TALENTO Y OFICIO

 

I

Se alquiló una habitación cerca del río Almendares porque aquel lugar le había inspirado su libro Candela. Habían pasado más de veinte años desde entonces. Ahora el río olía a podrido y la suciedad impedía ver el fondo del mismo.

—No importa, de aguas estancadas han salido muy buenas novelas —dijo con la intención de convencerse a sí mismo.

II

Es temprano en la mañana. El calor es sofocante. Las ventanas de las casas están abiertas y dejan escapar la música.

Desiderio va caminando por las aceras estrechas, observa a los vecinos asomados en los balcones desconchados de sus casas, mira sus rostros y piensa en lo atrevida que es la tristeza.

El trayecto es corto. Ya está cruzando el puente oxidado. Por debajo, el río indolente deja que dos remeros descamisados timoneen un botecito  por sus aguas.

—¿Hay algo vivo en este río? —grita Desiderio. Ninguno contesta.

III

Senderos de tierra y grava. La suciedad, el calor, ningún sitio donde refrescarse y el sofocante tufo que emana del río. Mosquitos. Desiderio está desanimado pero, justo antes de darse la vuelta, algo llama su atención. Dos palmeras reales escoltan un banco de hierro, igual de oxidado que el puente que había cruzado. En el respaldo del banco, trinan azulejos y negritos.

Levanta Desiderio la vista y descubre que el cielo se refleja en las plumas de los pájaros. Despiertos sus sentidos, estos le muestran que hay árboles que han entrelazado sus ramas en señal de hermandad.

El cazador de instantes comienza a volar por encima del abandono y la suciedad.

Desiderio ya no explora las casas destartaladas, ni siente los ojos que, desde los balcones, lo siguen. Está exultante, está seguro de que esta vez el teclado de su vieja máquina de escribir acatará las órdenes que le transmitirá con sus manos.

(Tocan a la puerta.)

—Con su permiso, le traigo un buchito de café —la hospedera deja en la mesa una taza humeante.

«La tarde me sorprendió en medio de….». No. «Una tarde, dando un paseo, llegué hasta el parque  del Almendares y….». No. «Amanece y los pájaros trinan…» No. No. No. Desiderio teclea pero no puede avanzar más allá de la primera línea, no se le ocurre nada. En su mente sólo hay imágenes sin movimiento. Las manos le sudan. Enciende un cigarro, da zancadas por el sórdido cuarto. Abre la ventana y deja que entren la música callejera y las guasasas.

No hay hechizo.

IV

Desiderio había olvidado soñar, había dejado de sentir y no lograba hilvanar las palabras. Candela, la muchacha que había inspirado su única novela, no era más que un recuerdo vago. Un beso olvidado entre la tupida maraña de artículos por encargo.

Empecinado, Desiderio continuó visitando el Parque del Almendares.

Desiderio se acostumbró a la fetidez y a la suciedad del río.

Desiderio no escuchó el ¡hup-hup! del camao, el ave que avisa de una tierra rica en simientes de güira.

—¿Qué diferencia hay entre talento y oficio? —preguntó un azulejo a otro pajarito.

—En las lianas trepadoras está la respuesta —cantó, con su pico grueso y su voz melodiosa, el negrito.

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