sábado , 16 diciembre 2017
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Triunfo de la belleza y destrucción de la pintura. El Renacimiento en Venecia.

“¡Respiren!, ya respiren: recurran a la fuente de la vida.”
(Francesco Colonna en “Sueño de Polífilo”).

Venus y Cupido, óleo sobre lienzo, Lambert Sustris, h.1550.

Belleza, luz y color, y un suave desdén por el trazo definido hacen del arte veneciano del Cinquecento un mundo soñado, idealizado, resplandeciente, que muestra a sus ciudades hermanas, Roma y Florencia, su propio sello de identidad.

Elegancia y majestuosidad son los calificativos que merece la exposición El Renacimiento en Venecia. Triunfo de la belleza y destrucción de la pintura. Se trata de la segunda parte del programa de actividades que el Museo Thyssen-Bornemisza llevará a cabo durante este año para celebrar su veinticinco cumpleaños. Sobre la primera muestra, Del Renacimiento a las Vanguardias. Obras maestras del Museo de Bellas Artes de Budapest, puedes encontrar un artículo en este blog.

Lucrecia, óleo sobre lienzo, Paolo Veronés, 1580-1583.

La exposición agrupa ochenta y nueve obras. De ellas sesenta y seis son cuadros y el resto se divide entre esculturas y libros. Reinan en la exposición los cuatro jinetes que dieron a Venecia un sitio indiscutible en la Historia del Arte: Tiziano Vecellio, Jacopo da Ponte (Jacopo Bassano), Jacopo Comin (Tintoretto) y Paolo Caliari (Veronés). Los cuatro pintores, que están representados en las ocho salas dedicadas al arte veneciano, comparten espacio con cuadros de autores desconocidos y obras de Lorenzo Lotto, Giacomo Franco, Girolamo Campagna, Jacopo Negretti (Palma el Viejo), Francesco Colonna, Giovanni Agostino da Lodi…

La presentación que nos ofrece el Museo Thyssen-Bornemisza nos permite descubrir las peculiaridades de cada artista, pero también nos revela la idea que compartieron, que no es otra que romper con la rigidez impuesta por el clasicismo renacentista romano y florentino.

Color que borra el dibujo perfilado y ofrece bordes suaves, libertad para ejecutar los argumentos, menos meticulosidad en la preparación de los lienzos, contraste de tonos entre colores complementarios, alegría por el volumen y la sombra y una mixtura conseguida gracias a la combinación de sensibilidad y melancolía dan a los lienzos la singularidad que les garantiza un resultado único, exclusivo y, por tanto, un sitio en la infinitud de los tiempos.

Retrato de una mujer (La cortesana), óleo sobre lienzo, Palma el Viejo, h.1525.

Retratos, paisajes religiosos y pastoriles, escenas mitológicas, representaciones femeninas, símbolos del poder…, todo asunto se somete a un mismo fin: exaltar la belleza. Si en otras partes de Italia la belleza era hermana de las ideas -ambas, belleza e ideas atrapadas en jaulas de cristal de corte clasicista-, en Venecia la belleza es hija única, y como tal es tratada.

La sociedad véneta compartía la necesidad de tocar todos los aspectos de su vida -ya fueran políticos, económicos o religiosos- con la vara mágica que hermosea y resplandece una ciudad. Y hay que decir que nada escapó al deseo de hacer de Venecia símbolo de Belleza: arquitectura, arte, objetos, moda… se subordinaron a los deseos de sus exigentes ciudadanos.

Pero la pintura veneciana del Cinquecento no nos ofrece una imagen carente de emoción, una belleza fría, porque la melancolía dramatiza las narraciones o las poliniza haciendo que de ellas brote poesía. El artista veneciano comprendió que para que el espectador sienta, y no sólo contemple, es condición previa que el pintor se identifique emocionalmente con el asunto que trata.

Retrato de un joven, óleo sobre lienzo, Giorgione, h. 1508-1510.
(Una curiosidad: En la época se consideraba de buen gusto mostrar sobriedad. Este joven, que expresa el sentir melancólico característico de los retratos de entonces y que posa en un entorno austero, lleva un traje negro. Los ropajes de ese color sólo estaban permitido a los ricos, pues el pigmento negro era muy caro).

