“¿Existe el mundo? ¿Más allá de esta celda existe algo?”
Rafael Alcides

Manuel Díaz Martínez (izquierda) y Rafael Alcides Pérez.

Todo cubano crecido en su isla conoce el alcance que tiene el verbo resolver en todas sus manifestaciones: resuelvo, resuelto, resolvemos, resolviendo…

El poder que posee este verbo para el hombre de a pie en Cuba está indisolublemente ligado a la revolución socialista; y las repercusiones que tiene para un cubano el haber resuelto o no el día marca la diferencia entre la pesadilla y la buena vida. El verbo resolver, en Cuba, goza de poderes sobrenaturales, pues han pasado sesenta años desde aquel 1 de enero de 1959 y aún sigue subyugando a las masas. Es una palabra, además, que permite “inventar en el aire”.

Resolver es un claro ejemplo de que no existe palabra que sea invisible.

Me preguntarás: ¿Y que qué tiene que ver con la poesía de Rafael Alcides Pérez el verbo resolver? Y te responderé: Pues para mí, cubana amamantada mientras se iba resolviendo, tiene mucho que ver. Para mí, resolver es la palabra, el verbo, la frase necesaria para descodificar la obra de este poeta nuestro.

Alcides poetiza el universo que alimenta al orisha Resolver, penetra en él y nos lo sirve en versos dándole al todopoderoso un significado que va más allá del asignado por la Real Academia de la Lengua -solucionar problemas, tomar determinaciones forman parte de la vida de todo ser humano, aunque en nuestra isla los asuntos cotidianos alcanzan dimensiones paranormales-. Alcides recrea el verbo resolver y le abre caminos proporcionándole un sitio en la mística cubana. El orisha consigue convertirse, gracias a Alcides, en un estado de ánimo.

Rafael Alcides Pérez (1933-2018), el hombre de voz profunda y bonita, y Manuel Díaz Martínez, el poeta amigo de salpimentar sus historias con finas ironías (1936), pertenecen a la Generación del 50 o Primera Generación Poética de la Revolución.

Manuel Díaz Martínez y Rafael Alcides Pérez, además de ser poetas representativos de nuestra tierra, fueron buenos amigos -“en el comienzo, en la duración y en el fin”, como decía Madame Lambert-. Por eso acompaño los poemas con un texto breve del autor de El país de Ofelia, quien, por cierto, suele citar un aforismo de Baltasar Gracián que dice que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. En Rafael Alcides y el hombre común, Díaz Martínez opina sobre la obra de Alcides y traza los códigos e ideales compartidos por los poetas de su generación.

Hazte sabueso y rastrea los poemas contados, la autobiografía versada de Alcides Pérez que hallarás a continuación del texto de Díaz Martínez. Hazlo y ya verás cómo leyendo irás resolviendo; es decir, irás comprendiendo al poeta dentro del círculo trazado por el poderoso verbo.

Resolver, Dios Omnipotente que decide el destino de todo cubano atrapado en las fauces del verde caimán.

RAFAEL ALCIDES Y EL HOMBRE COMÚN
Manuel Díaz Martínez

Nos dice Seamus Heaney en una evocación del recién fallecido Czeslaw Milosz que para este la poesía debía “descender de su elevada posición ventajosa para arrastrarse entre los nómadas del valle”. Nos dice asimismo que el gran poeta polaco -partícipe en el derribo del totalitarismo en su país- consideraba necesaria “una conciencia de la trivialidad y las tribulaciones de la vida de los demás para humanizar el canto”. En consecuencia, Milosz postulaba que “el mundo debía aleccionar la inteligencia, convirtiéndola en un alma”.

Estas palabras de Milosz me resultan familiares, y lo serán también para Rafael Alcides, ya que la generación de poetas a la que ambos pertenecemos se interesó vivamente por “las tribulaciones de la vida de los demás” y se propuso “humanizar el canto”. En la década de los 50, en el marco de la poesía cubana, esto venía a significar alejarse de Lezama y Orígenes y acercarse a Piñera y Ciclón. En primer lugar, porque nuestro país, que se revolvía contra la dictadura de Batista, había entrado en un proceso revolucionario y los jóvenes poetas que nos comprometimos con dicho proceso buscamos para nuestro mensaje, dirigido a los “nómadas del valle”, un idioma directo, todo lo directo y transparente que la comunicación poética permitiera. Así, reaccionando contra el barroquismo, nos hicimos coloquialistas para “humanizar el canto”.

