ROSALINA

«Un hombre que no se alimenta de sus sueños, envejece pronto.»
Shakespeare

Mujer sentada, Botero, óleo sobre lienzo, 1997.

 

ROSALINA

Aislada, y en lo alto de una colina de laderas de verdes sombreados y margaritas, se encontraba una casa, aparentemente, abandonada. El caminante de paso, que cogía por los senderos que zigzagueaban entre los bosques de eucaliptos, se encontraba con aquella construcción que había perdido el tejado y que era ocupada por árboles que habían crecido en sus salones. Dejando a un lado el granero, y bordeando la propiedad, el caminante topaba con un atajo pedregoso que lo conducía a una ría.

¡Ay…!, aquella ría, según la hora del día, podía ser un pantano o un cristalino espejo de agua mansa. Era un lugar real y, sin embargo, era mágico. Era el refugio de los pájaros que, huyendo del frío polar, llegaban cada año a marisquear. Pero era mucho más que el sustento de unas aves, porque en la ría vivía, sólo Rosalina sabía la historia, una ninfa seductora.

Rosalina había tenido un amor. Era un pescador furtivo, que tenía su barquita escondida en una pequeña caleta oculta por unas ramas frondosas. Era una barquita muy coqueta que, cuando los vientos huracanados soplaban, parecía adquirir vida propia y cuando la ventisca amainaba servía a las garzas para descansar.

Un amanecer de otoño, de esos que convierten las hojas caídas en pequeñas manualidades de cobre, el amado se fue a pescar. La ría estaba alta y los cangrejos y peces habían entrado empujados por las corrientes del mar. «¡Rosalina, a la pesca voy!», dijo y, tirándole un beso, partió con sus aparejos.

El musgo es traicionero, pero a Rosalina no le importa resbalar y arañarse con las piedras. Ella llega hasta la misma margen de la ría y, sentada en la hierba, espera a que los geniecillos del agua toquen la flauta. Hay uno de ellos, el más alto entre los bajos, que toca de un modo especial. Su traje es de algas y su cabeza está cubierta con las plumas que los pájaros abandonan sin notarlas. Cuando interpreta su aria, la mira con fijeza hasta que ella siente cómo su piel se despoja del sudor de la premura, que la ha conducido hasta allí, y se vuelve como la flor que evoca su nombre.

Rosalina sabía que él era el hombre que había perdido en el río, el pescador que la huldra había hechizado porque a su orquesta le faltaba un flautista.

El paseante que atraviesa el paraje, donde se halla la casa abandonada, no puede ver lo que ocurre. Anda sobre la realidad. No puede saltar al plano donde transcurre esta historia, porque Rosalina va allí para soñar.

Hay quienes encuentran la calma… ¡durmiendo despiertos! Rosalina mantiene los ojos abiertos, incluso cruza unas palabras con el viajero. Pero duerme, porque los sueños recrean instantes de felicidad vividos. Rosalina sabe que ese trocito que el sueño recobra de lo más hondo de su conciencia, donde yace el amado perdido, es un eterno soplo de esperanza.

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