ÚLTIMA VOLUNTAD

«No llames feliz a nadie antes de su muerte.»
Eclesiastés 11-34

Viento, mar y vela, Charles Sheeler, óleo sobre lienzo, 1948.

El tendero fue quien dio la voz de alarma. Rosita no había pasado aún por la tienda a recoger las escobas. La anciana le había encargado una barredera a la semana el mismo día en que había hecho entrega al Señor de su  pariente más cercano. Sucedió así:

—Buenas tardes, Don Gonzalo, vengo a realizar un pedido.

—Lamento mucho su pérdida, señora —el tendero se santiguó—. Pero le digo que su hermano seguirá velando por usted —el hombre alzó su dedo al techo, como indicando al cielo—. Téngalo presente —Rosita suspiró y dio las gracias.

—Dígame, ¿en qué puedo ayudarla?

—Necesito que me suministre cuatro escobas al mes, pero no plásticas. Nada moderno, se lo ruego. Las quiero de sorgo escobero y mango de madera.

—Cuente con ello, paisana. Y, bueno, si no es indiscreción, ¿para qué necesita usted tantas escobas, tanto tiene que limpiar?

—¡Oh!, no. Las utilizaré para borrar las sombras del pasado.

El tendero fue quien avisó a los vecinos de que algo no iba bien en el hogar de Rosita. La casa estaba cerrada y una escoba se encontraba tendida a la puerta de la entrada.

—¿Alguien la ha visto últimamente? —preguntó el vendedor a los vecinos más cercanos.

—La verdad es que, ahora que lo dice, no —respondió, preocupado, un lugareño.

—Hace días que no la veo barrer el porche —se apresuró a decir el aguador del pueblo.

—¡Miren, miren, el gallinero está vacío! —señaló Juana, quien, además de hacer que todos se fijaran en la jaula de las aves, comentó la técnica que utilizaba Rosita al barrer—: Ella barre así, ¿ven? —mueve la escoba de adentro hacia afuera—. Dice que así espanta los espíritus que la rondan.

II

La última tarde que Rosita pasó en el pueblo la decidió el tema tratado en el programa habitual de radio que ella solía escuchar luego de terminar sus quehaceres. Esa tarde se deliberaba sobre las últimas voluntades. La tertulia fue intensa y los participantes, en la medida en que el coloquio avanzaba, fueron acalorándose. Pero hubo una voz que sobresalió sobre todas, una voz que defendía el criterio de realizar en vida los últimos deseos. Esa voz afirmaba que casi nunca los deudos respetan el mandato del finado, o bien por una cuestión de tiempo o bien por una cuestión de conveniencias. Esa noche Rosita no pudo dormir pensando en su última voluntad.

Rosita cumplió noventa años la mañana que partió del pueblo. Ese día, luego de barrer su casa por última vez, pidió un taxi con capacidad especial, pues transportaba con ella lo único que le interesaba de aquella casa. El taxista la llevó a su destino, que no era otro que un trozo de tierra costera que ella había heredado mucho tiempo atrás.

—Déjeme aquí -dijo al conductor, luego de pagar el importe del trayecto y de que este sacara de la parte trasera del coche una mecedora—. Gracias, puede marcharse.

—¿No quiere, al menos, que la ayude a llevar el balancín a alguna parte? —preguntó el taxista, totalmente desconcertado al comprobar que no había nada que indicara civilización.

—Pues si es tan amable y me acerca el sillón a las higueras; pero, por favor, prométame que luego se marchará.

—De acuerdo, de acuerdo.

—¡Y ni una palabra a nadie de mi paradero!, ¿sí?

—Pero, señora…

—Se lo ruego. Estaré bien.

Unos días más tarde, al amanecer, dos excursionistas que hacían la ruta de la costa hallaron, sentada en su poltrona y abanicada por las hojas de unas higueras preñadas de frutos, a Rosita. La anciana tenía el color del almidón, los ojos abiertos y sus dedos largos y fríos sostenían un pequeño sobre.

«En cumplimiento de mi última voluntad, muero frente al mar», leyó el juez de guardia, quien, luego de dar la orden de levantar el cadáver, entregó a la policía científica la nota que habían sujetado las manos rígidas de Rosita. Las fijas pupilas de la anciana reflejaban la proa blanca de un velero que impedía a un océano de plomo fundirse con el cielo. Rosita se llevó el horizonte partido en dos mitades.

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