varias flores, claro, de las que no tienen insectos; y también probé las hojas de menta… ¡dan un frescor en la lengua…!

—¿Por qué será que, a veces, hay flores en la yerba? —se preguntó Cordón Corrido.

—Es porque, a veces, es primavera —contestó Ponito.

—Entonces ahora es primavera —dedujo Cordón Corrido— y cuando es primavera llega la feria donde venden ganados.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Jefe de Manada.

—Lo dijeron unos gitanitos que pasaban por aquí.

—¡He dicho que no hay que acercarse a los gitanos! —resopló el jefe—. Explícame, Cordón Corrido, ¿quiénes son esos ganados?

—¿Los ganados? —dijo, categórico, Ponito—, los ganados… ¡somos nosotros!

II

Lucerito y Cola de Luna, fotografía Gabriela Díaz Gronlier.

Los caballos pararon las orejas. No lo querían creer. Casco Blanco empezó a contar dando en el suelo una y otra vez.

—Para ya, Casco Blanco, me enervas —suplicó Cola de Luna.

—¡Para ya! —relinchó Lucerito, triscando como una cabra.

—¡Atiendan aquí! —pidió Casco Blanco—. Ayer había 2 veces 8 caballos y 1 vez 5 caballos en aquel potrero. Hoy sólo quedan 6 caballos. ¿A dónde fueron?

—¿Estás seguro? ¿Contaste bien? —preguntó Jefe de Manada.

—Me consta —aseguró Casco Blanco.

—Propongo que yo y Cola de Luna saltemos la cerca y bajemos al pueblo para investigar.

Era Lucerito el que hablaba, y salió a relucir que él y Cola de Luna habían saltado la cerca varias veces para ir a ver a las yeguas al campamento gitano. Eso enfureció mucho al jefe, pero, teniendo en cuenta el peligro del momento, no llegó a desbocarse y les dio permiso para bajar al pueblo, tan pronto cayera la noche.

Estaba oscuro, sólo se distinguían la manchita de Lucerito y las hebras plateadas de Cola de Luna, que cabalgaba en la noche. Los hermanos bajaron al pueblo, pero antes pasaron por el campamento gitano para ver a Lindaraja, la yegua pelirroja.

—Es verdad —informó Lindaraja—, hay una feria en el poblado. Yerú se compró una vaca hoy, la que tenía ya no podía parir más y la mató para comérsela.

—¡¿Se comen a las vacas?! —chilló Cola de Luna.

—¡Cállate!, que todavía vas a despertar a Yerú —manifestó Lindaraja—. Se comen a las vacas y a los caballos también, cuando están viejos. A mí me compraron en una feria cuando era pequeñita y me separaron de mi mamá. Yo todavía mamaba y esa vaca que mataron me acabó de criar.

—Vámonos, me siento mal —pidió Cola de Luna.

—No, todavía tenemos que ir al pueblo —contestó Lucero, que de pronto había dejado de ser adolescente.

Antes del amanecer regresaron los potros. Cola de Luna sudaba y Lucero echaba espuma por la boca. Contaron lo que vieron en la feria: animales hacinados y temerosos esperando que los vendieran como esclavos. Allí estaban, también, los caballos que faltaban en el potrero.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Única Hembra.

—¡Vámonos de aquí! —exclamó Jefe de Manada.

—Pero…, ¿qué vamos a comer cuando se acabe la yerba? Es el hombre el que nos trae el heno y nos pone agua cuando se seca la charca —razonó Cordón Corrido—. Y si hace frío, ¿dónde nos vamos a refugiar? Perderemos el establo y es ¡tan acogedor!

—Si nos separan ya no tendremos familia —se lamentó Lucero—. Seremos esclavos del hombre, que nos explotará toda la vida y acabará matándonos cuando estemos viejos o enfermos.

—Entonces… hay que irse —afirmó la mayoría—. Pero… ¿cómo?

Jefe de Manada, dijo: —Ya veremos.

Ese día llovió y todos, menos el jefe, se acostaron boca arriba.

—¡Hay siete colores! —informó Casco Blanco, que ya contaba de memoria.

—¡Siete potencias, siete colores, siete lunas y siete soles! —trató de cantar Ponito, imitando a su niña.

—¿Qué burrada es esa? —preguntó Pestaña Blanca.

—Ninguna burrada, es una canción humana —replicó Ponito, muy ofendido.

Pestaña Blanca estaba celoso de Ponito, porque Única Hembra lo quería mucho.

—Nosotros también somos siete —continuó Casco Blanco.

—Hay siete de todo lo importante, lo dice la canción —explicó Ponito.

—Entonces soy más que tú —concluyó Pestaña Blanca.

—¿Quién te dijo, Pestañoso? También hay siete enanos de Blanca Nieves.

Y Pestaña Blanca aprovechó la ocasión para burlarse:

—¡Ponito sietenaaanos! ¡Ponito sietenaaanos! ¡Ponito sietenaaanos!… —así, hasta que Única Hembra le tuvo que soltar una coz.

—¡Déjense de verracadas! —ordenó el jefe—. ¡A ponerse todos de pie!

—Ser siete no es nada definitivo —razonó Cordón Corrido—, porque si se va uno ya no son siete y si llega otro ya no son siete.

—Siete es siete; ni uno más, ni uno menos. Nosotros somos SIETE —relinchó Cordón Corrido.

—Siete vidas, siete mares, siete maravillas y siete ciudades. Siete notas musicales, siete cielos y pecados capitales… —siguió cantando Ponito.

—¿Qué son pecados capitales? —quiso saber Cordón Corrido.

