Son los vaivenes de la memoria. Veo mis pies de niña, mis pies de diez años, pisando el asfalto -huelo el mar y, sin embargo, estoy andando por los montes de El Pardo-. Veo la mano de mi madre cogida de la mía y veo el asombro en su rostro cuando mi voz le afirma que me iré lejos, muy lejos, cuando sea grande. Y siento sus ganas de saber cómo realizaré mi sueño. Escucho su pregunta y también mi respuesta: “No lo sé”.

Con veinte años un avión me condujo a Buenos Aires. Recuerdo las sandalias de cuero con las que marché de Cuba. Recuerdo la imagen de mis padres y mi hermana cercada por la ventanilla del avión. Llorábamos por la despedida, por la incertidumbre de no saber cuándo nos reencontraríamos. Llorábamos desconsolados sin tener conciencia de que nuestras lágrimas eran lluvia abonando la tierra. Un tiempo después, otros aviones se ocuparon de sacar a mi familia de la isla de la vida triste.

Hoy he visto un árbol con la corteza agrietada. Es viejo, está enfermo y su follaje se inclina hacia un risco cubierto de jaras. Me he acercado a abrazarlo y, al hacerlo, he visto una fila india de hormigas transportando el ala plateada de una libélula. Parece una barca movida por aguas pardas.

Me quedo observándolas. A los pies del tronco está el hormiguero. Y vuelvo a mi vida de hoy y me veo como Blancanieves escuchando los silbos de los pájaros.

Fotografía de Gabriela Díaz Gronlier.


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