WALT WHITMAN

Vida y aventuras de Jack Engle es un tesoro recién descubierto, un tesoro escondido en un viejo periódico neoyorkino de mediados del siglo XIX. Vida y aventuras de Jack Engle tiene la factura de una novela por encargo. Pero no te desanimes, amigo lector, porque el genio de Walt Whitman se escapa del tintero y salta a las páginas de este libro ofreciéndonos una novela de diálogo suelto y muy entretenida. Su trama presume de tener lo necesario para complacer a un público heterogéneo: romances, intrigas, misterios ocultos, estafas, confesiones y hasta un asesinato. Es una historia llena de acción.

Walt Whitman escribió la novela para el periódico Sunday Dispatch, donde colaboraba con asiduidad. Vida y aventuras de Jack Engle se editó por entregas entre el 14 de marzo y el 18 de abril de 1852. La nota de presentación del relato, escrita por los editores de dicho periódico, informa al lector que Whitman entregó el texto terminado y que este sería publicado en seis partes, una por semana.

Han pasado ciento sesenta y cinco años desde que Jack Engle —personaje principal de la novela— escribiera su autobiografía, que es el género escogido por Whitman para dar voz a su intérprete. La trama de la historia está contada por Engle, el entonces estudiante en prácticas del bufete del malvado abogado Covert. Es Engle el que nos va presentando el variopinto elenco de personajes que dan vida a la historia y cuyas descripciones ocupan, por cierto, una buena parte de la misma.

Walt Whitman, entre seres inescrupulosos y seres bondadosos, sitúa la acción en el Nueva York de su época. Sus personajes representan a los hombres y a las mujeres de su tiempo. Whitman nos habla de lo que le preocupaba: la situación de indigencia de los niños huérfanos y abandonados y la precaria vida de la multitud de ancianos solitarios que vagaban harapientos por las avenidas cada vez más fastuosas de una ciudad bendecida por el desarrollo industrial.

Pero Whitman no predica, no sermonea, Whitman muestra. Colando la realidad en la ficción, el escritor denuncia la situación de abandono y miseria de los dos miembros más desprotegidos de la sociedad: los niños y los viejos. Vida y aventuras de Jack Engle, además de ser testimonio de una dolorosa realidad social es un llamado a la necesidad de centrar la atención en la educación infantil.

La narración está dividida en veintidós capítulos que tienen, a su vez, un pequeño resumen de la historia que se desarrolla en los mismos —esto es típico de los folletines publicados por entregas, como lo es también la mención de situaciones producidas en episodios anteriores para refrescar la trama al lector—. De esos veintidós capítulos, los catorce primeros están dedicados a presentarnos una rica variedad de personajes. Los ocho restantes muestran el conflicto principal, su desarrollo y la solución del mismo. Podríamos decir que, a partir de algo más de la mitad del libro, la novela no corre, vuela hacia el desenlace.

Es curioso este hecho porque es evidente que Whitman tenía la intención de construir una trama más larga, si no para qué dedicar tantas páginas a describir unos personajes que, en algunos casos, no pasan de ser puros bocetos. ¿Recibió el mandato, por parte del editor, de acortar la historia y ajustarla a esas seis entregas que se anuncian en la publicidad que hace el periódico de la novela? ¿Renunció voluntariamente, por alguna razón que desconocemos, al realismo, ese movimiento literario que se regodea en extensos párrafos descriptivos?

Pienso que lo razonable hubiese sido, siguiendo la tradición literaria de la época, que el asunto principal permaneciera más tiempo en adobo, turbando la curiosidad del lector o, como se diría ahora, cebando el conflicto. Está claro que los capítulos están descompensados, pero no afecta al ritmo de la historia, créeme. La narración es más dickensiana por el contenido —muestra una sociedad que en la medida que aumenta su riqueza es más injusta— que por la forma —Dickens no entendía de brevedades y Whitman, en el texto que nos ocupa, tenía prisa por acabar.

Quiero resaltar dos capítulos incluidos en la última parte del libro. En concreto, los marcados con los números diecinueve y veinte. En ellos Whitman arrebata el mando a su protagonista, casi  lo echa a un lado para ubicarse él en el primer plano. El autor, quien a través de Engle nos presenta una historia protagonizada por honrados y perversos para así reflejar el eterno enfrentamiento entre el bien y el mal,  coge las riendas de la historia y, aprovechando la visita del personaje principal al cementerio de Trinity, diserta sobre la vida y la muerte, sobre la conciencia, sobre el Tiempo finito del hombre, sobre el arrepentimiento, sobre la bondad salvadora.

Walt Whitman no es fatalista. Whitman transforma la solidaridad en un ángel salvador de almas.

Es cierto que no todos los hombres tienen la misma suerte, pero allí donde un ser desgraciado toque la puerta de un hombre bondadoso, sea este rico o pobre, su vida cambiará, nos dice Whitman; quien habla de ambiciones y venganzas y de gestos que humanizan, asegurándonos que gran parte de las desgracias y de las dichas provienen, exclusivamente, de nuestras acciones.

Vida y aventuras de Jack Engle fue rescatada del olvido por un alumno de la Universidad de Houston llamado Zachary Turpin, una especie de Gervase Fen —detective aficionado creado por el escritor inglés Edmund Crispin—. El acontecimiento tuvo lugar en el mes de febrero de este año. Un mes después del hallazgo tenemos la posibilidad, gracias a la editorial Ediciones del Viento, de conocer los pormenores de la vida de Jack Engle, hombre imaginado que compartió escritorio con los manuscritos de Hojas de hierba (1855), libro que Whitman comenzó a pensar en 1850.

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