ROBERTO BRANLY

«¿Quién no acecha su propia destrucción?»


Roberto Branly, fotografía, La Habana, 1958.

En el prólogo del libro titulado La Generación de los años 50. Antología poética, Eduardo López Morales afirma que los nombres que en él aparecen se definen por ser «la primera generación poética de la Revolución» y por hacer suyos el «pensamiento martiano». Los poetas que pertenecen a la Generación de los años 50 hablan de muerte, de vida, de amor, de patria… Hablan de los temas que preocupan al hombre, pero colocando al sujeto —que muy pronto se transforma en masa— en su contexto histórico y social.

Roberto Branly es uno de los integrantes de la Generación del 50 en Cuba y está considerado, junto a José Álvarez Baragaño (1932-1962), el poeta surrealista de su grupo. Pero Branly pasó por el surrealismo como un halcón peregrino, así de veloz voló hacia una poesía conversacional a la que dotó de una facultad difícil de hallar: la de hacer convivir en un mismo espacio los dos tiempos del hombre: el cotidiano y efímero y el atemporal, el que resguarda la historia de la humanidad.

La revolución socialista, desde sus inicios, exigió una nueva forma de expresar los grandes cambios que se estaban produciendo en la sociedad cubana. Los ismos no servían, porque era necesaria una poesía que fuera entendible a «la ola de un pueblo que marcha» (José Martí).


Dibujo para «Escribo sobre el árbol de la vida», poema que está recogido en «Vitral de sueños», libro ilustrado por Migdalia, la esposa del poeta.

Los poetas revolucionarios se vuelven, entonces, observadores del día a día y fijan su mirada en «los pinos nuevos» que conquistan la calle y que sienten que las formas clásicas y eruditas pertenecen al pasado. La revolución atropelló cualquier forma de expresión que no reflejara sus logros sociales de forma clara. Y destruyó toda estética ambigua, subjetiva, retórica y mística en el sentido religioso, que no político —el Che, Camilo y Fidel suplantaron a las figuras que, hasta entonces, eran veneradas en los altares.

La revolución cubana fue un acontecimiento de tal envergadura que hizo que Roberto Branly aparcara tempranamente a Carl Gustav Jung (1875-1961) y se decidiera por la expresión coloquial —creo que, con el tiempo, el tono conversacional traicionó a más de un poeta que, ingenuamente, versificó lo que pensaba acerca de la doctrina que niega la riqueza de la diversidad. El socialismo devoró a los intelectuales honestos.

En la medida en que la revolución avanzó fue decayendo el enardecimiento que exigía el nuevo arte. Y la imagen esperanzadora, que campeaba por la poesía, se vio atacada por el desconsuelo, salvo en aquellos poemas empeñados en continuar ensalzando patriotismos, a pesar de las bofetadas —me refiero a los títulos oportunistas y panfletarios que mantuvieron su temperamento excitado.


Manuel Díaz Martínez (izquierda) y Roberto Branly en la revista «Carteles», 1958. Fotografía del archivo personal de Díaz Martínez.

El libro publicado por la editorial Verbum Cartas. Severo Sarduy, que recoge la correspondencia entre Severo Sarduy y Manuel Díaz Martínez, incluye una breve entrevista que Graziella Pogolotti hizo en 1958 a Branly y a Sarduy. Entonces ambos se iniciaban en la metáfora y el ritmo y la revolución era aún un soplo. A la pregunta sobre su poesía, Roberto Branly respondió:

«Mi obra arranca del surrealismo. Pero al principio conocía solamente del surrealismo las repercusiones que ese movimiento poético tuvo en España. A su regreso de Europa, el poeta Baragaño me hizo conocer a algunos autores franceses…».

Y aclaró —la periodista le hizo saber que no encontraba mucha influencia francesa en su obra:

«No parte de Freud, sino de Jung y la teoría del subconsciente colectivo. Trato de situarme frente a la realidad cubana. Creo que la poesía es un medio de conocimiento, no un género literario, que la imagen ha de apoderarse del objeto y no servir de excusa para meros ejercicios de análisis de fondo y forma. Dithey influyó en esta concepción de la poesía. Boti (Regino Boti) fue el primero en plantear estas cuestiones en Cuba.»

Manuel Díaz Martínez y Migdalia, la esposa de Branly, en un acto en la UNEAC.

En casa sólo tengo dos libros de Roberto Branly: Escrituras (1975) y Vitral de Sueños (1982). Es de ellos de donde he seleccionado las poesías que dejo a continuación y que ilustro con obras del pintor surrealista figurativo Jorge Camacho (1934-2011), artista cubano que no dejó de dibujar lo que veía cuando cerraba los ojos y a quien Lezama definió como «un buscador de la médula del sauco».