El Renacimiento en Venecia encontró su propio espacio y estableció nuevos cánones. Los pintores dejan de dibujar y crean la “pintura de mancha”, técnica que varios siglos después es rescatada por impresionistas y expresionistas embrujados por los aires venecianos. La pintura veneciana, menos influenciada por los estudios históricos, arqueológicos y científicos, que tenían en los artistas de Roma y Florencia gran receptividad, es menos profunda pero más sensual.

Tiziano, Tintoretto, Bassano, Licinio, Ramberti, Cariani…  pintan retratos cuyos modelos aparecen sobre fondos neutros o decorados con sobriedad. Sus modelos visten elegantemente y a la moda o, como en el San Juan Bautista de Veronés, con trajes orientales que recuerdan las relaciones comerciales mantenidas con el Oriente cercano, trajes exóticos que evocan el carácter cosmopolita de la ciudad.

San Juan Bautista predicando, óleo sobre lienzo, Paolo Veronés, h. 1562.

Y pintan temas universales -el amor, la muerte, la maternidad, la vejez, la soledad, la fe…-, pero dotándolos de una verosimilitud idealizada. Todo es lo que parece, pero lo que parece no es. Por ejemplo, La Bella de Palma el Viejo.

La Bella  es la suma del sujeto que posa y de la idea de belleza del pintor veneciano. En este lienzo se manifiesta un deseo de innovar que está alejado del clasicismo romano y florentino, pero no por falta de armonía y serenidad en la composición, sino por ese toque personal que aporta el artista y que muestra una intencionalidad que gana protagonismo frente al tecnicismo de moda. No se trata sólo del retrato de una hermosa dama, no se trata sólo de exhibir habilidades, porque ese par de ojos clavados en el pálido rostro reflejan un carácter arrogante y orgulloso, describen una personalidad, esos ojos que nos miran son el alma del cuadro.

Retrato de una mujer joven llamada “La Bella”, óleo sobre lienzo, h.1518-1520.

Los artistas de la ciudad de las lagunas incorporaron a su narrativa intereses contemporáneos y, como he dicho anteriormente, no se preocuparon por dar a sus obras un aspecto acabado.

La costumbre de no perfilar los contornos -líneas poco marcadas, difusas, asfixiadas por el color- dio a ese forma de trabajo el nombre de “pintar a la maniera véneta”. 

Con este procedimiento la forma y la profundidad espacial se consiguen mediante el color, lo que obliga a situarse a cierta distancia del lienzo para poder apreciar la obra en su conjunto.

La lapidación de San Esteban, óleo sobre lienzo, Dosso y Battista Dossi, h. 1525.

Pero si bien es cierto que Venecia muestra un resultado artístico diferente al de Roma y Florencia, esas diferencias no son incompatibles, pues todo el Renacimiento comparte, además del gusto por el orden y el equilibrio, el mismo sentimiento humanista que le dio el esplendor del que goza. Además, no es que descartaran del todo el dibujo previo, sino que optaron por un modelado más libre.

Y llegamos a las pinceladas, que pueden ser fragmentadas, precisas o difusas, según convenga al pintor. Un ejemplo de tipos de pinceladas lo encontramos en el retrato que hizo Tiziano para el duque de Urbino. En este cuadro vemos cómo el fondo es más borroso que el rostro, que muestra hasta la arruga del entrecejo.

El retrato de armadura, como el de Tiziano, fue un tema apetitoso para los pintores que veían en él una forma de demostrar sus habilidades técnicas, pues las armaduras les permitían reflejar la luz en ellas, una luz contagiada por la idea de la fugacidad, una luz que llega, abraza el metal y muere.

La forma en que Tiziano ha pintado el fondo del cuadro, el terciopelo, los reflejos metálicos, los objetos que rodean al duque Urbino y el rostro del mismo, muestran las diferentes pinceladas características de la pintura veneciana de la ciudad de los canales.

Retrato de Francesco María della Rovere, duque de Urbino, óleo sobre lienzo, Tiziano, 1536.

Hay otro tipo de pincelada: la dramática, que podemos contemplar en La oración en el huerto, de Veronés.