Nos atrajo el ardor filantrópico y el ideario democrático de una revolución que nos parecía puesta en marcha por y para el “hombre común”, ese a quien el ojo elitista de Nietzsche -a través del cual miraron el fascismo y el estalinismo- vio sólo como pasto de las estadísticas y que a nuestros ojos era el sujeto y el objeto de la historia. El mismo al que Rafael Alcides, en un poema fiel a los ideales primigenios de nuestra generación, identificó como “el alma del combate” y su “único general”, pero -y he aquí lo profético de este poema, escrito hace muchos años- al que vio morir solo, “sin más victoria que el silencio”.

Los rigurosos versos de “En el entierro del hombre común”, además de mostrar el calado humanista de la ética y la poética de Rafael Alcides, reflejan prácticamente la última y más grave derrota de la democracia de nuestro país. La nuestra es una generación frustrada en lo que Lezama llamó “lo esencial político”, y no sólo o no tanto porque se dejó avasallar en lo esencial ético. No conozco otro poema que encare esta derrota con nitidez, la cólera y el dolor de “En el entierro del hombre común”, un texto que sólo podía escribirse desde la resistencia moral. Es éste:

Cuando un entierro con dos máquinas solas
pasa y nadie se fija, yo tiemblo, me estremezco,
palpito; siento miedo de ser un hombre.
Pero me sobrepongo.
Algo muy importante acaba de suceder en el mundo
y empiezo a tararear el himno nacional.
A estas alturas mi corazón no puede más.
Había seguido con la vista el entierro.
De pronto echo a correr,
me reúno con los que están junto al hoyo,
tomo valor yo también para dejar caer el terrón.
Ese muerto es para mí el triunfo de la especie,
ese muerto anónimo que fue el alma del combate
sin embargo,
pero, ahora,
ese muerto solo:
sin más victoria que el silencio.
Y lloro militarmente en la tumba de mi único general.

Rafael Alcides atesora aún -vivos están en su conducta y su escritura- las rebeldías y los anhelos que una vez fueron las divisas de nuestra ya desmantelada generación. No debe extrañarnos, pues, que este Ulises caribeño siga soñando, en la gruta de Polifemo, con llegar a Ítaca. A través del Atlántico lo descubro, nauta de porfiada dignidad, resistiendo los cantos de las sirenas en un cenagoso mar de traiciones y claudicaciones.

Y dicho esto envío el siguiente

“Recado a Rafael Alcides”

Ha terminado nuestro siglo, Alcides.
El siglo XX ha muerto, no lo olvides.
Y al presente llegamos aturdidos,
en errantes albatros convertidos.

Por la tierra las alas arrastramos
mientras migas de un sueño picoteamos
-pavesas de aquel sueño que aún fulgura
como una luminaria en la negrura
y que fue nuestro, inabarcable, puro
como sólo los sueños pueden ser.

Lidiando todavía nuestras lides,
volvemos a encontrarnos, buen Alcides:
henos aquí, llegados al futuro
sin que hayamos salido del ayer.

POEMAS

DE “LA PATA DE PALO” (1967)

Adán y Eva en el paraíso, Clara Morera, técnica mixta sobre lienzo, 2017.

LA DOBLE IMAGEN

Ella está apenada pero ansiosa,
desnuda entre las sábanas.
Es la primera vez y tiembla.
Él es alto, joven
y le indica que abra aún más las piernas.
(¡Se ve que tiene experiencia!)
Ella obedece presta,
arrebatada, y por momentos brama.

Él trabaja, se aferra;
ambos sudan, se extenúan
(¡y saben lo que están haciendo!)
Y por momentos, breves suspiros,
pequeñas glorias
que vuelan, que escapan,
y algunas lágrimas.

