sábado , 18 noviembre 2017
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El relato de Kakfa es un aviso. El escritor, haciendo uso de la ficción, advierte de la importancia que tiene para el conjunto de la sociedad la defensa de los fundamentos del derecho. Sin las leyes no hay justicia, alerta.

En la colonia penitenciaria (Franz Kafka).

“No vivimos en un mundo ‘destruido’, sino en un mundo ‘des-quiciado’. Todo rechina y cruje igual que el aparejo de un velero que naufraga”.
Franz Kafka.

Recreación de la máquina que Kafka ideó para esta historia. Museo Franz Kafka de Praga.

El instrumento de tortura y el oficial que lo manipula simbolizan un tiempo que no había llegado a Europa cuando el escritor praguense lo dibujó en su novela corta En la colonia penitenciaria. Franz Kafka dio a sus intuiciones la posibilidad de manifestarse a través de una narración cuya lectura produce escalofríos.

En la colonia penitenciaria, Kafka compone una letra para dos voces diferentes: una tiene un tono frío y la otra llamea hasta la combustión, pero ambas voces, al unirse, consiguen un equilibrio armónico y demoledor.

Kafka alcanza el contrapunto distanciándose del asunto que narra, dedicándose sólo a relatar los hechos. Su voz es la álgida.

La otra voz es la encargada de describir minuciosamente las piezas que componen la máquina de tortura y la función que cumplen sobre el cuerpo de la víctima, es el protagonista principal el que enciende la pira, provocando en el lector impotencia y angustia. Esta sensación es tan impactante que uno termina el relato quebrantado.

El relato de Kakfa es un aviso. El escritor, haciendo uso de la ficción, advierte de la importancia que tiene para el conjunto de la sociedad la defensa de los fundamentos del derecho. Sin las leyes no hay justicia, alerta.

Sin justicia, el hombre pierde su personalidad y se vuelve masa; en ese fenómeno de transmutación sus derechos, los derechos que deben tenerse en cuenta en cada situación concreta, se estandarizan. De tal forma, que da igual el delito que se cometa, porque la pena siempre será la misma -en el caso de la narración, toda infracción tiene un mismo veredicto: la muerte.

Injusticia es igual a inhumanidad. La falta de justicia lleva consigo la destrucción de la cultura y del individuo, advierte Kafka.

En la colonia penitenciaria, el oficial de la máquina es a la vez verdugo y juez. El reo desconoce el motivo por el cual recibe el castigo. Desconoce también cuál es la pena y, además, no tiene derecho a defensa. El acusado sabe su sentencia cuando el aparato de tortura la tatúa en su espalda. Pero, para entonces, ya es tarde, pues la máquina está programada con una serie de añadidos a las letras, como arabescos y decoraciones, que actuan sobre el cuerpo durante doce horas ininterrumpidamente. Es el tiempo estimado para que el reo sufra lo suyo y muera purificado.

La justicia la imparte la máquina. En esta historia, el cuerpo es mutilado, humillado, degradado por un mecanismo de agujas que va perforando la piel de la víctima hasta matarla. Tortura y dictamen hacen un tandem.

Franz Kakfa escribió esta narración en 1914, unos meses después de comenzada la Primera Guerra Mundial.

Kafka estudió leyes y vivió bajo el paraguas protector de la dinastía de Francisco José, emperador mecenas de artistas. El escritor, que fue funcionario, conoció la ineficacia y la lentitud del aparato burocrático. Kafka era judío, sabía de pogromos, de manifestaciones antisemitas, de juicios racistas -Alfred Dreyfus en Francia (1894-1895), Leopold Hilsner en Chescoslovaquia (1899-1900) y Mendel Beilliss en Rusia (1912,1913) son los casos más sonados de su tiempo.

Franz Kafka (1883-1924) sospechó una Europa desolada, deprimida, autodestructiva e incapacitada para asumir al hombre como individuo.

Pero Kafka no fue un nigromante, sino un hombre que supo leer su tiempo, fue un escritor que percibió las consecuencias del progreso desbocado de la industria pesada y armamentística. Kafka pudo descifrar los códigos de su época. Por eso fusionó En la colonia penitenciaria técnica y barbarie: el aparato de tortura, que ejecuta sentencias automáticamente, es una sofisticadísima máquina. Lástima que sus contemporáneos se negaran a escuchar su mensaje.

Kafka no vivió la experiencia de los regímenes totalitarios -muere en 1924, el mismo año que Lenin-, pero sí fue testigo de cómo el germen de la Drosera se expandió, presuroso, por Europa.

Sabedor de que esta narración era un gancho directo al estómago de sus lectores, escribió: “Como aclaración a este último relato, tengo que añadir que no sólo es repugnante, sino que más bien nuestro tiempo en general, y el mío en particular, fue y es repugnante (…)”.

Ilustración de Wilmar Estrada.

Anoche, curioseando las estanterías de mi casa, posé mis ojos en un libro de formato mediocre y letra incómoda que leí hace mucho tiempo. Recordé el impacto que la historia me causó y decidí que era el momento de desempolvarlo. Anoche, la narración de Kafka me quitó el sueño, me asaetearon las palabras con la misma fuerza y el mismo ritmo que las agujas de su maléfica máquina.

Kakfa describe como terrorífica la muerte anónima que ha sido planeada conscientemente (el hecho de que todos los delitos sean tratados de la misma forma anula la personalidad) y alerta de la muerte como herramienta del terror sistemático, como garantía de control sobre el colectivo.

El hombre contemporáneo y acomodado suele taparse los oídos ante mensajes que no tienen altas dosis de eso que la demagogia llama buenismo, tiene inclinación a dejarse llevar por los colores chillones de los neones que publicitan el nihilismo.

Confieso que a mí lo que más desasosiego me ha provocado, más que la pasión del oficial por su artefacto de tortura, más que la cobardía del explorador extranjero -una especie de diplomático equidistante-, más que la estupidez del soldado raso, es comprobar la resignación con la que el condenado acepta su destino, porque en esa actitud dócil, de una docilidad incluso fisgona -el reo es un curioso pasivo-, huelo la obediencia que floreció en los prados totalitarios. Y por eso digo:

“El que tenga oídos, que oiga”
(Mateo 11)

En la colonia penitenciaria puede presumir de formar parte de varios catálogos editoriales. Se puede encontrar la narración publicada de forma aislada o dentro de antologías dedicadas a Franz Kafka.


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