EL DIARIO DE ANA FRANK

«Algún día esta horrible guerra habrá terminado, algún día volveremos a ser personas y no solamente judíos.»


«El Diario de Ana Frank», película con Joseph Schildkraut (Otto Frank) y Millie Perkins (Ana Frank).

No hay final feliz en el Diario de Ana Frank. No puede haberlo, porque un Diario es un testimonio de vida y, en este caso, es testimonio de cómo la persecución nazi destruyó a la comunidad judía europea.

El Diario de Ana Frank es especialmente desgarrador; pues la muchacha que nos cuenta, desde la buhardilla donde la familia se escondía, cómo era el día a día en la clandestinidad, mezcla en sus notas sentimientos muy distintos: está la voz del miedo, de las necesidades materiales básicas, de los conflictos que surgen en una convivencia forzosa, del despertar de la sensualidad, de las impresiones íntimas… Es el tono ingenuo y limpio de Ana el que hace de este testimonio histórico un relato de una crudeza difícil de asimilar. Pero no podemos cerrar los ojos ante la verdad… si queremos proteger la libertad.

El Diario de Ana Frank es un antídoto contra la frivolidad y el individualismo de nuestra sociedad. Es, aunque no lo parezca a primera vista, un soplo de vida, pues nos muestra el alto precio que se paga cuando nos convertimos en cómplices de la violencia, de la injusticia y de la discriminación racial. El precio que se abona a cambio de bienestar individual a la larga se queda… ¡en nada!, porque el hombre sin alma es pasto de llamas. El Diario de Ana Frank nos hace pensar; es un llamado a la conciencia social.

«El Diario abarca tantas etapas de la vida que cada lector puede hallar algo que lo conmueva en él», escribió Otto, padre de la joven y único sobreviviente de la familia, en Recuerdos de Ana. Comparto esta afirmación. Por eso, hoy rescato para esta entrada la película que, en 1959, fue nominada a ocho Óscar, ganando tres: fotografía, mejor dirección artística y mejor actriz de reparto —Schelley Winters.

La película El Diario de Ana Frank está basada en la adaptación de las memorias de Ana al teatro, adaptación que en 1955 hicieron Frances Goodrich y Albert Hackett y que ganó el Premio Pulitzer en 1959. 

Los exteriores del filme fueron filmados en Ámsterdam, en los alrededores del edificio donde se escondieron Ana, su familia y otras personas más. Los interiores se filmaron en Hollywood, bajo la supervisión de Otto Frank, quien aportó todo tipo de detalles para que la escenografía fuera lo más fiel al original —una curiosidad: el frutero que aparece en la cinta es el mismo que ayudó a los escondidos durante los dos años que permanecieron en el desván.

He estado debatiéndome sobre cuál filmación escoger, pues existe una miniserie basada en el Diario de Ana Frank. Al final me he decidido por la película y no porque la miniserie no tenga su interés —abarca un espacio de tiempo mayor que el de la cinta, lo que permite apreciar con más claridad cómo la convivencia se puede torcer hasta límites insospechados; además, la actuación de la actriz protagonista es, indiscutiblemente, superior—. He optado por la película porque reproduce con exactitud el ático en el que Ana escribió su Diario, motivo que permite al espectador compartir con los personajes la claustrofobia que estos sintieron.

Creo que tanto el filme como la miniserie son buenas herramientas para acercar la historia a los jóvenes, para que estos puedan visualizar de qué manera afectaron a la humanidad las persecuciones y las ocupaciones de territorios lideradas por Hitler.

El Diario de Ana Frank es un testimonio emotivo sobre cómo se llegó a la Shoá. Ana murió de fiebre tifoidea en febrero de 1945 en el campo alemán de Bergen-Belsen. El campo de concentración fue liberado por las fuerzas aliadas el 15 de abril de 1945. ¡Dos meses!, dos meses y Ana hubiese podido ver el final de un viaje azaroso.

«Nadie escapa a esta suerte a no ser que se esconda.»
Ana Frank

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