Es doloroso, pero él sigue,
ágil, experto, con todo lo que sabe.
Ella cierra los ojos
y todo su cuerpo es una pera,
una gran pera tendida en la cama.
¡Y él, diestro, infatigable,
con qué amor entre sus piernas!

Pasan diez, veinte, treinta,
cuarenta y cinco minutos (¡un tiempo horrible!)
Por fin se enciende el bombillito
allá afuera (¡habían pasado
diez mil años!)
-¡Varón! -anuncia la enfermera.
Entonces el padre enciende otro cigarro,
en tanto, allá adentro,
él le oprime un brazo,
ella cierra las piernas
y resplandece entre las sábanas.

(1964)

EL AGRADECIDO

A Naty Revuelta

Toda mi vida ha sido un desastre
del que no me arrepiento.
La falta de niñez me hizo hombre
y el amor me sostiene.

La cárcel, el hambre, todo,
todo eso me ha estado muy bien:
las puñaladas en la noche,
y el padre desconocido.

Y así de lo que no tuve
nace esto que soy:
bien poca cosa, es verdad,
pero enorme, agradecido como un perro.

(1963)

De “NADIE”, 1993.

Los abandonados, Arturo Rodríguez, óleo sobre lienzo, 1999.

Y SIN EMBARGO

A Fernando Dámaso Fernández
Y a Rebeca Monzó

El hombre es bueno, el hombre
no sabe. El hombre es un cordero engañado.
Si a veces se revuelve, gruñe, es por defenderse.
El hombre es un ser acosado, un triste ser,
el más gentil de los seres.
No lo calumniaré.
El hombre no es el semejante de sus jefes.
Ustedes se equivocan.
Los hombres no luchan contra el olvido.
Los hombres luchan por un pedazo de pan,
luchan por una hectárea de tierra
o por un apartamento
donde tumbarse con una cerveza a tener hijos;
por eso luchan.

Al hombre
no le interesan las medallas. El hombre
no sabe. El hombre es un ser elemental,
un ser más simple que el agua,
más reconfortante que el vino,
más puro que un tabaco.
El hombre, señores nunca hizo ningún mal
como tampoco hizo ningún bien.
La Historia la hacen los jefes.
Vuelvan a leerla.

PASARON

Pasaron los blancos días,
cayeron las nubes doradas,
pasó el carnaval,
también pasó el río,
pasaron las aves por el cielo,
pasó René, pasó Agustín,
polvo de un sueño,
también pasó Maité
(dos senos tan pequeñitos
que cabían en una mano),
lluvia muy fina,
todo lo que valía
pasó, se hundió
como el sol
detrás del horizonte,
y no hay trenes que partan para allá.

Ni aviones.

GRITOS

A Sandra y Silvia Castañer
Y a María Esther

Usted pide auxilio en la noche y desconfía del vecindario, pero quizá a esa misma hora de la noche estaba el vecindario pidiendo auxilio y esos gritos que oyó usted entonces no fueron el eco multiplicado de sus propios gritos, sino que fueron los gritos reales de cada uno de sus vecinos desconfiando a su vez de usted por hallarse ellos en igual confusión que usted respecto a ellos. Vivimos en un mundo civilizado, no lo olvide. Aparte de que no es fácil encontrar en la oscuridad los brazos, las piernas, un ojo, todo lo artificial con que hemos logrado sobrevivir en el barrio.

YO CONMIGO

Me he dado cuenta de que la relación conmigo pudiera ser eterna, y la cuido:

me llevo al cine entre semanas y al Zoológico los domingos;

me rasuro al levantarme, de modo de estar respetable a la hora del desayuno; corto flores al amanecer en un jardín vecino: rosas y gladiolos que emocionado coloco en el comedor en un búcaro negro debajo de mi retrato; y minuciosamente los viernes me recorto las uñas de los pies y de las manos, minuciosamente, con mucho cuidado, como si ellos fuesen las manos y los pies de un ser melancólico y muy querido,

mientras lento en la ventana, continúa pasando el crepúsculo, y un pescado se dora en la parrilla.

Todas las comidas me parecen excelentes.

