SILENCIO

«Y… hasta que la muerte nos separe.»


Adán y Eva, Edvard Munch, óleo sobre lienzo, 1909.

Regresa a su hogar andando por los callejones, como cada día, estirando la ruta y haciendo crujir los boliches y las hojas secas de los árboles.

Regresa a su hogar como lo hace siempre, oliendo a tabaco barato, con los zapatos sucios y envalentonado por las decisiones caviladas —¡cuántas razones tan bien hilvanadas! ¡Qué chorro de audacias asaltan su mente mientras anda! ¡Cuántas justificaciones ocurrentes para deconstruir la palabra empeñada!

¡Ah!, pero, una vez atravesado el umbral del pisito, retorna a la posición por la cual es conocido. Vuelve a ser el hombre jadeante, desinflado y sin ganas de montar jaleos. Vuelve a sentirse un hombre sin respeto ni autoridad alguna.

(Luego de calzarse las chinelas, cambiarse de ropa y  lavarse las manos, se sienta a la mesa, sorbe la sopa y muerde el pan. Desde la cocina se escucha una voz):

—¿Es que no piensas articular palabra? ¡Anselmo, habla, que no soy una estatua!

(Silencio. El hombre deja la cuchara en el plato, luego retoma la sopa.)

—¿Has dicho algo, Anselmo?

(Silencio.)

—Muy bien, da igual —la mujer sale a escena, retira la comida que el hombre aún no ha terminado y, mientras regresa a sus fogones, larga—: Anselmo, al levantarte no arrastres el taburete, mira que arañas el suelo y luego me toca a mí restregarlo con la mopa.

(Silencio.)

Anselmo se sube el cuello del batín, cubre con un trapo la jaula de los jilgueros y sale al balcón a aspirar la cálida noche en la que cabriolea un enjambre de jejenes. Desde allí, desde ese falso espacio conquistado, apoyado en la barandilla, deja que sus ojos insomnes y profundos deambulen en la nada.

Al día siguiente, el hombre regresa a su hogar igual que como ha salido: jadeante, desinflado y sin ganas de montar jaleos.

—¡Anselmo, habla! ¡Di algo, que no soy una estatua! —un hondo suspiro escapa de la cocina.

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