“No era silencio, porque el silencio es tan solo la ausencia de sonidos; era mutismo: cuando todos los que callan podrían hablar pero no quieren hacerlo”.
Leonid Andréiev

Las historias recogidas en Judas Iscariote y otros relatos fueron escritas entre 1900 y 1907, en pleno apogeo del movimiento anarquista ruso. Pero gran parte de la obra de Leonid Andréiev (1871-1919) se encuentra comprendida entre la Revolución de 1905 y la Revolución de 1917. Al margen de las fechas y de las peculiaridades que estas gestan, en todos los relatos está presente el desasosiego de una época que se caracterizó por su violencia.

El escritor ruso pone al servicio de sus personajes, para que se valgan de ellas, dos corrientes literarias que compartían por entonces espacio y tiempo: el expresionismo y el simbolismo.

Máximo Gorki, el sumo exponente del realismo ruso de principios del siglo XX, un día de 1898, hojeando El Mensajero de Moscú, se encontró con una historia pascual, un relato titulado Bargamot y Garaska que llevaba la firma del joven Andréiev. Ese día de 1898, un impresionado Gorki decidió apoyar al autor de Mutismo (1900), Gobernador (1906) y Judas Iscariote (1907), los tres relatos recogidos en el libro que presento hoy.

A partir de ese momento, Gorki y Andréiev se convirtieron en dos de los autores vivos más relevantes de su país: Máximo Gorki como representante del realismo literario y Leonid Andréiev como experto en crear ambientes de marcado carácter onírico, donde la inevitable muerte, la soledad del hombre contemporáneo y la falta de espiritualidad se manifiestan en espacios sofocantes habitados por antihéroes.

Los hombres y mujeres de los cuentos recogidos en este libro tienen rostros cincelados a base de sarcasmo y tristeza. Son personajes mimos que revelan lo invisible (el pensamiento) a través de lo visible (los actos).

Leonid Andréiev fue un defensor de la libertad individual, pero no estuvo de acuerdo con los modos violentos utilizados por los anarquistas y los bolcheviques para conseguirla. Su posición sobre la situación política de su país y sobre la Revolución frustrada de 1905 está recogida en El gobernador, un relato que recuerda la carnicería del Domingo Sangriento y que se inspira, para la construcción del personaje principal, en el gobernador de Moscú, el Gran Duque Sergio Aleksándrovich Románov, asesinado el mismo año de la Revolución. Andréiev fue un liberal convencido y un defensor de la abolición de la pena de muerte, un hombre que afirmaba que había que “vencer con la cabeza y no con las manos”.

Este escritor ruso, que mira en el interior del hombre como por el ojo de una cerradura, que huye de la instantánea fotográfica pero no de la realidad que le tocó vivir, que siente interés en demostrar el carácter destructivo del mutismo y el carácter irreversible de todo hecho acontecido, convierte a la mente en la verdadera protagonista de todas sus historias, pues todo sucede a partir de lo que se cuece “en las inaccesibles honduras del cerebro”, padre de las emociones.

En Mutismo, el cuento más antiguo de los tres recogidos en esta antología, la necesidad que tiene el protagonista de conocer la razón que provoca la tragedia familiar, necesidad que se vuelve obsesión, es la que mueve la trama.

En Mutismo queda patente el poder destructivo que nace de la falta de comunicación.

Judas Iscariote es todo un clásico de la literatura del siglo XX. El autor, partiendo de la historia recogida en la Biblia, borra la fina línea que separa el bien del mal.

En esta historia el miedo trasforma al hombre bueno en traidor.

Pero el relato también advierte del peligro que representa para la sociedad el hombre convertido en masa, el hombre despojado de su identidad por voluntad propia. No importa quién es ese que has escogido para que piense por ti, nos advierte Andréiev, no importa lo bueno o especial que sea, si traspasas tu poder de decisión tendrás que pagar por ello.

En Judas Iscariote, al igual que sucede en el teatro simbolista, la atmósfera se consigue con un decorado que, en vez de cumplir la función tradicional de adorno, de complemento, asume la representación externa del espíritu de la obra.

Una de las cosas que llama mi atención es el modo en que el autor construye los espacios que acogen a Jesús, a los sumisos discípulos y a Judas, único dispuesto a preservar su personalidad, por muy malvada que sea.

Andréiev utiliza los entornos para generar extrañeza y se vale para sus alegorías de tres elementos: el clima, las partes en las que se divide el día y los sonidos que imaginamos a partir de las descripciones que hace de los runrunes del viento, de los crujidos de las ramas, del repiqueteo de las aguas, del alboroto de piedras, de lo que cruje bajo las pisadas, de las armas de los soldados, de los timbres de las voces…

Judas, al día siguiente de la muerte de Jesús, visita a aquellos que juraban dar hasta su último aliento por Él. Al llegar, descubre que el duelo no les ha impedido dormir y comer.

Los discípulos de Jesús lo acusan de traidor y pretenden echarlo del refugio. Pero Iscariote, con mirada fría y despreciativa, se centra en aquel que negó a Jesús tres veces y contesta así a los insultos:

-¿Por qué no fuiste? ¿Por qué no fuiste, Pedro? ¡La gehena de fuego! ¿Qué es la gehena? Y aunque allí hubieras ido, ¿de qué te sirve el alma si no te atreves a arrojarla al fuego cuando quieras?

La obediencia ciega, el miedo a decidir y a perder la vida convierten en desertores a los buenos hombres que amaban a su Señor.

Judas Iscariote y otros relatos está publicado en la editorial LOM.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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