“Si quieres entenderme, ven a las sierras o a las playas”.
Walt Whitman

Las hayas, óleo sobre lienzo, 1845.

Sí, ya sé que la entrada que hoy alojo en la sección de Poemas y Poetas en vez de recoger poesías recoge “ocurrencias” dispersas en un diario que fue escrito en pequeños trozos de papel, papeles doblados y esclavizados por una aguja para que los bolsillos que los guardaban no fueran a jugarle una mala pasada a su dueño, un poeta. Esos trozos manchados y garabateados son un canto a Norteamérica.

“Siguiendo mi costumbre, he anotado con lápiz, de vez en cuando, casi automáticamente, estados de ánimo, paisajes, horas, tonos y perfiles del lugar”, escribe Walt Whitman (1819-1892), el autor del diario. Whitman dio comienzo a esta especie de agenda el 2 de julio de 1882 y le puso por nombre Jornadas de América.

La idea de Walt Whitman era, fundamentalmente, escribir sus memorias sobre la Guerra de Secesión (1861-1865). Pero en Jornadas de América hay mucho más, hay impresiones sobre historia, política y sociedad. Y hay prontos dedicados a la naturaleza, que es el tema en el que va a centrarse mi propuesta de hoy.

Retrato de Walt Whitman, Thomas Eakins, óleo sobre lienzo, 1887.

Así sitúa el poeta al lector dispuesto a hurgar en sus memorias:

“Algún tiempo después de la Guerra, yo tuve un ataque de parálisis que me postró durante varios años. En 1867 empecé a superar lo peor. Desde esta fecha, pasé varias estaciones, especialmente veranos, en un apartado lugar del distrito de Camden, New Jersey (…), con primitivas soledades, serpenteantes corrientes, solitarios bancos de leños, primaveras de dulces forrajes, y todos los encantos que las aves, las hierbas, las flores silvestres, los conejos y ardillas, los viejos robles, los nogales, etcétera, pueden conseguir. En estos tiempos y en estos lugares fue escrito el diario en su mayor parte…”

El paisaje autóctono fue un tema recurrente en la literatura y el arte del siglo XIX norteamericano. Las grandes extensiones de bosques y praderías, las montañas de cimas inalcanzables, los ríos, los lagos inagotables, las cascadas indóciles y la potencia creadora del hombre moderno son temas utilizados para glorificar el naciente sentimiento de amor patrio.

Es fácil de entender este apego a la tierra, pues en las honduras profundas del alma humana descansa siempre el lugar que nos vio nacer y crecer. Tenía el poeta Whitman todas las razones posibles para levantar su voz a favor de unos territorios convertidos en rica nación. ¿Quién no se siente orgulloso de una patria próspera?

No tengo intención de enredarme en el tronco de un magnolio como una hiedra. Deseo que esta introducción sea ligera. Pero antes debo dedicar unas palabras al pintor que he escogido para acompañar los pasajes de paisajes del poeta nacional de Norteamérica.

Asher Brown Durand (1796-1886) compartió espacio y suelo neoyorkino con Walt Whitman. Durand fue el grabador más importante que tuvo Estados Unidos en su época, fue retratista y pintor de género. Pero es en los paisajes donde Durand crece y se extiende como una secuoya de California, pues a su gran talento artístico hay que agregar su gusto por los estudios al natural -él, sus pinceles, sus lápices y la naturaleza-. Junto a Thomas Cole (1801-1848), Asher B. Durand fundó, a mediados del siglo XIX, la Escuela del río Hudson. En La Escuela del río Hudson el paisaje pasa de ser mero acompañamiento a tener identidad propia, convirtiéndose en un género pictórico.

Retrato de Asher Brown Durand, Daniel Huntington, óleo sobre lienzo, 1857.

Hay un sentimiento profundo que late en la pintura y en la escritura de estos dos grandes intelectuales amantes del aire libre, que homenajean su nación describiendo su naturaleza, profundizando en ella y representándola con sinceridad. Ninguno tuvo necesidad de ser excesivo en sus halagos. Durand divulgaba el derecho de la pintura a reflejar la realidad sin bombos ni platillos. No renunció a los efectos atmosféricos del Romanticismo, pero sí al exceso que todo desborda presente en ese movimiento. Y Whitman, ¿qué decir de Whitman? ¿Qué cosa nueva se puede aportar sobre el espíritu que regó pacientemente Hojas de hierba?

Walt Whitman y Asher B. Durand defendieron su estilo de los formalismos europeos y de las expresiones estéticas heredadas. Los dos naturalistas buscaron fórmulas nuevas para un tiempo nuevo que valoraba todo sentimiento de pertenencia a la tierra que los crio. Para la joven nación, la tierra salvaje y próspera es una presencia no sólo física, sino también espiritual; de modo que paisaje y patria se funden y se muestran en comunidad.

