JUANA DE IBARBOUROU

En cada línea de estos tres relatos encontrarás un verso hecho prosa. Juana la poeta de las flores, las cañas, los montes y el amor.
Juana y las mariposas. Juana, la luna y el embrujo de la selva.
Juana para los niños.

MARIPOSA

Una mariposa pequeña y amarilla ha venido a revolotear en torno de la luz. ¡Qué giros locos, qué círculos precipitados y continuos!

—¿De dónde vienes pequeñita? ¿Has estado acaso en aquel bosque rumoroso que yo recorría encantada y sin miedo cuando era niña? ¿Bebiste tal vez una minúscula gota de agua en aquella laguna toda bordeada de juncos y de mimbres, que hay cerca del bosque de que te hablo? ¿Has dormido alguna noche en una matita de verbena? ¿Conoces muchos caminos? ¿Has visto algún trigal? ¿Has curioseado en muchos ramajes? Ese polvo amarillo que te cubre, ¿es polen de achiras, de achiras silvestres? ¡Oh pequeñita, yo juraría que tienes olor a campo en las alas!

SELVA

Selva; he aquí una palabra húmeda, verde, fresca, rumorosa, profunda. Cuando uno la dice, tiene enseguida la sensación del bosque todo afelpado de musgos, runrruneante de píos y de roces, lleno de los quitasoles apretados y movibles de las copas de los árboles, bajo los cuales las siestas ardientes son tan dulces y donde es tan grato, tan grato, tenderse a soñar. ¡Selva! ¡Oh Dios mío, qué palabra tan alegre y tan fresca! ¡Qué palabra para mí tan llena de reminiscencias! Huele a eucaliptos, a álamos, sauces, a grama; suena el viento a agua que corre, a pájaros que cantan y pían, a roce de insectos y croar de sapitos verdes; evoca redondeles de sol sobre la tierra, frutas silvestres de una dulzura áspera, caravanas de hormigas rojas cargadas de hojitas tiernas, penumbra verdosa y fresca, soledad. ¡Oh Dios mío, evoca mis quince años y toda mi alegría sana, inconsciente y salvaje!

LA LUNA



Esta noche, la luna, redonda y brillante, está, de una manera casi matemática, encima del pozo, de modo que se refleja precisamente en el centro de la oblea negra del agua. Aprovechando su claridad el jardinero prefiere regar las plantas a esa hora. Y ese espectáculo no lo perdemos nunca nosotros, porque el jardín y el huerto son hermosísimos en estas claras noches de enero, y la frescura del agua da a las flores una belleza limpia y alegre que nos llena de paz el alma. Mi hijo fue el primero en descubrir la luna en el pozo. Y sobre el brocal cubierto de musgos y culantrillos nos inclinamos los dos, con ganas de estirar la mano hasta el oro fugaz de esa imposible moneda de luz. Pero al ruido áspero de los zuecos del jardinero nos retiramos un poco.

—Juan va a regar…

El viejo desata la cuerda, alza pausadamente el balde y lo arroja, luego, al agua. Inconscientemente, en un impulso simultáneo, nos inclinamos de nuevo sobre el brocal. El balde sube ya, rebosando, brillante, fresquísimo, con una multitud de ondulaciones doradas entre el agua oscura, estriada de blanco. En el pozo la luna ha desaparecido y sólo queda de ella una multitud de hilos de luz. El jardinero ha deshilachado la luna. Y tranquilo, como un tosco dios inconsciente se va por el caminito musgoso con su balde lleno de luna y de agua, mientras en el fondo del pozo, de una negrura temblorosa, vuelve a cuajar, lentamente, la moneda blanca.

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