—Eso sí que no lo sé, son cosas de los humanos —contestó Ponito.

III

Jefe de Manada, fotografía, Gabriela Díaz Gronlier.

Lindaraja estaba bañándose en el río con Bienvenida cuando llegó Malpensada, que había ido a cabalgar con Yerú. Las yeguas podían andar sueltas, porque eran dóciles y nunca intentaban escapar. Malpensada les contó que oyó decir que al día siguiente iban a llevar a los siete potros negros a la feria para vendérselos a un domador de caballos.

—Por favor, Bienvenida, llégate de un saltico al potrero y advierte a los muchachos —pidió Lindaraja, erizando la crin.

Así lo hizo Bienvenida y los caballos, alarmados, se reunieron para conferenciar.

—No hay que pensarlo más —alegó el jefe—, si Cola de Flor y Lucero pueden, entonces todos podemos saltar la cerca del establo.

—No todos —advirtió Única Hembra—. Ponito no puede.

—Pero a Ponito no lo van a vender para domarlo —respondió Pestaña Blanca.

—No soy Cola de Flor, sino Cola de Luna; no se equivoquen —se quejó el gemelo.

—Rectifico, si Cola de Luna y Lucero pueden, todos, menos Ponito, lograremos saltar la cerca del potrero.

—Sin Ponito no me muevo de aquí —avisó Única Hembra—. No lo van a vender para domarlo, pero… ¿qué hacen los hombres con los caballos que tienen «artristi»? —nadie respondió. Era evidente que no podían dejarlo.

—No se preocupen, mi niña me enseñó un truco: sé hacerme el muerto. Cuando se marchen me tiraré al suelo y no me moveré. Y cuando me saquen para enterrarme saldré corriendo y me reuniré con ustedes —manifestó Ponito.

—¿A dónde iremos? —preguntaron al jefe.

Ponito, rápidamente, dijo:

—Esta noche túmbense boca arriba, que les mostraré un camino.

Esa noche todos los potros negros se tumbaron en el suelo, con las patas hacia arriba.

—¡Qué belleza —dijo Cola de Luna—, el cielo está lleno de luces!

—Se llaman estrellas —les instruyó Ponito—. ¿Ven un carrito chiquito formado por las estrellas?

—Lo veo, hay un carro pequeño y otro grande. Los dos tienen siete estrellas —afirmó Casco Blanco.

—Pues si seguimos el astro más brillante del carro chiquito llegaremos a donde vamos.

—¿Y dónde vamos?

—No lo sé, pero la estrella brillante sabe.

—Otra cosa —precisó Casco Blanco—, si Ponito va con nosotros ya no seremos siete, ya no seremos importantes.

—También hay cosas importantes con el ocho —declaró Única Hembra—, como los ocho huevos que puso la gallina «la jabá» y el bizcocho que se guarda para mañana a las ocho…

—Bueno, bueno, no pierdan tiempo —dijo Ponito—. Es ahora o nunca.

Los siete caballos cogieron impulso, saltaron la cerca y se fueron a galope tendido. Cuando vivía en la casa de la niña, Ponito oyó decir que la estrella brillante guiaba a las personas al lugar donde iban y pensó que se trataba de una estrella mágica, así que atendió mucho a las clases que recibía la pequeña y aprendió a encontrar la estrella en el cielo, por si un día le hacía falta.

Por la mañana temprano Ponito se tiró en la yerba y se puso tieso, pero no lo notaron. Todo el revuelo se armó por la desaparición de los potros negros, llegando los hombres a pensar que se los habían robado los gitanos. Mientras tanto, Ponito permaneció en el suelo sin moverse, con el sol dándole en el morrito y en los ojos cerrados. Por fin los hombres se fueron, sin ni siquiera mirarlo y dejando abierta la puerta del potrero.

Ponito se levantó con dolor en todo su cuerpito, herido en su amor propio, tan aturdido que equivocó el camino y por poco llega al campamento gitano. Por suerte chocó con Lindaraja, Bienvenida y Malpensada, que corrían desatinadas y seguidas por las otras yeguas.

—Cuidado, no vaya a ser que te vean, Ponito. La policía está en el campamento y se han llevado presos a los zíngaros.

Así dijo Lindaraja, con las crines rojas al viento, y Ponito le pidió que se calmara, que cuando llegara la noche iban a seguir a la estrella brillante para reunirse con los caballos negros.

Viajaron de noche y descansaron de día durante mucho tiempo, hasta que una vez, en que estaban tomando agua de un río, vieron en la otra orilla siete siluetas negras en contraste con la tarde anaranjada. Los caballos se saludaron efusivos y casi tumban a Ponito.

—¡Cuidado conmigo, Cola de Nube!

—Que no soy Cola de Nube, que soy ¡Cola de Luna!

—Como quiera que se llame tu cola… ¡es bien bonita! —afirmó una yegua llamada Campanilla, que era bien coqueta.

Los potros estaban encantados con las yeguas gitanas y Única Hembra saltaba de alegría alrededor de Ponito. La estrella los guio hasta una montaña mágica, donde crecían suculentas yerbas y corría el agua dulce de los manantiales todos los días del año. También había abrigadas cuevas para resguardarse y, por si fuera poco, se daban allí, en abundancia, deliciosas zanahorias silvestres.

Los gitanos pensaron que la policía se había quedado con sus yeguas, mientras la policía estaba segura de que los gitanos se habían robado los caballos, así que nunca los buscaron. Y todavía viven en la montaña mágica los siete caballos negros, Ponito, las yeguas y sus descendientes.

Marta Díaz Farré —Rirri.

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