La naturaleza fue también una fuente inmensa de bienestar para el poeta y para el pintor. Ambos pisaron las tierras del Oeste. Ambos vivieron muchos años y sólo los achaques de la vejez pusieron punto y final a las caminatas iluminadas por el sol naciente y a los descansos amparados por las frondosas sombras de los robles centenarios.

Cuando un aficionado a las artes plásticas le pidió a Durand que le impartiera algunas clases para aprender a dibujar paisajes, este le respondió: “Acuda en primer lugar a la naturaleza si quiere cultivarse en el arte de pintar paisajes”. Para el pintor norteamericano el boceto al aire libre era fundamental, pues garantizaba que la modelo -la naturaleza- fuera descrita con todas sus peculiaridades.

Partes activas de su nación , orgullosos de ella, Whitman y Durand son dos cascadas que se funden en mi página para presentar sus alabanzas a la naturaleza de un país en plena floración. Cuando termines de leer los pasajes comprenderás por qué los he ubicado en la sección destinada a Poemas y Poetas.

RETRATOS DE LA NATURALEZA EN “JORNADAS DE AMÉRICA”.
Traducción de Concha Zardolla, Editorial Aguilar, 1946.

Catskill Clove, Nueva York, óleo sobre lienzo, 1864.

LAS PUERTAS QUE SE ABREN
6 de abril

La primavera es ya verdaderamente palpable; al menos, ya está anunciada. Estoy sentado a pleno sol, a orillas de la caleta, cuya superficie apenas arruga el viento. Todo es soledad, frescor matinal, abandono. Mis únicos compañeros son los martín-pescadores que nadan, giran, se lanzan, caen cada uno a su guisa y separadamente, o volando juntos. De tiempo en tiempo, oigo sus notas guturales y, durante un momento, nada más que este ruido extraño. A medida que se aproxima el mediodía, otros pájaros se despiertan. El son de caramillo del petirrojo, y un pasaje musical en dos partes, una de las cuales es un delicioso chapoteo límpido, con otros muchos pájaros que no puedo precisar. A intervalos (sí, acabo de oírlo), se une el bajo de una rana impaciente, al borde del estanque. El murmullo de una brisa bastante fuerte, de tiempo en tiempo, silba entre los árboles. Entonces, una pobre hojita muerta, largo tiempo prisionera del hielo, sube en remolino, en un instante de libertad brincadora en el espacio y la luz, y después cae sobre el agua que la retiene estrechamente y pronto la sumerge y la hace desaparecer. Las zarzas y los árboles están todavía desnudos, pero las hayas conservan en gran parte las hojas abarquilladas y amarillas de su frondosidad en el estío último; numerosos cedros y abetos están verdes también; la hierba muestra algunos signos de crecimiento próximo. Y, por encima de todo esto, una cúpula de azul claro, de una belleza maravillosa, con los juegos y los vaivenes de la luz y de grandes vedijas de nubes silenciosamente en marcha.

Árbol de la nuez, óleo sobre lienzo, 1862.

SONIDOS DISTANTES
2 de septiembre

El hacha del leñador, el mesurado golpe de un simple mayal desgranando, el quiquiriquí del gallo en el corral (con las invariables respuestas de otros corrales), y el mugido del ganado; pero, más que todo, ya lejos, ya cerca, el viento, a través de las altas copas de los árboles, o a través de bajos arbustos, bañando el rostro y las manos de uno tan gentilmente, este mediodía radiante y balsámico, el más sereno durante un largo tiempo (2 de septiembre), yo no lo llamaría suspiro, pues es para mí siempre una firme, sana y alegre expresión, aunque monótona, prodigando muchas variedades, o veloz, o lenta, o densa, o delicada. El viento, en los bosques de pinos y lejos de allí, cuán sibilante. O, en el mar, puedo imaginarlo en este momento, agitando las olas, con los espíritus de las espumas volando a la distancia, y el libro silbo y el perfume de la sal, y esa vasta paradoja, en toda su acción y reposo, suscitando la sensación del eterno descanso.

Otros adjuntos: Pero el sol y la luna, aquí y en estos tiempos. Nunca más maravillosos durante el día, el magnífico orbe cesáreo, tan vasto, tan ardiente, amorosamente cálido; nunca más gloriosa la luna de estas noches, especialmente en las últimas tres o cuatro. Los grandes astros también: Marte, jamás hasta ahora tan llameante y resplandeciente, de tan grandiosos destellos, de leve matiz amarillo (los astrónomos dicen -¿es verdad?- que está más cerca de nosotros que en el pasado siglo), y, bien arriba, el señor Júpiter (un momentito sin estar oculto por la luna), y, al Oeste, después de que el sol se pone, la voluptuosa Venus, ahora lánguida y con sus rayos rapados, como por causa de algún divino exceso.

