“Un niño, un libro y una lección de vida”.

-Niño, ¡discúlpate! -dijo la madre en cuanto abrí la puerta.

-¿Por qué? ¿Qué sucede? -quise saber sorprendida.

-Me se dijo que fue él quien se llevó el libro -contestó, avergonzada, mi vecina.

-¿De qué raza es? -preguntó el chaval que estaba vigilante, a pesar de tener la vista clavada en el suelo.

-Eh, muchacho, devuelve el libro y discúlpate de una vez. No tengo todo el día…

-Ya lo he hecho, madre. ¿De qué raza es el perro? -insistió, señalandole.

-Es un fox terrier. Venga -dije-, entremos en casa.

-Es lindo -afirmó. Y el perro, como si comprendiera, agitó la cola.

-¿Y bien…?

-¿El qué…?

-¿Por qué te lo llevaste?

-Ah, no sé -respondió y movió los hombros antes de que la madre le diera un coscorrón-. Me gustó el dibujo.

-¿Lo leíste? -quise saber.

-Bueno, sí, a ratos.

-¿Y…?

-Va de un chico que se come muchos marrones y tiene un amigo negro -dijo con voz clara posando la vista en mí.

-¡Esa boca, Migue, esa boca! -la madre, nerviosa-. ¡Qué lástima de crío!

-¿Tiene Coca Cola?

-Venga, nos vamos -lo empuja hacia la puerta.

-¡Uy, mama, me hace daño!

-Voy a preparar uno de esos cafés que tanto te gustan. ¿Subes a casa?

-En un ratito, en cuanto termine lo que estaba haciendo -dije a mi vecina, y al chico-: ¿Entonces, quieres la Coca Cola?

Pausa.

-¿Me lo regala, o qué? -tengo el libro entre las manos.

-Hum…, eso depende de lo que te haya gustado.

-Lo prefiero regalado -afirmó sin titubeos.

-¡Ay, Dios, ay, Dios bendito! ¿Y yo qué hago con este chico? -una arruga vertical en el entrecejo de la mujer-. ¡Serás…! -la mano alzada-. Anda, vámonos antes de que te caiga la del pulpo. ¡Ya verás,  ya verás, cuando lleguemos…!

Y madre e hijo marcharon por la cuesta polvorienta a paso rápido para evitar en lo posible el sol  sin brisa del verano madrileño.

Migue se llevó consigo la edición de Las aventuras de Huckleberry Finn que había sustraído de mi biblioteca tiempo atrás. Una publicación bonita, con tapas duras y muchos grabaditos.

La anécdota que cuento tiene algunos años. Hoy el chico es un mozalbete que sigue guardando el libro que le regalé, ese volumen donde un chico y un negro esclavo se comen un sinfín de marrones y planean aventuras animados por los cuchicheos del río Mississippi.

Por cierto, la novela de Twain no es la única que Migue leyó, pues pasaba por casa en busca de nuevas historias. Fantaseaba mientras ayudaba a su padre a recoger el  papel y el cartón que los comercios dejaban en las aceras.

Esta historia me enseñó a captar las señales que otros me envían. Los nombres que menciono me nombran. Esa es mi recompensa.

Nota: Ilustración de E.W. Kemble para la edición de “Las aventuras de Huckleberry Finn”, 1884.


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