UNA FANTASÍA DEL DOCTOR OX

«… qué hacer para cambiar el rumbo que está tomando la vida.»

Una fantasía del doctor Ox es un relato atípico dentro del catálogo de obras de Julio Verne (1828-1905). Y lo es porque en él la ciencia ficción, género que tanto debe al autor francés, da paso a una historia con connotaciones morales, de carácter didáctico y de tono burlón. Verne nos ofrece una parodia sobre una época en la que las investigaciones científicas tuvieron su momento de gloria.

En el siglo en el que Julio Verne nació, los acontecimientos tecnológicos y científicos se sucedieron a una velocidad vertiginosa. Entre los inventos del siglo XIX destacan la locomotora (1804), la fotografía (1826), la anestesia (1846), el ascensor (1851), la lámpara incandescente (1854), el teléfono (1854), el submarino (1859), el dirigible (1853), la máquina de escribir (1872), el automóvil (1885), el avión (1890) y otros muchos que no señalo aquí por cuestión de espacio —apunto algunos de los que encontraron en la literatura verniana sitio donde recrearse.

En Una fantasía del doctor Ox es la electricidad la que da origen a la trama. La electricidad es progreso y el progreso es conocimiento si…

En Una fantasía del doctor Ox, Julio Verne alerta del peligro que corre el hombre moderno y el medio ambiente si no se regulan las investigaciones científicas. La ciencia puede hacernos la vida más fácil o puede acabar con todo, que sea de una forma o de otra es responsabilidad de nosotros. La ciencia puede llegar a ser una herramienta mortal si la sociedad se desentiende de todo el proceso de búsqueda, importándole solamente el resultado final. Esa es la moraleja del relato.

Los habitantes de Quiquendone, una ciudad ficticia ubicada en Flandes, son conocidos por su apatía. Viven en armonía desde hace siglos, y desde hace siglos han resuelto una sola cosa: no decidirse por nada. Viven apartados de la metrópoli y consumen sus propios productos, por lo que ni siquiera tienen conflictos comerciales.

Quiquendone es la ciudad escogida por el doctor Ox para llevar a cabo su experimento, que no es otro que gasear la ciudad para estudiar el comportamiento de sus habitantes. El gas oxi-hídrico, que se supone permitirá el alumbrado público, hará de Una fantasía del doctor Ox otra historia de Verne que se adelanta a su tiempo. ¿Gasear seres humanos? ¡Vaya si nos suena…!

La electricidad y una vaca despistada, que en el siglo XII tuvo la mala idea de cruzar la línea divisoria que separaba su prado del prado de Quiquendone, son los actos que desencadenan los conflictos de esta historia donde la ironía y lo extraordinario se encuentran.

El otoño, Nicolas Poussin, óleo sobre lienzo, 1664.
(Pintura mencionada en el relato.)

Una fantasía del doctor Ox se editó por primera vez en 1872 en una revista llamada Musée des familles. Luego, en 1874, el editor Pierre-Jules Hetzel (1814-1886) —editor de cabecera de Verne— publicó un libro titulado Doctor Ox donde agrupó cuatro historias de ficción, incluida la que hoy reseño.

En la editorial SD Edicions, en tapa blanda, en formato pequeño y con la portada y las ilustraciones originales del danés Lorenz Froelich (1820-1908), encuentras Una fantasía del doctor Ox. El libro, traducido por Irene Rodríguez de Soto, te hará pasar un buen rato, pues, como todas las obras de Verne, es refrescante y ocurrente.

Además, no nos viene mal su moraleja. Acaso, ¿no nos hemos vuelto  quiquendonianos? Acaso, ¿no tiene nuestra abulia algo que ver en lo que nos sucede? Acaso, ¿nuestra sociedad se ha cuestionado qué parte de responsabilidad tiene en las pérdidas de libertades que estamos padeciendo?

¿Qué sabemos, realmente, del virus que nos ataca que no sea el miedo que nos provoca? Dejamos que otros piensen por nosotros, aunque esos otros demuestren con hechos su incapacidad, cuando no su mala fe, para poner fin al virus que nos acosa. La verdadera pandemia que padecemos es la del miedo. El mirar hacia otro lado nos ha vuelto vulnerables, irascibles, solitarios, ciegos.

Ningún habitante de Quiquendone se cuestionó la propuesta del doctor Ox; ningún habitante se preocupó por descubrir sus verdaderas intenciones.

ENLACES RELACIONADOS

Víctor Hugo. Poemas de amor.

Renoir, Maupassant y un balneario a la orilla del Sena. Incluye el cuento La mujer de Paul.

Los impresionistas y la fotografía.

La mandrágora (Jean Lorrain). Y un poquito de Montmartre.

El diablo enamorado. (Jacques Cazotte).

Vicent van Gogh. Flores y paisajes.

Toulouse-Lautrec. Carteles.

El regador regado, la primera película de ficción y el primer cartel cinematográfico.


Compártelo con tus amigos: