SAN GABRIEL. POEMA

«Dios te salve, Anunciación.
Morena de maravilla».

La Trini de Málaga, Julio Romero de Torres, óleo sobre lienzo, h. 1925.

El Arcángel San Gabriel de Federico García Lorca es un arcángel gitano, con salero, guapo y joven. A su San Gabriel, Lorca le encomienda que comunique a Anunciación, que está encinta, que su querido hijo no podrá eludir el trágico destino de su pueblo: al igual que el Niño de María —en lo que corresponde a su naturaleza humana—, el niño de la joven romaní sufrirá la incomprensión, el dolor y la traición. Al igual que el Hijo de la Virgen, no podrá eludir su sino trágico, pues el chico llega al mundo con «un lunar y tres heridas», heridas que recuerdan a Cristo crucificado.

San Gabriel, poema recogido en el Romancero gitano, se inspira en el Evangelio según San Lucas (Lc 1, 26-38), a la vez que presenta a los gitanos con sus costumbres y ánimos. Es San Gabriel un tejido de símbolos religiosos y mundanos —la luna, la paloma, la manzana, la escala de Jacob, la azucena, el lucero, la siempreviva… 

San Gabriel ofrece a nuestro idioma la magia de mostrarse como pavo real con ricas plumas extendidas. Es un poema que hermana la expresión culta con la popular. Un poema consecuente con la narrativa navideña española, pues en él la tradición cristiana no escapa a la crítica social, característica que hace que la literatura hispana de Pascuas no siempre tenga un final feliz. Ejemplos hay en los relatos de Valle Inclán, Emilia Pardo Bazán, Azorín, Benito Pérez Galdós, José María Pemán…, algunos de ellos recogidos en este blog. 

Federico García Lorca «gitaniza» el pasaje de La Anunciación y al hacerlo alterna alegría y dolor. Para mí, San Gabriel es una apasionada metáfora de la vida, que no se agota cuando morimos porque como generación somos historia de la humanidad. Lorca llama a Anunciación, la madre gitana, «Madre de cien dinastías».

San Gabriel revela que nos hermanamos con el Hijo de Dios no sólo en la aflicción, la pasión y la compasión. También compartimos con Él la eternidad —la descendencia supera todo límite de tiempo y espacio—. Bueno, así es como interpreto estos apasionados versos que ilustro con dos cuadros de Julio Romero de Torres (1874-1930), pintor cordobés de gitanas. 

POEMA

Retablo del amor (detalle), óleo sobre lienzo, 1910.

SAN GABRIEL

A D. Agustín Viñuales

I

Un bello niño de junco,
anchos hombros, fino talle
piel de nocturna manzana,
boca triste y ojos grandes,
nervio de plata caliente,
ronda la desierta calle.
Sus zapatos de charol
rompen las dalias del aire,
con los dos ritmos que cantan
breves lutos celestiales.
En la ribera del mar
no hay palma que se le iguale,
ni emperador coronado
ni lucero caminante.
Cuando la cabeza inclina
sobre su pecho de jaspe,
la noche busca llanuras
porque quiere arrodillarse.
Las guitarras suenan solas
para San Gabriel Arcángel,
domador de palomillas
y enemigo de los sauces.
San Gabriel: El niño llora
en el vientre de su madre.
No olvides que los gitanos
te regalaron el traje.

II

Anunciación de los Reyes,
bien lunada y mal vestida,
abre la puerta al lucero
que por la calle venía.
El Arcángel San Gabriel,
entre azucena y sonrisa,
bisnieto de la Giralda,
se acercaba de visita.
En su chaleco bordado
grillos ocultos palpitan.
Las estrellas de la noche
se volvieron campanillas.
San Gabriel: Aquí me tienes
con tres clavos de alegría.
Tu fulgor abre jazmines
sobre mi cara encendida.
Dios te salve, Anunciación,
Morena de Maravilla.
Tendrás un niño más bello
que los tallos de la brisa.
¡Ay San Gabriel de mis ojos!
¡Gabrielillo de mi vida!
para sentarte yo sueño
un sillón de clavelinas.
Dios te salve, Anunciación,
bien lunada y mal vestida.
Tu niño tendrá en el pecho
un lunar y tres heridas.
¡Ay San Gabriel que reluces!
¡Gabrielillo de mi vida!
En el fondo de mis pechos
ya nace la leche tibia.
Dios te salve, Anunciación,
Madre de cien dinastías.
Áridos lucen tus ojos,
paisajes de caballista.

*

El niño canta en el seno
de Anunciación sorprendida.
Tres balas de almendra verde
tiemblan en su vocecita.
Ya San Gabriel en el aire
por una escala subía.
Las estrellas de la noche
se volvieron siemprevivas.

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