EL VIEJO RIVERS

¿Debe un editor comprometerse con las nuevas corrientes, con los nuevos movimientos artísticos o debe intentar mantener las distancias, no arriesgar, mantener su criterio de gestión, hasta comprobar qué poder de seducción tienen esas recientes tendencias en los lectores? ¿Debe tomar el partido de la imparcialidad ante las ideas embrionarias?

Cualquiera de los caminos conlleva riesgos. Una decisión atrevida puede llevarle a perder su clientela más conservadora; pero, si se ancla en viejas y cómodas estrategias, si no amplía su catálogo, puede perder nuevos espacios de mercado y, por tanto, potenciales asociados; en caso de abstención, mantiene el tipo durante un corto período de tiempo, pero nada más.

Es muy difícil encontrar el justo medio entre el criterio literario y el meramente comercial. Creo que aquí, en este debate, se actualiza la novela corta de Wolfe, que nos describe un día en la vida de su protagonista, el viejo Rivers.

El escritor construyó su personaje utilizando como modelo al influyente y todopoderoso, crítico y editor, Robert Bridges, amigo personal de los presidentes Theodore Roosevelt y Thomas Woodrow Wilson, y responsable editorial de la famosa revista Scribner’s. Se podría decir que El viejo Rivers es una novela biográfica no autorizada por la cantidad de detalles de la vida personal y profesional que comparten el personaje real y el de ficción.

Con su característica mordacidad, Wolfe describe un editor que tiene mucha pompa y poca enjundia, orgulloso, farsante y obsesionado con su trabajo; así es como nos presenta al hombre que fue un icono, un tótem del poder establecido en Estados Unidos, un hombre que sentaba cátedra con sus sentencias, que manejaba un medio de comunicación que coronaba artistas y producía votos.

Según Thomas Wolfe, la única virtud de Bridges fue la del don de gentes, la de encantador de serpientes y la de contar con una gran agilidad mental. El autor, a través de su personaje Rivers, describe a Bridges  como un mediocre intelectual, que ejerció su cargo gracias a las influyentes amistades que tuvo. Pero lo que más molestaba a Wolfe era la falta de compromiso del editor, apodado por la prensa como el «Decano de las Letras Americanas».

Thomas Wolfe  (1900-1938) pertenecía a esa nueva generación de escritores que comenzó su andadura literaria en medio del naufragio de la banca -la crisis de 1929- y de las secuelas de la Primera Guerra Mundial. Su primera novela, El ángel que nos mira se publicó en 1929, ¡en el Scribner’s de Robert Bridges!, salió a la luz un año antes de que al viejo editor, representado en la novela por Rivers, le ofrecieran la jubilación que, por cierto, rechazó -Bridges aceptó un puesto de medio pelo, el de asesor editorial, un cargo honorífico en un despacho a donde iban a parar los manuscritos abocados al olvido.

El viejo editor era conservador, era un defensor de «los valores eternos», entendía que las cosas debían contarse de formal tal que no agredieran al público, que había límites que no debían superarse. Wolfe respondía a una nueva forma de escritura que describía el nuevo escenario americano desde la óptica del realismo social; y eso incluía dotar de un lenguaje  y de una psicología nueva a los personajes. Bridges no estaba preparado para encajar fórmulas que evidenciaban la melancolía del hombre solitario de las ciudades, esa publicidad de la tristeza no iba con el temperamento de un hombre que cenaba cada noche, como invitado de honor, en casas que pertenecían a apellidos ilustres.

Robert Bridges mantuvo la fidelidad a su público, burgués y pudiente, ejerciendo una censura que garantizara una lectura sin demasiados sobresaltos y vulgaridades -desde aquí rompo una lanza por el editor que dio espacio, convirtiendo muchos de sus libros en bestsellers, a escritores como Edith Wharton, Richard Harding Daves, Henry James, Scott Fitzgerald’s, John Galsworthy y Ernest Hemingway, entre otros muchos; por no mencionar la larga lista de ilustradores que encontraron sitio preferente en las páginas de Scribner’s, revista que pudo presumir de ser la primera en editar grabados a color.

En definitiva, lo que Thomas Wolfe le echa en cara a Robert Brides es su falta de compromiso con las vanguardias, con la literatura moderna de su país que, además de su implicación con el realismo social, mostraba un marcado interés por el regionalismo -el provincialismo americano es una temática que va más allá de la literatura, ahí están los cuadros de Edward Hopper y de Ben Shahn, por citar dos ejemplos en la pintura.

¿Criterio práctico? ¿Criterio literario? Esas interrogantes que se presentan como antagónicas en El viejo Rivers no han encontrado respuesta a día de hoy, para desgracia del lector actual. Grandes casas editoriales han optado, eliminando su historia y sus riquísimos catálogos, por la primera opción, convirtiendo sus nuevos fondos en un largo y triste listado de títulos mediáticos de escaso recorrido y recaudación efímera. Otras, las pequeñas, ¡gracias a Dios!, han elegido la segunda alternativa; la más arriesgada en estos tiempos que corren, porque el nicho de lectores interesados en la buena literatura se reduce con los años -para tener lectores hay que moldear el barro.

La editorial Periférica, responsable de la publicación de El viejo Rivers, pertenece al grupo de aventureros que arriesgan, su catálogo es estupendo y con su trabajo demuestran que el criterio literario es una jugada complicada, -el esfuerzo es mayor, sus canales de distribución y sus márgenes comerciales son menores en comparación con las grandes editoriales, que cuentan con los espacios de los centros comerciales y sus ir y venir de gentes.

Soy de las que creen que es mejor un lector fiel que diez accidentales; por eso pienso que las editoriales que apuestan, como Periférica, son caballos ganadores.


Maxwell Perkins, editor de Thomas Wolfe, que pertenecía a la misma casa editorial que la de Robert Bridges, optó por no publicar esta novela satírica para no dañar la reputación del viejo editor. El libro se publicó en 1947, muertos Perkins, Bridges y Wolfe.

1. Fotografía de Thomas Wolfe.
2. LOOK HOMEWARD, ANGEL (EL ÁNGEL NOS MIRA), editado el 8 de octubre de 1929 con la aprobación de Robert Bridges.
3. Fotografía del editor Robert Bridges.
4. Fotografía del edificio del magazine Scribner’s.

4. El viejo Rivers, editorial Periférica.

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