Despejado, óleo sobre lienzo, 1854.

UN QUINTETO
Sin fecha

Mientras me he estado resguardando de la lluvia bajo el follaje de mi roble magnífico (perfectamente seco y confortable, con la charla de las gotas a mi alrededor), he escrito a lápiz, por encima del espíritu de la hora, un pequeño quinteto, que quiero daros:

En holganza con Natura,
receptivo y descansadamente,
alquitarando el momento,
sea lo que fuere y por dondequiera,
y sobre el pasado, el olvido.

¿Puedes captar algo de esto, lector querido? ¿Y cómo puede gustarte, sin embargo?

La ribera que balbucea, óleo sobre lienzo, 1851.

UNA ALONDRA DE LOS PRADOS
16 de marzo

Hermosa, clara, resplandeciente mañana, con el sol hace una hora en su cenit, con aire bastante áspero. ¡Qué señal recibe por adelantado un día entero del canto de una alondra de los prados, posada sobre una estaca de una valla, a veinte varas de distancia! Dos o tres simples notas líquidas, repetidas a intervalos, están llenas de acariciante felicidad y esperanza. Con su peculiar avance, trémulamente luminoso y lento, y la rápida y silenciosa acción de las alas, vuela sobre los caminos, luce sobre otra estaca y así, de una a otra, rielando y cantando muchos minutos.

El juicio de Dios sobre Gog, óleo sobre lienzo, 1851-1852.

PENSAMIENTO DEBAJO DE UN ROBLE
Sin fecha

Es el cuarto día de una oscura tormenta noreste, con viento y lluvia. Anteayer fue mi cumpleaños. He enterrado ahora los sesenta. Cada día de tempestad, protegido por chanclos y una manta impermeable, con regularidad he caminado sobre los charcos y me he acomodado a sotavento del gran roble; ahora estoy aquí escribiendo estas líneas. Las nubes de oscuro color humo giran, en furioso silencio, a través del cielo; las hojas de suave verde danzan alrededor de mí; el viento prosigue solemnemente su ronca y deliciosa música sobre mi frente, poderoso susurro de la Naturaleza. Sentado aquí, en soledad, he estado pensando en mi vida, enlazando acontecimientos y fechas como los eslabones de una cadena, ni triste ni alegre, sino de algún modo, hoy, aquí, bajo el roble, en la lluvia, con un desacostumbrado espíritu de realidad.

Pero mi gran roble -vigoroso, vívido, verde-, de cinco pies de espesor… Me siento bastante cerca o debajo de él. Entonces, el tulípero cercano -el Apolo de los bosques-, alto y gracioso y, sin embargo, robusto y lleno de vigor, inimitable en la caída del follaje y exhalación de las ramas; como si la hermosa, viva y frondosa criatura pudiese caminar, si únicamente pudiese. (Tuve una especie de trance soñador, el otro día, en el cual vi a mis árboles favoritos andar y caminar hacia abajo y alrededor de manera muy curiosa, con el murmullo de uno inclinándose hacia mí al pasar: “Nosotros hacemos todo esto en la presente ocasión, de modo excepcional, sólo para ti.”)

Monte Chocorua, New Hampshire, óleo sobre tabla, 1827.

LA TIERRA COMÚN. EL SUELO.
Sin fecha

El suelo también. ¡Cuántos otros hablan del mar, del aire! (como trato yo de hacerlo alguna vez). Pero hoy me siento dispuesto a elegir la tierra común por asunto, como único asunto. La tierra bruna que está aquí (exactamente entre el final del invierno y el comienzo de la primavera y de la vegetación); el chaparrón nocturno y el fresco aroma de la mañana siguiente; los rojos gusanos que surgen del suelo retorciéndose; las hojas muertas, la hierba naciente y la espléndida vida por debajo; el esfuerzo para producir; en los rincones abrigados, ya hay algunas florecillas; el esmeráldico brillo del trigo candeal del invierno, a lo lejos, y los campos de centeno; los árboles desnudos todavía, con espacios entre ellos que dejan ver perspectivas que el verano oculta; el duro barbecho y la carreta con su yunta, y el robusto mozo que silba para animar a los caballos; y la negra y grasa tierra que se remueve en largos surcos inclinados.

Lago George, óleo sobre lienzo, 1860.

