“¿Qué dolor te ha mordido que corres tanto…?”
Joaquín González Estrada


Muebles en el valle, Giorgio de Chirico, óleo sobre lienzo, 1963.

El relato que leerás a continuación tiene como locación la habitación de una fortaleza ubicada en tierras castellanas. Allí, encerrada, se encontraba una muchacha que respondía al nombre de Clavel. Era pálida, de pelo ensortijado y muy bien proporcionada. Clavel soñaba con un joven caballero que, escalando el torreón, la rescatara. Pero había un problema: la única ventana que había en la estancia era tan alta y estrecha que apenas entraba un rayo de luz por las persianas.

Clavel pensó y pensó y, repasando con detenimiento cada objeto, cada detalle que la rodeaba, encontró la solución en un viejo trono púrpura. Lo arrastró y lo colocó en el sitio adecuado para llevar a cabo su plan. Clavel quería llegar a la altura del tragaluz para poder espiar el horizonte lejano por donde ella creía que llegaría su amado, para que, cuando llegara el momento, él pudiera ver un pañuelito calado agitado por el viento. ¿Cómo fue que lo logró? Con voluntad, energía y pasión. Sentada en el trono envió una orden a su mente: su talle debía alzarse hasta que sus ojos alcanzaran la ventana.

Una idea fija cambió la fisonomía de Clavel. Los músculos de sus piernas se debilitaron en la medida en que su tronco crecía como un ciprés. Aquellos fueron días de tensión, pues su concentración se veía amenazada por el chirriar de los cerrojos a la hora de las comidas y por las voces de los carceleros que jugaban a los dados.

¡Y Clavel llegó a la ventana! Fue el día en que se produjo un eclipse solar. Por fin, su mirada escapaba por entre las celosías. Y su fuerza de voluntad y su propósito claro consiguieron su objetivo. Pero algo se le escapó a Clavel cuando elaboró su plan. Toda la energía que necesitó para hacer crecer su talle la hurtó a sus piernas. Había llegado a la meta, pero no podría andar cuando su príncipe la rescatara. Era su deseo tan grande, tantas las ansias por huir, que no dedicó ni un segundo a estudiar los imprevistos que toda intención conlleva.

Luego de observarla un buen rato, he cambiado de opinión. Clavel no merece morir sentada en su trono con las manos descansando en los muslos adiposos. Tendrá una segunda oportunidad. Para que su idea no se evapore y pueda salir de allí, pues la falta cometida es hija de la ansiedad y no de la galbana, he pensando que un aldeano -no un Don Juan- plantará una hiedra a los pies de su ventana. De esa forma, cuando la enredadera crezca, podrá trepar por ella y, a la manera de los cuentos clásicos, rescatar a la zagala.

(A Clavel le llega a través del tragaluz una canción silbada y el relincho de una mula. Sancho Panza está removiendo la tierra con una azada).


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