PICASSO Y JULIO GONZÁLEZ:
ESCULTURA Y AMISTAD

«El arte es una mentira que nos hace darnos cuenta de la realidad.»
Pablo Picasso

Mujer en el jardín, Pablo Picasso, hierro soldado y pintado de blanco, 1930.

Madrid se aviva en otoño. Para los amantes de las artes plásticas, con esta estación se inicia un peregrinar lleno de sorpresas, divertimentos y sabiduría.

Todos los años, el otoño convierte los alrededores del Prado en un alfombrado de hojas caídas que nos conduce a los dioses terrenales que serán festejados en galerías y museos.

¡Oh…!, amigos, pero este año es especial: pronto se cumplirá medio siglo de la muerte de Pablo Picasso y esta efeméride es un acontecimiento que garantiza al espectador un soberbio espectáculo.

Cabeza de mujer, Pablo Picasso, hierro, chapa, muelles y coladores pintados, 1929-1930.

Julio González, Pablo Picasso y la desmaterialización de la escultura es la primera exposición que inaugura el otoño cultural. Y tengo que decir que se estrena a lo grande, porque aúna talento, amistad y actualidad —la sala donde se exponen creaciones nacidas en tiempos de la Guerra Civil y de la Segunda Guerra Mundial nos hace pensar en el presente, en la situación prebélica que vivimos debido a las pretensiones imperialistas de Rusia en Ucrania.

La suplicante, Pablo Picasso, gouache sobre tabla, 1937.

Cabeza de Montserrat nº. 2, Julio González, tinta china sobre papel, 1940.

La exposición organizada por la Fundación Mapfre es como un árbol, porque nace de una semilla: el origen de la exhibición es la pieza que le fue encargada a Pablo Picasso (1881-1973) como monumento funerario para homenajear a Guillaume Apollinaire (1880-1918).

Picasso, amigo de Apollinaire, quien dotó de nombre a los movimientos conocidos como orfismo, surrealismo y cubismo, llamó a su amigo Julio González (1876-1942), tallador de transparencias en bronces y hierros, para realizar la encomienda; de modo que la obra que da origen a la muestra es… ¡un canto a la amistad!

Mujer peinándose I, Julio González, hierro forjado y soldado,1931.
(La ficha de la exposición nos informa que esta pieza está considerada «una de las más importantes aportaciones a la escultura en hierro del siglo XX». ¿Las razones? «Los planos vacíos delimitados por líneas» y »los volúmenes desmaterializados».)

Mujer peinándose, Julio González, carboncillo sobre papel blanco, 1908-1909.
(En la muestra hay varios dibujos donde aparece una figura femenina en distintas actitudes al peinarse; pues el escultor, interesado en el cuerpo humano, estudiaba posturas y expresiones.)

«¿Cómo dar forma a la nada?» Es el reto que Picasso propuso a González en el trabajo conjunto que homenajearía a Apollinaire, autor de El poeta asesinado, novela donde se plantea la cuestión de la pregunta que daba vueltas en la cabeza del malagueño.

La simbolización visual de la nada —que el proyecto escultórico ideado presenta como «aire»— no fue del agrado de los que encargaron la tarea. Esos hombres no entendieron la composición de alambres y chapas con la que los dos artistas españoles pretendían mantener vivo el nombre del autor de los Caligramas.

Sin embargo, las opiniones negativas no hicieron mella en el metal, pues Figura: proyecto para un monumento a Guillaume Apollinaire siguió su camino y hoy es golosina para los «santuarios de las musas», que así nombraron los griegos antiguos al lugar destinado a las nueve hijas de Zeus y Mnemósine, diosas inspiradoras de la música, la literatura, la poesía, las artes y el saber.

Figura: proyecto para un monumento a Guillaume Apollinaire, Pablo Picasso alambre y chapa, 1928.

Figura: proyecto para un monumento a Guillaume Apollinaire es como una pajarera hecha de «nada, de vacío y de aire» —frase sacada de uno de los diálogos de la novela de Apollinaire.

La escultura rememorativa fue el origen de otros proyectos que tenían la intención de encontrar nuevos medios expresivos, nuevas relaciones espaciales, nuevas formas de aligerar la materia dura; en definitiva, nuevas propuestas que convirtieran el trabajo en hierro en algo más que ornamental.

Bailarina (Versión I), Pablo Gargallo, hierro forjado, cortado y soldado, 1929.

(Detalle.)

