Vestida con una túnica de gasa verde, Eva deja caer sobre el mantel las cáscaras rojas de las manzanas que monda con furia. El gato, entregado a la dejadez del sueño, reposa en el alero de la ventana que ilumina la habitación con los rosas del alba.

Mientras, el hombre menudo, de nariz afilada y pies descalzos, toca el violín sin cuerdas desde la jaula en donde Eva lo tiene atrapado. El hombre tiene fe en que sus notas imaginarias obtendrán la mediación del cielo.

Durante la escena, una joven mariposa vuela hacia la luz de una vela y le ofrece sus anchas y frágiles alas.

Pero toda ofrenda es inútil. Todo cambio exige la destrucción del mito.


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