Nunca lloro un vaso que se ha roto

y en mis labios siempre podrá hallarse una disculpa para todo tipo de desplante. O una sonrisa triste por unos calcetines que se quedaron sin lavar y sin zurcir, o digamos, por algo que acaso por un delicioso descuido terminó quemándose en el fogón. Una sonrisa triste solamente, ni siquiera un reproche.

Tampoco olvido un cumpleaños, una fecha.

Sé sudar, sé gemir,

meter una lengua larga y desesperada en una oreja profunda.

Soy entonces un loco que se derrite, un agua tormentosa que se junta con otra agua y no vendrá a aquietarse hasta muchos años después entre maderos y ángeles muertos… Pero como eso también es hoy un tema prohibido entre nosotros dos, prefiero en estos días recordarme cuando pasado el rayo que hizo crujir el firmamento he vuelto a ser yo mismo, yo: un agua muy clara con un fondo donde yace un cielo muy azul.

Soy melancólico y grave pero también lo oculto.

Y cuando temblando, de noche, nos quedamos en la casa mirándonos a los ojos, juiciosamente una por lo menos de cada dos manos de cartas me ocupo de perder; aunque por lo general salimos de improviso a última hora. De la mano me conduzco entonces a mí mismo por esas calles, con el cuidado extremo con que por una acera rota y en penumbras se conduciría a un padre anciano con bastón y cataratas. Pasamos por los parques de otros días, miramos en el Malecón; y a veces en el ómnibus, cuando no en las esquinas, nos detenemos a hacer preguntas sobre cosas que ya sabíamos. No por nada, por escuchar una voz.

Y luego de poner los frijoles en el agua

y taparnos bien de pies a cabeza para no resfriarnos, digo unas “Buenas noches” con cariño y un suave “Hasta mañana” (por si por entonces ya estuviera yo dormido), y desfallecido caigo entre los brazos de mí mismo que me acurrucan igual que una madre a su pequeño temblando de fiebre o con mucho frío.

La dicha, en verdad, no podría ser más perfecta en esta casa hoy al fin de silencio y armonías. Aunque algunas noches uno de los dos rompe de pronto a sollozar; sin que se sepa por qué. O dormido murmura un nombre de mujer.

De “AGRADECIDO COMO UN PERRO”, 1983.

Casas de Casablanca, Manuel Mesa Hermida, óleo sobre madera, 1930.

POR UNA MATA DE PASCUA

A mi hermano Rubén

Hay una mata de pascua en mi memoria,
que estaba junto a mi casa
(perdida al comienzo de la infancia,
mi única casa), incendio
más que mata de pascua,
gloriosa llamarada
que mirábamos arder
mamá, papá, mi hermano Rubén y yo:
todo lo que era la vida
antes de que llegara el cataclismo.
Hay que pensar en la importancia de esa mata de pascua.
Los años no pasan junto a su persona
ni hay polvo frente a su camino.
Papá no muere, mamá no muere,
mi hermano Rubén se dispone todavía a ser bandido
en un caballo de palo,
y yo soy el mayorcito, el que ya aprendió a leer.
Por lo menos
hasta que llegue mi coche funerario
los cuatro nos habremos salvado
junto a esa mata de pascua en mi memoria
que nada pudo en su momento sin embargo.
Y esto es justamente lo que me preocupa.
(¡A ti me dirijo, a ti,
mata de pascua enorme que todo lo puedes…!)

De “DOBLE FONDO”, 2014.

Cuarteto habanero, Cundo Bermúdez, litografía, 1991.

PACTOS

Los pactos entre bandidos y caballeros no funcionan
y llevan a la cárcel al caballero.
El bandido nunca se hará caballero
pero el caballero termina convirtiéndose en bandido.

POLÉMICAS

Polemizar con Calvino
costó a Servet la vida.
Los dos eran protestantes,
pero Calvino era el jefe.

PANORAMA DEL REINO

Un gran viento de tristeza atraviesa perenne el mar y el cielo.
Fuera de ese viento, Señor, hallarás en este reino gente
hirviendo los zapatos para comérselos
y el silencio que dejan los entierros.

DEL REY

Mandó el rey cortar una mano
a quienes no se cortasen el pelo
por el día de su cumpleaños.
Y a quienes no estuviesen de acuerdo,
mandó cortales las dos

(y el pelo).

