LA MUERTE TIENE SU HORA

«A nadie puede caberle una vida tranquila si se preocupa excesivamente en alargarla.»
Séneca

Halcón abejero, fotografía tomada de Google.

Estuvo un buen rato contemplando cómo la abeja, con su alfiler delicado, se abandonaba a la tarea de exprimir a la flor.

Desde la rama de un ciruelo, la observaba. Su pico largo y corvo, de experto cazador, tenso. Sus cortas patas, tensas también. El halcón miraba a la abeja con sus ojos de azabache. Esperaba.

Por fin, llegó el momento. Y, como una bala, como un látigo cortando la piel de un esclavo, el pájaro se lanzó sobre el insecto ebrio de dulzor.

Y en el verde intenso del prado, bajo el dios Sol, se enlazaron las nervadas alas de la abeja y los pétalos agotados de una aromática caléndula —sólo un instante, pues el viento las separó.

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Acto de contrición. A mi abuelo.

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Se busca…

A Petr Ginz, asesinado en Auschwitz.

En defensa del miedo provocado por una causa objetiva.


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