sábado , 16 diciembre 2017
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Hay que estar atentos, se cuenta mucho en este libro y, a la vez, se llega muy pronto a la torre de Muzot, al Ródano, el último paisaje del poeta.

Releer a Rilke (Adam Zagajewski). Ensayo del Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2017.

“¿Qué hemos aprendido desde que nacimos,
sino que uno se reconoce en eso que ha vivido?”
Rilke (agosto-septiembre de 1914).

Rainer María Rilke, Leonid Pasternak, boceto para un retrato al óleo.

Transito por una acera y un olor que proviene de no sé dónde me trastoca; escucho una melodía que escapa de no me importa dónde y mi mente vuela. Un escaparate publicita un fascículo seriado y mis pupilas detienen el paso. ¿Acaso no te ha sucedido a ti? ¿Acaso no somos esclavos de olores, sabores, sonidos, lecturas que nos transportan a un tiempo ocurrido?

Releer a Rilke es un ensayo breve, intenso y tocado por la poesía. Es un libro donde pactan arte, historia y vida.

Releer a Rilke nos permite recuperar el contacto con el poeta austro-germano. El texto nos cuenta su biografía y comenta su obra. Pero el libro nos descubre un personaje más: Adam Zagajewski. El libro es la historia de una experiencia personal, de un encuentro, de una relación asentada en el tiempo. La vulnerabilidad del hombre ante su pasado late en el ensayo. Releer a Rilke es una deuda que salda Zagajewski con el autor de las Elegías de Duino (1923), libro que descubrió siendo estudiante de instituto. Así describe el poeta polaco su primer contacto con Rilke:

La calle desapareció de repente, se evaporaron los regímenes políticos, el día se volvió atemporal, me topé con la eternidad y la poesía despertó.

La belleza que tanto adoró y protegió Rilke encuentra en el ensayo de Zagajewski  palacete donde veranear. Los dos poetas son admiradores fieles de la delicadeza. En la prosa del polaco no hay, como no lo hay en la poesía del praguense, ni siquiera en sus inspiraciones más metafísicas, espacio para la pompa y la retórica.

Por este libro vemos desfilar al tótem Johann Wolfgang von Goethe, a Paul Valéry, a quien Rilke tradujo su poesía, a Auguste Rodin y a Paul Cézanne, cuyas obras inspiraron al poeta de El libro de las imágenes (1906), a Stéphane Mallarmé, el maestro de los maestros, a Stefan George, el vate de culto, a los exitosos Thomas Mann y Hugo von Hofmannsthal, a los románticos Arthur Rimbaud y Charles Baudelaire, al prensador de forma Paul Klee, a la breve amante y duradera amiga Lou Andreas-Salomé… En este ensayo los vientos huracanados de la intelectualidad europea del siglo XIX y de la primera mitad del XX agitan los números de las páginas.

Hay que estar atentos, se cuenta mucho en este libro y, a la vez, se llega muy pronto a la torre de Muzot, al Ródano, el último paisaje del poeta de Praga. Se llega sin apenas darnos cuenta a Raron, el sitio donde Rilke, alejado de las pasiones mundanas, reposa bajo el aliento “de las sombras ignoradas” nombradas ya por él en La muerte de la amada.

El hombre René y el poeta Rainer encuentran en este epitafio en prosa que es Releer a Rilke, un sitio acogedor desde donde intimar con nosotros. La muerte y el destino, los motivos esenciales que esclavizaron la mente de Rilke, siempre dispuesta a comprender “el espacio interior del mundo”, son causas atemporales ocasionadas por factores indefinidos que provocan efectos individuales y concretos. Fallece el hombre y en su último aliento huyen al trote los enigmas causantes de la tristeza y la soledad, dirigiéndose a la caza de nueva vida.

¿Continuará siendo Rilke espectador ahora que conoce lo insondable y eterno? ¿Seguirá preguntándose por lo invisible? ¡Ay, si pudiera compartir con nosotros cotilleos de la morada de los muertos!


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