“El pueblo que caminaba entre tinieblas divisó una gran luz”.
Isaías (Cap.9,1).

Desde muy pequeñito tuvo que escuchar cómo los del pueblo lo afeaban echándole en cara que no tenía dones para nada. Don Nadie lo llamaban, le gritaban torpe, y él se refugiaba en el viejo castaño del patio, porque las vistas del prado lo tranquilizaban.

La sombra protectora del árbol, que se hacía cada día más grande, fue testigo del paso del tiempo por su amigo el niño, ahora un joven alto y delgado, de pelo emplumado, mirada soñadora y nariz de pájaro.

Una tarde otoñal, estando sentado bajo el castaño, el joven divisó, entre la grisura del cielo, un objeto luminoso que parpadeaba inquieto.

Al chico le llevó un buen tiempo comprender que eran señales dirigidas a él, a él que no tenía dones que ofrecer. Fue tan fuerte la impresión que le causó saberse reclamado, saberse objeto de atención, que decidió instalarse, definitivamente, a los pies del árbol. No comentó con nadie su decisión, tampoco su hallazgo. Se sentía importante con su nueva misión: mirar hacia el cielo fijamente, hasta hacer realidad su sueño de hallar un amor.

Los vecinos del barrio, en su ir y venir, se habían olvidado de fantasear. No soñaban. Andaban con la cabeza gacha, los hombros caídos y muy concentrados en sus quehaceres rutinarios. Además, ya se habían acostumbrado a ver al joven viviendo debajo del castaño, así que pasaban silbando por su lado sin siquiera mirarlo.

Pero dos días antes de Navidad cayó una gran nevada que dejó los tejados de las casas, los caminos y los campos vestidos de blanco. Los familiares del joven fueron a buscarlo y descubrieron que el árbol estaba deshabitado.

-¡Don Nadie ha desaparecido! -gritaban alarmados.

El pueblo se reunió en pequeños grupos y comenzaron a rastrear las lomas y los descampados, mas del muchacho no había ni rastro.

-¡Mirad al cielo! -manifestó con viveza un niño que, intentando descubrir la Estrella de Reyes, reveló el misterio.

Desde la ventana de un platillo volador, el joven y su amada saludaban. Copitos de nieve aumentaban el brillo de sus miradas.

¡Qué espectáculo tan hermoso se descubría ante los incrédulos ojos de aquellos que afirmaban, zahiriendo, que había almas a las que Dios dones no regalaba!

Ilustraciones de Margaret Tarrant.


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