La pincelada dramática, de fuerte connotación emocional, se hace más evidente a partir de la segunda mitad del siglo, aunque en el retrato que Tiziano hizo al duque de Urbino también se puede apreciar.

La oración en el huerto, óleo sobre lienzo, Paolo Veronés, h. 1570.

Venecia fue durante el Renacimiento un referente en el mundo del libro. Las grandes casas editoriales de la ciudad lagunar gozaron de gran prestigio internacional y eran orgullo de sus ciudadanos, no sólo por los ricos fondos de sus catálogos -textos clásicos griegos y latinos y obras de autores contemporáneos nacionales y extranjeros-, sino por sus lujosas y cuidadas ediciones; por esa razón los libros encuentran en los cuadros sitios donde posicionarse.

Una curiosidad: Las imprentas venecianas fueron las primeras en sacar al mercado el libro de formato pequeño, que podía llevarse en la mano. Así, abrieron nuevos espacios de lectura. El libro salía a la calle.

El llamado maestro de Tiziano, óleo sobre lienzo, Giovanni Battista Moroni, h. 1575.

Otra forma en la que se manifiesta la Antigüedad en el Renacimiento es en el gusto de la época por coleccionar estatuas y esculturas, tanto si eran originales como si eran recreaciones de originales.

La Anunciación, terracota policromada, Jacopo Sansovino, h. 1535.

El paisaje es otro tema presente en la pintura veneciana de la época que nos ocupa. Si bien en casi todo el transcurso del siglo encontramos paisajes idealizados, ya sea en lienzos de temática religiosa, mitológica, social o pastoral, a finales del Cinquecento apreciamos un cambio, pues se manifiesta el interés por representar la vida real del campo.

Los artistas de finales del siglo XVI sienten el deseo de reflejar el vínculo existente entre el hombre y la naturaleza.

Esta evolución puede apreciarse en las dos obras que dejo a continuación.

Género bíblico tratado como una escena bucólica.

La Virgen con el Niño, santa Catalina y un pastor, óleo sobre lienzo, Tiziano, h. 1525-1530.

Paisaje asociado a la actividad agrícola.

La parábola del sembrador, óleo sobre lienzo, h. 1560-1565.

La mujer también tiene su espacio en esta exposición. La mujer sirvió a los pintores vénetos para recrearse en la belleza. Los artistas no sólo se dedicaron a pintar retratos de mujeres de su tiempo, sino que aprovecharon la historiografía religiosa y mitológica para mostrar sus dotes en el arte de crear belleza.

Son los casos de Venus y María Magdalena, dos figuras femeninas que permitían ser tratadas desde una perspectiva idílica y humana.

La María Magdalena penitente de Tiziano tiene una gran carga poética, desprenden lirismo el paisaje de fondo y la mano que toca, a la vez, pecho y cabello -cabello que representa la fugacidad de la vida-. Sin embargo, su rostro expresa sufrimiento y veneración, se humaniza.

María Magdalena penitente, óleo sobre lienzo, Tiziano, h. 1560.
(Una curiosidad: Se dice que el pintor murió abrazado a esta versión de María Magdalena).

La pintura veneciana del Cinquecento, en la medida en que el siglo avanza, evoluciona hacia una pincelada más suelta, transformando la “pintura de mancha” en borrón.

La pintura que se acerca al fin de su siglo limita la paleta -reduce el uso de los colores vivos y evita las tonalidades claras y perladas encargadas de la luminosidad-, abandona el sentido del orden y el equilibrio e introduce, en la expresión de rostros y posturas de los cuerpos, el sentimiento trágico que encuentra su sitio en el naturalismo  tenebrista de Caravaggio.

En definitiva, el último tercio del Cinquecento anuncia el nuevo tiempo que se avecinaba y que, cruzando con rapidez el puente manierista, fondea en el Barroco.

La destrucción de la pintura es el tema final de la exposición. Aquí te dejo dos obras para que puedas observar cómo evoluciona el arte renacentista veneciano del siglo XVI. Mira cómo se esfuma ese rayo resplandeciente que aplaca el alma, cómo cede, cuando sólo quedan unos cuantos peldaños para llegar al nuevo siglo, ante los claros y sombras con que Caravaggio supo reflejar el sentir de los fieles católicos amenazados por calvinistas y luteranos.