La Fundación Mapfre nos ofrece tres grandes espacios: el primero incluye obras de Picasso, de González y de otros artistas de la época que compartieron interés por reflejar en sus creaciones los problemas sociales que asaeteaban su tiempo. Aquí encontramos dibujos, óleos y esculturas que ponen de manifiesto la pobreza, el hambre y el desamparo de las clases bajas.

Los degenerados, Carles Mani, yeso, 1907.

Dos gitanas, Isidre Nonell, óleo sobre lienzo, 1906.

La segunda parte de la muestra se centra más en el enlace establecido entre técnica e inspiración.

En la segunda parte vemos cómo González y Picasso trabajaron, conjuntamente, en la búsqueda de métodos que les permitieran representar «vacíos» —huecos, traslucidez—; métodos que les permitieran hacer del hierro, ese mineral áspero que se oxida, materia intangible.

Máscara recortada «Pilar al sol», Julio González, hierro recortado y soldado, 1929.

Pablo Picasso y Julio González partieron del modernismo tardío y del cubismo. El malagueño y el catalán se conocieron en la Barcelona de finales del siglo XIX, donde la arquitectura modernista, con sus balconadas y enrejados de hierro, hacía furor.

Ramo de flores, Taller Concordio González e Hijos, hierro forjado, repujado, cincelado y dorado, 1890-1892.
(Taller del padre de Julio González.)

González fue pionero en hacer que el hierro entrara en las artes plásticas —introdujo el uso de la soldadura autógena, que permite unir dos piezas de igual o diferente metal y soldarlas en distintas posiciones—. A Julio González se le conoce como «el padre de la escultura en hierro del siglo XX».

En cuanto al movimiento cubista, ambos fueron arrancando rotundidad y volumen a las geometrías estéticas.

El arlequín, Julio González, bronce fundido, 1930.
(La ficha que la acompaña informa que es su obra más cubista. «No hay ni masas, ni volúmenes cerrados», dice.) 

La guitarra, Pablo Picasso, chapa recortada y doblada, caja de hierro blanco y alambres pintados, 1924.
(La ficha que la acompaña informa que es su obra más cubista. Se lee: «Los volúmenes van perdiendo materia».)

Las composiciones de Pablo Picasso y de Julio González son distintas; sin embargo, hay características que las hermanan. Una de ellas es la paciencia que requiere tallar en un trozo de metal una forma intencionada. Otra es su gusto por lo arcaico y primitivo.

Gran maternidad, Julio González, hierro y piedra, 1934.

Y, como no hay dos sin tres, hay otra peculiaridad que comparten y es la expresividad, que se manifiesta en el nudo tejido entre la pieza y su tiempo.

La simbiosis entre la forma estética y su contexto histórico me hizo sentir que de las esculturas manaba espiritualidad. Es una sensación única, que en el espacio dedicado a la guerra se revela como la luz del sol en agosto.

Cabeza, Pablo Picasso, hierro y latón pintado, 1928.

El arte representa la realidad desde la óptica de su creador. El arte es el resultado de la fusión de la existencia objetiva y la interpretación de esa existencia —el pensamiento, la subjetividad—; de forma que toda creación muestra una opinión personal sobre todos los espacios de la vida.

La sala dedicada a la guerra evidencia otra de las características que unen a Picasso y a González: la posición que tomaron ante los conflictos bélicos que padecieron.

Izquierda: Hombre cactus I, Julio González, bronce fundido y clavos de hierro, 1939.

Derecha: Hombre cactus II, bronce, 1939/1964.

(El hombre-cactus es mitad humano y mitad vegetal. Es un híbrido atormentado por la violencia, por la desolación de la guerra y por la impotencia. Se considera el trabajo más abstracto de González. Está hecho de formas simples y de vacíos. Una curiosidad es que es la primera vez que el escultor talla una figura masculina de cuerpo entero.)

La sala dedicada a las composiciones en tiempo de guerra es, especialmente, sobrecogedora, pues, como he apuntado, la Europa que habitamos está inmersa en un conflicto bélico de final incierto.

A la impresión estética, que nos provocan las piezas, hay que sumar la turbación que experimentamos al hacer asociaciones y recordar que pasado y presente pueden jugar en la misma cancha. Hay que tener los ojos abiertos para no terminar como la madre picassiana que llora a su niño muerto o como el hombre-cactus de González, que abre la boca buscando aliento.

Madre con niño muerto (II), Pablo Picasso, óleo sobre lienzo, 1937.
(Para mí, el postscripto de «Guernica» es la más emotiva de todas las piezas expuestas. Sólo grises, blancos y negros para esa mano abierta que sostiene la cabecita del bebé al que se le ha escapado la inocencia. El dolor, capaz de tensar el rostro de la madre, contrasta con una palma que parece almohada de suave lana.)