FLORES SILVESTRES
Sin fecha

Esta ha sido y es todavía una hermosa estación para las flores silvestres: océanos de ellas limitan los caminos a través de los bosques, bordean las orillas de los arroyuelos, crecen a lo largo de la viejas vallas y están esparcidas con profusión por los campos. Un capullo de ocho pétalos de gold-yellow, claro y brillante, con un penacho marrón en el centro; tan grande, aproximadamente, como un medio dólar de plata, es muy común. Hoy, en una larga jornada, he notado esto, siguiendo con frecuencia y por todas partes las orillas de los arroyos. Hay, por consiguiente, una hermosa maleza cubierta de flores azules (el azul de las antiguas tazas chinas de té atesoradas por nuestras tías-abuelas); yo me estoy continuamente deteniendo a admirarlas -un poco más grandes que una moneda de plata de diez centavos, y muy abundantes-. El blanco, casi siempre, es el color que prevalece. He hablado de la zanahoria silvestre; además, también, de la fragante siempreviva. Pero existen todos los colores y bellezas, especialmente en los frecuentes trechos de achaparrados robles semiabiertos y de cedros enanos, en estas inmediaciones; silvestres asters de todos los colores. Sin embargo, en contacto con la escarcha, difícilmente se mantienen a sí mismas en toda su floración. Los tréboles también; algunos de ellos han comenzado a ponerse amarillos o parduscos o de apagado verde. El profundo color vino de los zumaques y de los árboles de la goma es siempre visible y el color paja del cornejo y de la haya. Permitidme dar los nombres de algunas de estas flores silvestres y amigables hierbajos con los que me he familiarizado por todas partes, en una estación u otra, en mis paseos:

azalea silvestre, madreselva silvestre, rosas silvestres, caña dorada, espuela de caballero, azafrán, cálamo aromático (grandes extensiones de terreno), enredadera de jazmín trompeta, olorosa mejorana, serpentaria, sello de Salomón, toronjil dulce, hierbabuena (gran cantidad), geranio silvestre, heliotropo silvestre, bardana, diente de león, aquilea, coreopsis, guisante silvestre, baya de saúco, hierba común, girasol, manzanilla, violetas, clematis, sanguinaria, magnolia, vencetósigo, margarita silvestre (abundancia), crisantemo silvestre.

Lluvia de junio, óleo sobre lienzo, 1854.

UNA CORTESÍA DEMASIADO TIEMPO DESCUIDADA
Sin fecha

Lo anterior me recuerda algo. Así como las individualidades, yo quisiera retratar valientemente lo que, en verdad, ha sido despreciado por la gente que hace cuadros, volúmenes, poemas, sin ello; y como un cobarde testimonio de nuestra gratitud por muchas horas de paz y bienestar en la convalecencia (y no por algún medio seguro, sino que adoptarán aire de cumplido), yo dedico, de este modo, la última mitad de estos Specimen Days a las:

abejas, mirlos, libélulas, tortugas de las charcas, verbascos, balsamita menor, polillas (grandes y pequeñas, espléndidas camaradas algunas), luciérnagas (pululando millones de ellas, indescriptiblemente extrañas y hermosas en la noche, sobre la laguna y la ensenada), serpientes acuáticas, cornejas, mariposas blancas, mosquitos, mariposas, avispas y avispones, todos mimos (y todos los demás pájaros), cedros, tulíperos (y todos los demás árboles, y todos los lugares y recuerdos de esos días y de la ensenada).

Estudio de la naturaleza: árbol de abedul, óleo sobre lienzo, 1860.

GOLONDRINAS SOBRE EL RÍO
3 de septiembre

Tiempo nublado y húmedo, viento del Este; aire sin palpable neblina, pero muy pesado por la humedad. Bien venidos como variación. Por la mañana, al cruzar el Delaware, percibí un desusado número de golondrinas en vuelo, en círculos, precipitándose como saetas, donairosas más allá de toda descripción, muy cerca del agua. Frecuentemente, alrededor de las serviolas de la barca de pasaje, cuando yacía, cansada, en su embarcadero, ellas volaban; y cuando nosotros salíamos, yo espiaba, más allá de las cabezas del muelle y a través de la anchurosa corriente, sus veloces revueltas y espirales, cerrándose, cortándose y entrecruzándose. Aunque yo había visto golondrinas toda mi vida, me parecía como si nunca antes me hubiera dado cuenta de su peculiar belleza y carácter dentro del paisaje. (Durante algún tiempo, una hora más o menos, en un inmenso y vetusto granero del país, viendo volar a estos pájaros, recordé el vigésimo segundo libro de la Odisea, en el cual Ulises mata a los pretendientes, aportando cosas para la aclaración, y Minerva, en cuerpo de golondrina, se lanza a los espacios de la gran sala, se sienta en lo alto sobre una viga, mira complacientemente y se siente en su elemento, regocijada y dichosa).


Nota: A partir de aquí se inicia un nuevo capítulo que llamó “Comienzo de una larga excursión al Oeste” (septiembre- diciembre, 1879). Los fragmentos están salpicados, como toda la obra de Walt Whitman, de invocaciones a la naturaleza. La lectura de su diario me dio la idea para este escrito.
“Jornadas en América” es un texto que engrandece nuestras horas de lectura.


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