El claroscuro que daba inicio a una nueva forma de pintar, influenciada por las directrices del Concilio de Trento (1545-1563) y las ordenanzas de la Contrarreforma, asoma en la obra tardía de Veronés, Tiziano y Bassano, aniquilando la idealizada luz de sus obras precedentes, mostrando turbación donde antes reinaban la paz y la armonía.

Cuadro de la primera mitad del siglo XVI

La Virgen y el Niño con santos y un donante, óleo sobre lienzo, Palma el Viejo, h. 1518-1520.

Cuadro del último tercio del siglo XVI.

Cristo con la corona de espinas, óleo sobre lienzo, Jacopo Bassano, h.1590.

No quiero terminar la reseña sin destacar cómo, una vez más, debemos a los monarcas de la Casa de los Austrias  ser sitio de visita obligado para todo amante de las artes plásticas. España presume de poseer una de las pinacotecas más importantes del Renacimiento veneciano. Este conjunto de pinturas proviene de las colecciones privadas de Felipe II, su padre Carlos V y su hijo Felipe IV. Las obras del Renacimiento veneciano, que se encuentran en España, están repartidas entre el Museo del Prado y en El Monasterio de El Escorial.

Carlos V en la batalla de Mühlberg, Tiziano, óleo sobre lienzo, 1548.
(Este cuadro no está presente en la exposición).

La relación de Tiziano con España comenzó cuando el Emperador Carlos V se encontraba en Bolonia. En esta ciudad, en el año 1530, se conocieron el monarca y el artista, que terminó con el cargo de pintor de corte del Emperador.

Una anécdota: En 1558, Carlos V emitió un Decreto que ordenaba aumentar la pensión anual de Tiziano. ¿Por qué? Porque el pintor, que tenía una cita con el Papa Pablo III, anuló este compromiso para acudir a la audiencia que el Emperador daba en Augsburgo. Y esto sucedía en un momento de gran tensión entre la monarquía española y el papado.

Pero fue el rey Felipe II su mayor cliente.

Felipe II ofreciendo el cielo al infante don Fernando, Tiziano, óleo sobre lienzo, 1573-1575.
(Este cuadro no está presente en la exposición).

Una anécdota: Siendo aún príncipe, Felipe encargó a Tiziano un conjunto de piezas de temática mitológica para adornar uno de sus salones, dándole al pintor absoluta libertad para escoger los temas y para tratarlos según su voluntad.

Tiziano, aprovechando el voto de confianza recibido, dibujó sus lienzos como escriben los poetas: dando rienda suelta a su imaginación. Y así es como nacieron, entre los años 1553 y 1562, los seis cuadros agrupados en la serie conocida como “Poemas”, serie que incluye los siguientes títulos: Dánae; Venus y Adonis; Perseo y Andrómeda; Diana y Acteón; Diana y Calisto y El rapto de Europa –esta última obra está presente en la exposición y visita por primera vez España.

Rapto de Europa, óleo sobre lienzo, Tiziano, 1559-1562.

Hacia el año 1500, Jacopo de’Barbari dibujó la ciudad de Venecia y lo hizo poniendo cuidado en no dejar escapar detalle, era la primera vez que una ciudad era representada desde una perspectiva aérea y de forma realista.

La xilografía de Jacobo de’Barbari da comienzo a la exposición. Yo termino mi reseña con el mapa, pero he preferido sustituir el grabado por este bonito video que lo recrea, que nos permite adentrarnos en la ciudad sin murallas de edificios góticos o bizantinos -no es hasta que se editan los libros de Vitruvio y la reinterpretación que de éstos hace Sebastiano Serlio que Venecia entra en su etapa renacentista.

Veremos los signos que representan a Venecia: la cabeza de los vientos, Mercurio y Neptuno, símbolos, estos dos últimos, de las dos actividades más prósperas de la ciudad: el comercio y la navegación.

Y nos acercaremos a los exteriores del  Palacio Ducal y de la Basílica de San Marcos. Descubriremos el Puente de Rialto y otras edificaciones arquitectónicas a las que el Tiempo ha perdonado sus pecados.

 

 

 

 

 

 

 


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