De “CONVERSACIONES CON DIOS”, 2014

La procesión, Fidelio Ponce de León, óleo sobre lienzo, 1944.

ÉXODO

Hay ruido de aviones y barcos
que parten. Ya no alcanzan
la tinta y el papel
para imprimir los pasaportes,
y van llenos de maletas
y raudos los taxis.
Como las golondrinas
y los patos al llegar el invierno,
todos se están yendo, Señor.

¿De qué huyen, de qué escapan?
¿Qué sueños protegen?
¿Qué caminos hallarán?
¿Volverán alguna vez?
Todos se están yendo, Señor.

En las casas donde vivían los amigos
hay pañuelos diciendo adiós,
hay recados dejados con la vecina,
el eco de una puerta que se cierra
y lágrimas, muchas lágrimas
en las aceras.
Todos se están yendo, Señor.

Un silencio muy grande, un vacío inmenso
se ha cernido sobre la ciudad.
Todos se están yendo.

DÍAS DE SILENCIO

I

Estoy enfermo de callar,
enfermo de ser un orador con la boca cosida,
un violín prisionero en un estuche
cuya llave tiraron al océano desde un avión,
enfermo de ser un pájaro al que le fue prohibido cantar y volar,
enfermo de ser y no ser:
la mitad de mi vida condenada al silencio,
la otra mitad también.
Tanto he callado, Señor, que ya empiezo a parecer un cementerio.
Tú que amas lo sonoro y te encantas con el Jazz y la rumba
y le encargaste a Vivaldi la música del amanecer
y recitas y lees en la alegría y en la angustia
y te sabes las claves de todos los cifrados,
sin esfuerzo comprenderás
esta carta que con el viento te envío.
Estoy enfermo, muy enfermo,
y lo que es peor, Señor: temo acostumbrarme,
temo terminar siendo una losa, un barrote,
una piedra, oh Dios, alguien que por no hacer ruido
ni a pensar se atrevería.

II

Silencio y aburrimiento:
me muero, oh Señor, de silencio y aburrimiento:
el silencio del preso que se ha acostumbrado a su confinamiento
y en la soledad de su celda se mira crecer las uñas
inmóvil como un día que ha pasado.
Hace falta que ocurra algo, Señor.
Manda un terremoto que se lleve los domingos,
manda una carreta cargada de putas, manda un circo,
inventa una corrida de cintas, una pelea de gallos,
un ahogado en el río, siquiera un ahogado en el río.
Cualquier cosa
sería preferible a este silencio, a este aburrimiento,
a esta oscura ceniza que llueve sobre los tejados
sepultando los días y las horas, a esta extraña bruma
de quien no sabe si ha muerto o está soñando un sueño en el que se le ha prohibido hablar.
Te digo, oh Dios, que hay demasiado silencio, demasiado aburrimiento,
y hasta el ruido del pelo al crecer aquí se siente;
y crecen lentas, muy lentas las uñas.

III

¿Existe el mundo? ¿Más allá de esta celda existe algo?
¿Existieron barcos una vez?, ¿caballos, aviones, el cielo por donde pasaban las palomas
llenas de luz y movimiento, perfectas como una brújula?
¿Qué hay más allá de esta celda de silencios
donde teje el aburrimiento una telaraña infinita de días y noches largos como siglos?
¿Pero… existe esta celda?, ¿existo yo mismo?

IV

Ah el mundo, el mundo que tan redondo era
(o lo parecía) y cantando en las calles
lo sentíamos girar, eterno, presidido por la ilusión.
Tú que lo sabes, Señor,
¿si existió, a dónde fue a dar el mundo?,
¿en qué sitio estará ahora?

V

Oh Señor, no ahogues a nadie en el río.
Respeta los domingos y las tejas, la casa del barbero y la panadería;
pero haz que ocurra algo, ten clemencia de nos:
destruye este muro de silencio que nos sepulta.
Acaba de enviar esa carta firmada con tu nombre dando la orden:
cuando menos, pasa un telegrama.

(Y guárdame el secreto, Señor,
que no se sepa lo de esta carta.)


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