Roberto Branly fue, junto a Lezama Lima, testigo de la boda de mis padres. Yo lo conocí, de él guardo su imagen moldeada por mi ojo infantil. Pero a quien más recuerdo es a su mujer Migdalia, con ella aprendí a hacer figuras de papier-mâché en los talleres que creó para los niños que jugábamos por los jardines de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba —nos divertíamos mientras nuestros padres hacían que hacían algo. Por aquel entonces, no sé ahora, la UNEAC era la tumba de las horas muertas de los intelectuales malditos—. Aún recuerdo mi surrealista elefante malva y mi gato negro de pasta de papel.


DEL LIBRO «ESCRITURAS»

El círculo de piedra, litografía, 1970.

LA EDAD DE PIEDRA
(27 de junio de 1967.)

Esas piedras, que como rodando se encuentran,
que en los ríos de Heráclito y Manrique
van lavadas por el tiempo, arrastrándose,
chocando contra el liquen, sumergidas
y a veces en las playas cuando no en las hoyas,
en los remolinos; en fin: el caos;
esas piedras, pelonas, ajadas por la lluvia,
golpeadas por las otras,
astillándose en el polvo, en la memoria;
esas piedras que se rompen en las rocas, en el manantial
que como hilo de saliva corre transparente
desde las montañas;
esas piedras que resuenan por las avalanchas,
que en el alma estallan en átomos de cal;
esas piedras que alumbran desde los volcanes,
y como lava ardiente bajan dando brincos, encendidas;
esas piedras húmedas de sol,
llagadas de salitre entre la arena
que antes piedra fue,
en millones de esqueletos hechos polen;
esas piedras que ahora mismo
están golpeándome en la carne,
a cada impulso de ese aire
que desde el pulmón se asoma;
esas piedras de los días sumergidos;
esas piedras de amor, de odio, de resentimientos;
esas piedras como un reloj que va contando los minutos;
esa densidad de piedras, de tristezas,
ese irnos yendo cada uno hacia la piedra;
esas piedras que rebotan en la sangre,
que van del hígado al riñón,
al hueso que algún día será piedra;
esas piedras entre dientes y mandíbulas;
esas piedras de palabras;
esas tumbas, piedras levantadas contra el cielo;
esos cementerios de menhires entre acantilados;
esas piedras, corazón, mis propias piedras,
me han ido destrozando paso a paso,
por el camino en que fuimos, sobre el tiempo,
lentamente, transitando.

Chamán, litografía, 2006.

EPITAFIO PARA CIERTOS POETAS
(12 de junio de 1970.)

De la torre a
la urna de marfil

Tiempo: tú ganaste;
perdí contra mí mismo.
Aposté a la eternidad,
pero las palabras
que sembré en el viento
fueron letra muerta.
Sólo me resta la ceniza.
En paz descanso,
si es posible.

Historia de las aves, litografía, 1982.

DESTINO
(9 de julio de 1968.)

Tu vida entera es un flash-back.
¿Dónde el centro de tu muerte?
Para entonces, vendrá la plenitud:
mejor divisa no pretendas
para el canto de tu propia libertad.
Sin embargo, huyes hacia el polvo;
te explicas y planteas a partir del llanto,
mientras que tus sueños son como la brisa
en un mar de sábanas.
¿Cómo es que podrás reconstruir este presente,
si cada instante para ti es el caos?
Atrás, hasta el origen, vas quedando:
simplemente, retrocedes.
Aún no ha comenzado tu genuino nacimiento;
cada día te lo encaras como un solo enigma
cuyas claves no logras descifrar del todo.
Pero, en cambio, sientes por tus venas,
a pesar de ti,
ese impulso tenaz, irreversible.

Dibujo, técnica mixta, 1998.

RESPUESTA
(14 de marzo de 1970.)

A un joven escritor,
¿exclusivamente agnóstico?

La memoria, simplemente,
dentro de la oscuridad,
puede ser el filo de una espada,
el nudo en una cuerda, el caos,
la propia voz como un martillo
en el silencio;
o, por el contrario,
una estrella joven
brillando, inesperadamente,
sobre el fondo de la noche.

Paisaje Médano de Maneli, óleo sobre lienzo, 2000.

FE DE VIDA
(10 de diciembre de 1969.)

Colina Lenin, en Regla

Aquel arbusto, demasiado seco
para la humedad de nuestro clima,
sembrado por manos proletarias
a sólo cinco días de su muerte;
aquella planta —aún raíz—,
tronchada más tarde por la policía,
intentando echarle tierra
sobre tierra, para siempre;
aquel olivo que no llegó a formarse,
al correr de siete lustros
brilló de nuevo, verdeciente,
con su nombre, un busto, una colina
y un hogar donde los niños cantan.

Sin título, litografía.

REFLEXIONES CON MÚSICA DE CÁMARA MORTUORIA
(29 de mayo de 1971.)

