LAS AVENTURAS DE ROCAMBOLE

«Daban más miedo que Rocambole».
Jardiel Poncela

Encontré, rebuscando entre los tablones de una feria, unos folletos antiguos de Las aventuras de Rocambole, el mítico personaje literario creado, a finales del siglo XIX, por el vizconde francés Pierre Alexis Ponson de Terrail (1829-1871): el rey de los folletines de su época.

Rocambole, intrépido y ladrón, huérfano adoptado por una retorcida vieja, se emplea en todo tipo de tropelías hasta que es atrapado y da con sus huesos en la cárcel. La ley creyó que diez años entre rejas eran suficientes para redimirlo, pero el pícaro huye de la prisión dispuesto a poner sus habilidades al servicio de los necesitados, pasando así de villano a súper héroe.

Pierre Alexis Ponson de Terrail, fotografía.

Astuto, hábil, elegante, cojo, vengador, con una novia-enemiga y un perro llamado Kid, el protagonista de los folletines de Ponson de Terrail sirvió de inspiración a Dickens para crear su David Copperfiel, aunque su sombra se alarga.

Rocambole se esconde detrás de Arthur Conan Doyle —Sherlock Holmes, lo opuesto a Rocambole—, de Maurice Leblanc —Arsenio Lupin— y de Marcel Allain —Fantômas—, entre otros renombrados seres de ficción, elegantemente vestidos para los ajustes de cuentas. ¡Oh…!, pero personajes como Battman, James Bond y el doctor House le deben mucho… ¡hasta he leído que Tintín tiene que ver con él!

Las aventuras de Rocambole están entre el género de la publicación por entregas y el de la novela gráfica, entre el género gótico y el de aventuras. El personaje original vivió trece años: nació de la pluma del escritor en el año 1857 y murió cuando falleció su autor; aunque no del todo, pues la literatura tiene pacto con la eternidad: la serie legó al género policíaco la figura del «investigador privado».

La expresión «rocambolesco» nació del protagonista y de sus inverosímiles hazañas. Rocambolesco alude a cualquier acción audaz, como la que consiguió convertir a Rocambole —el ladrón, prófugo y asesino— en un héroe camaleónico e inmortal, que riega sus crímenes con sotas de corazones mientras se convierte en el álter ego de los justicieros novelescos que salvan vidas humilladas.

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