Julio González, Pablo Picasso y la desmaterialización de la escultura, desde Las dos gitanas de Nonell y los Degenerados de Carles Mani hasta la Cabeza de Montserrat de Gonzáles y El hombre del cordero de Picasso, desde los períodos de progreso y de construcción hasta los de barbarie, es, reitero, una manifestación de expresión emocional y artística.

Cabeza de mujer, Pablo Picasso, bronce, 1931-1932.
(A finales de los años 20, con la compra de un «château» del siglo XIX, Picasso, que ya gozaba de espacioso taller, volvió a las figuras volumétricas, abandonando la desmaterialización —negación de la materialidad— que mantuvo siempre ocupado a su amigo González. La modelo de esta creación fue su joven amante Marie-Thérèse Walter, poseedora de un perfil clásico que Picasso representa con tres conchas.)

Cabeza en profundidad, Julio González, hierro forjado, soldado y patinado, 1930.
(Hizo muchas máscaras y cabezas. Aquí podemos apreciar cómo conseguía volúmenes con planos independientes y soldados.)

La muestra certifica el carácter humanista de los dos amigos que con su homenaje a Apollinaire dieron al comisario Tomás Llorens Serra el pretexto que lo llevó a dar vida a una exhibición que embruja.

Julio González, Pablo Picasso y la desmaterialización de la escultura es el último trabajo de Llorens, poseedor de la Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes (2007). El historiador de arte y museólogo falleció el 10 de junio de 2021.

Cabeza de toro, Pablo Picasso, óleo sobre lienzo, 1942.

Máscara de adolescente, Julio González, bronce fundido, 1929-1930.

El artista malagueño y el escultor y orfebre catalán, entre 1904 y 1921, tuvieron un tiempo de poco roce, pero la amistad se impuso al silencio. Los dos escultores se reencontraron en 1937, en la Exposición Universal de Paris.

Julio González murió en la capital francesa el 27 de marzo de 1942. Dos fueron las personas que lo acompañaron a su última morada: una de ellas era Pablo Picasso. París estaba ocupada por los nazis.

GALERÍA

«El problema real que hay que resolver aquí no sólo es querer hacer una obra armónica, un bello conjunto perfectamente equilibrado… ¡No! Sino obtenerlo por el casamiento de la MATERIA y el ESPACIO, por la unión de las formas reales con formas imaginadas, obtenidas o sugeridas por puntos establecidos o perforaciones, y, cual la ley natural del amor, confundirlas y tornarlas inseparables unas de otras, como lo son el CUERPO y el ESPÍRITU.»

Julio González

Mujer llamada «Los tres pliegues», Julio González, hierro forjado y soldado, 1931-1932.

Estudio de campesinas, Julio González, lápiz y tinta china sobre papel, 1930-1931.
(Las mujeres del campo fueron tema recurrente en su obra.)


Figura, Pablo Picasso, hierro y alambre, 1931.


Bañista, Pablo Picasso, tinta sobre papel, 1928.

Cabeza de ojos grandes, Julio González, hierro forjado, recortado, soldado y montado sobre pedestal de cal de conchas, 1930-1932.


Cuaderno XXIX, Julio González, lápiz, pluma y tinta azul sobre papel, 1930-1931.


Metamorfosis, Pablo Picasso, bronce, 1928.

Estudio para «Cabeza», Pablo Picasso, tinta sobre papel, 1928.


Campesina con cabra, Julio González, óleo sobre lienzo, 1906.


Los miserables, Pablo Picasso, tinta a pluma y acuarela azul sobre papel, 1903.

Cabeza gritando con velo blanco, Julio González, tinta y óleo sobre papel, 1941.

Cabeza de cordero, Pablo Picasso, tinta china sobre papel, 1942.

El hombre del cordero, Pablo Picasso, bronce, fundición a la cera perdida C. Valsuani, 1943.

Cabeza de niña, perfil izquierdo, Pablo Picasso, tinta china y aguada sobre papel, 1944.

Amigos, hasta aquí voy a llegar y, como siempre, discúlpenme porque las fotos no son de calidad, pero es que se hace difícil tomarlas con las luces reflejando en las vitrinas. En todo caso, mi intención es despertar el interés de ustedes para que, si está en sus manos, no se pierdan Julio González, Pablo Picasso y la desmaterialización de la escultura. Es de las exposiciones que no se olvidan, créanme.

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