¿Qué posees, sino la ceniza
que te entrega el siglo en su girar intenso?
Sólo trapos atesoras en aquel baúl.
Una lluvia te recorre invicta.
¿No hay salidas para tus ciudades sumergidas?
Desde el polvo te levantas,
cuando el fango se ha crispado
entre las ruinas del otoño.
Es la vida que te va negando sus licores.
No transitas por las calles del insomnio.
La felicidad te rodea como cristal antiguo,
pero no es que sufras por los deudos,
por la muerte noche a noche.
Las gargantas, maltrechas por el llanto,
se acongojan.
Los sobrevivientes pasan entre negras telas
disparadas hacia el viento.
Cantas, apenas sin palabras,
y una melodía se repite hasta el cansancio.
Es el alba en su temblor de flores y coronas.
El cortejo avanza bajo el sol,
mientras los mármoles se elevan como rascacielos,
entre símbolos que niegan toda eternidad posible.
Hasta el fondo van cayendo los parientes,
aquellos nombres, algunas fotos,
una palabra recordada en el azar.
¿Quién no acecha su propia destrucción?
Somos, simplemente, compañeros del caos,
los fugaces signos de lo efímero,
los que, sin embargo,
construimos, día a día,
el tiempo irrevocable de la historia.

DE «VITRAL DE SUEÑOS»

Sin título, pastel sobre papel, sin fecha.

DERROTERO
(3 de mayo de 1978.)

El que dice adiós se asombra del olvido:
una larga paciencia se desata entre palomas,
y mi corazón se tiende allá en el polvo.

No sé cuándo comencé a rescatar
las cenizas de mi sangre.
Oigo este latido que en la ciudad penetra,
como un huésped de la noche.

Este ruido no conduce a parte alguna,
no es la furia que estremece los silencios:
la sal se desploma en el oleaje
y la música de súbito se alegra.

Vengan, aposentos y constelaciones:
la mirada se aleja con la lluvia
pero al punto retorna hecha salitre,
para estallar en su cántico de siempre.

Relieve del sueño, óleo sobre lienzo, 1995.

EMBLEMA
(28 de noviembre de 1975.)

Aquella flor común,
magia del alba,
que el aire corta como un arco iris,
y entre nosotros dos,
amor, sembrada
en cielo, yerba, tiempo, libertad,
hoy palpita
con toda su fragancia.

Sin título, serigrafía, 1980.

MEMORIA
(10-14 de noviembre de1978.)

A la vuelta del verano,
cuando el oro corona sus ramajes
y los frutos van cayendo en la distancia,
soy el ojo que recorre el tiempo.

He allí la sangre, escrita en las paredes:
fue una extraña profecía de aquel mundo
que estalló ante el sol del mediodía.

En la pátina del viento se bañan las estrellas,
y de su luz yo bebo para que adentro brillen
aromas, fiebres y palabras.

Todo es ya posible: la victoria ondea
sobre siglos por nacer aún,
grabando en las edades su música de fraguas,
mientras al oído el poema sopla en el silencio.

Dios del agua, óleo sobre lienzo, 1993.

ENTRE CABINDA Y CUNENE
(30 de diciembre de 1979.)

Aquí rompió la guitarra
su llameante artillería.
Tronó música bravía
al darle un tajo a otra garra.
También la paz fue bizarra
y este olivo ungió su verde.
Nada en la selva se pierde
por sembrar honda canción.
Ni vida, lumbre o acción
que el alba no las recuerde.

Impresión, litografía, 1983.

PRELUDIO A LA VIGILIA
(10 de marzo de 1979.)

Quien descubre, sólo encuentra:
viaja el cielo en las estrellas,
en la paz cuando la lucha duerme.
Si despierta, una oscura melodía
nos aguarda, recordando.

Viejo cornetín, las horas
levitando caen sobre la lluvia
¿Y esa faz, de súbito, en la noche?
Agorero de mal tiento: aparta;
sólo en el silencio, escucha.

Ten las salvas, el rumor del viento:
laceando sangre y hueso, el camino
hay que andar, por esas invenciones
contra el polvo de los arrecifes
y la mortandad, apenas.

El que asoma los oídos
por océanos y constelaciones
rescatando islas del olvido,
solamente tiene en sus metales
toda la sed de tiempo.

Clama, ruiseñor: testigo;
nunca tu canción se pierda
en la pálida tonada de tus sueños.

ENLACES RELACIONADOS

Poemas de José Álvarez Baragaño acompañados del texto «En torno a la poesía de Baragaño» de Manuel Díaz Martínez.

Rafael Alcides Pérez. Poemas. Y “Rafael Alcides y el hombre común” de Manuel Díaz Martínez.

Manuel Díaz Martínez. Poemas.

Inferno (Reinaldo Arenas). Poemas.

Agustín Acosta. Poemas.

Nicolás Guillén y Víctor Patricio Landaluze. Uno, dos y tres va marcando el paso “Quirino con su tres”.

Manuel Díaz Martínez: «Sobre la poesía.»

Al pie de la memoria. Antología de poetas cubanos muertos en el exilio (1959-2002).

Dulce María Borrero. “Horas de mi vida”. Poemas.

Ángel Escobar Varela. Poemas.

La trinchera (Ofelia Gronlier Lamar).

Lezama en mi memoria (Ofelia Gronlier Lamar).


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