“Sin embargo, nos pareció superfluo anteponer a las numerosas bagatelas presentadas en el recital una especie de discurso programático en que presumían de ser los auténticos heraldos del único arte beatífico. Sí, debemos decirlo: estos jóvenes señores saben tocar la trompeta, pero poco más”.

El arte, hijo nacido de hombre, requiere de un espejo donde contemplarse. Si el espejo falta la obra creada queda incompleta; si la luna se quiebra en mil pedazos, el resultado se altera.

Sin espejo, sin público, no hay espectáculo.

La suerte o mala suerte del éxito de un artista depende, en gran medida, del grupo donde se halle. Puede decirse que existen cuatro categorías y que en sólo dos se miden los niveles de aplausos.

La primera y más deseada, pero más exclusiva, agrupa a hombres de grandes talentos, reconocidos y aplaudidos por sus aptitudes, son hombres de éxito. La segunda categoría reúne a personas mediocres que concentran en ellas una serie de características personales que interesan a los grandes propagadores de arte, son oportunistas al servicio del poder que las publicita y cosechan éxitos a medida. En la tercera categoría encontramos a los más vulnerables, a los más sufridos, a los talentosos destinados al anonimato por falta de medios, de contactos, o por no prestarse a ser comprados; éstos en vez de vítores acumulan desengaños. En la cuarta y última categoría descubrimos a los hombres sin ingenio que creen tenerlo. Es una colectividad de invidentes, la más numerosa y reivindicativa, que se destaca por ir contracorriente y creerse la avanzadilla de nuevos movimientos artísticos.

Tardía fama es una novela corta de gran intensidad, una novela donde Arthur Schnitzler (1862-1931) destripa, con su característico tono burlón y crítico, a los intelectuales –cuarta categoría- que ocultan su falta de creatividad tras una lucha dialéctica contra los que “andan por el camino trillado”. Estos personajes son incapaces de reconocer sus limitaciones, pues son tan incendiarios que el humo que desprende su corta mecha los ciega.

A diferencia de otras novelas suyas, donde el monólogo interno tiene una gran repercusión en el texto, Schnitzler se sirve con frecuencia, en Tardía fama, de la forma literaria del diálogo, pues ésta le permite soltar la lengua de sus personajes. El autor quiere exponerlos al espectador, ese ser que tanto desean y desprecian, al que hacen responsable de la situación de marginalidad en la que se encuentran. Para estas gentes de poca talla y mucha pretensión, el púbico no es más que masa ingrata e indiferente. Sólo hay un personaje que recuerda que el espectador es necesario: “-Lo principal, además, no son los periódicos -dijo Blink-. Lo que importa es el público”.

La agilidad que aporta el predominio del diálogo en la construcción del texto permite a Schnitzler recrearse en el orgullo desmedido, la rivalidad insana, la soberbia, la excentricidad, la agresividad verbal de unos protagonistas que conforman un colectivo de sujetos de naturaleza egocéntrica.

Tardía fama fue escrita en Viena, la ciudad del autor, entre 1894 y 1895. Arthur Schnitzler era médico y compañero de Theodor Hermann Meynert (1833-1892), maestro de Freud. Era miembro del movimiento de la “Joven Viena” (1890-1910).

Schnitzler y otros intelectuales judíos -Karl Kraus (1874-1936), Hugo van Hoffmannsthal (1874-1929), Gustav Mahler (1860-1911), Ludwig Wittgenstein (1889-1951), Arnold Schönberg (1874-1951), Sigmund Freud (1856-1939), Joseph Rot (1894-1939) …-, tuvieron mucho que ver en el hecho de que Viena se convirtiera en el centro de todas las miradas de la Europa de finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Pero muchos de los judíos que fueron aclamados en las tertulias de los “salones” de la capital, cuando el nacionalsocialismo se hizo con el control del poder, en un alarde descarado de ingratitud,  fueron marginados.

El primer trabajo de Sigmund Freud que da inicio a sus análisis sobre la líbido, Estudio sobre la histeria, se editó en 1895, el mismo año de publicación de Tardía fama que, por cierto, da rienda suelta a al delirio colectivo de un grupo de gentes que sienten que no son comprendidos y que son tratados injustamente por la sociedad. Es interesante cómo se manifiesta en ellos la relación de amor=odio=necesidad=desprecio hacia la colectividad.

Freud y Schnitzler se conocieron. En 1922, en una carta que el psicoanalista envía al célebre escritor, y que demuestra la admiración que siente por éste, dice:

“Su determinismo así como su escepticismo –que la gente llama pesimismo–, su penetración en las verdades del inconsciente, en la naturaleza de las pulsiones del hombre, su demolición de las certezas convencionales de la civilización, la adhesión de sus pensamientos a la polaridad entre amor y muerte, todo me sorprendió con una inquietante familiaridad”.

A pesar de que en la novela encontramos personajes con formas muy variopintas todos tienen un fondo parecido. Y todos están condicionados por un protagonista que no se manifiesta explícitamente, pero que tiene un papel primordial: el Tiempo. El Tiempo tiene en esta trama un socio particular, un poemario de juventud titulado “Andanzas”, escrito por el anciano Saxberger en sus años mozos y que se ha convertido en obra de culto del grupo de jóvenes que han apodado a su autor como Poeta Emérito y Venerable Maestro.

El poeta venerado, que renunció a su vocación de escritor para convertirse en un funcionario público, que en treinta años no ha sentido la necesidad de escribir un solo verso, se ve envuelto en una maraña que lo desquicia hasta tal punto de creerse que es lo que no es. Futuro y pasado. El anciano representa el futuro de sus seguidores; éstos son el pasado del anciano. Y el Tiempo juega su partida con los ciegos.

Todos se utilizan. Pero, ¿cómo es posible que el viejo se deje arrastrar por el aquelarre de un entusiasmo sin fundamento? En la respuesta a esta pregunta juega un rol importante, aunque no único, la vanidad.

¿Cómo es posible que el grupo más joven no pueda ver que el anciano no es más que un hombre corriente, sin talento ni aspiraciones, que ha aceptado con gusto su vida rutinaria? ¿Por qué lo convierten en su tótem? En las respuestas a estas preguntas también hay que incluir a la vanidad, aunque hay más.

¡Cuánta ironía se desliza por esta magnífica novela!

Tardía fama explica el respeto que Freud sintió por Schnitzler. El amor excesivo a sí mismos que se profesan los personajes que componen la trama, la infelicidad que esta situación les provoca, el egoísmo que florece entre ellos como consecuencia de una tendencia exagerada a exaltar sus propias -inseguras- personalidades, son asuntos que no debieron pasar desapercibidos al autor de La interpretación de los sueños.

“Andanzas” es el poemario que levita sobre la trama. “Entusiasmo” es el nombre que el grupo de jóvenes pone a la asociación que crean. Sobre las espaldas del anciano Eduard Saxberger, miembro de honor, poeta emérito, recae el peso del recital que oficializará las andanzas de los entusiastas discípulos.

¿Logrará el anciano escribir el poema que le piden? Y si es así, ¿entusiasmará al público su nueva obra? En las respuestas está la clave de la novela.

El arte, como hijo nacido de hombre, requiere de un espejo donde reflejarse.

Tardía fama está traducido por Adan Kovacsics. El libro está publicado por la editorial Acantilado en su colección Narrativa.

Para ilustrar esta reseña he escogido tres grabados del artista austríaco Ludwig Heinrich Jungnickel (1881-1968).

1. Grillo fumador, grabado en madera, 1910.
2.Marabúes, grabado en madera, 1909.
3. Tres guacamayos, grabado en madera, 1909.


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